3. LA TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN DIVINA: ESCRITURA Y TRADICIÓN (Repaso)

tradicion eclesiastica.jpgLa teología católica de la primera mitad del siglo XX llevó consigo un redescubrimiento del valor de la Tradición. Más tarde, ese valor de la tradición ha pasado también a la filosofía hermenéutica y a la teoría del conocimiento. En todo caso, la persistencia de su valor ha supuesto un planteamiento más profundo del carácter y del lugar de la Sagrada Escritura en la Iglesia.

Esto se deja notar ya en la epistemología propuesta en DV. En efecto, el capítulo I de DV, como se ha visto en el tema anterior, trata de la “revelación en sí misma” y no menciona en ningún momento a la Sagrada Escritura, ya que, como se ha visto allí, la Escritura no es un instrumento inmediato de revelación. En cambio, el capítulo II de DV se dedica a la “transmisión de la revelación” y trata, sobre todo, de la Escritura y la Tradición.

  • El capítulo I comienza así: “Quiso Dios en su bondad y sabiduría revelarse a sí mismo…” (DV 2);
  • el capítulo II, así: “Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de todos los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones” (DV 7).
  • Hay una economía de la revelación y una economía de la transmisión de la revelación (R. Latourelle). La Sagrada Escritura pertenece a la secunda. Ahora bien, la Escritura no transmite sola: siempre lo hace una cum traditione, junto con la tradición (DV 9.21.24). Veamos los términos principales de esta actividad.

1. Tradición, tradiciones y escritura

La tradición es, antes que nada, un fenómeno humano de carácter cultural (cultiva al hombre, le permite ser más humano) y social (comporta la interacción de personas y sociedades). Por tanto, supone un lenguaje que es el medio para trasmitir o comunicar algo. Sustancialmente comporta los actos de “transmitir, recibir, guardar”. Lo que se trasmite es muy variado pero incluye significados y valores de las cosas. Como se ha dicho ya, un acto de revelación de Dios revela cuando alguien lo entiende, pero muere ahí a no ser que ese alguien lo exprese para otro: esto es un fenómeno de tradición.

Pero vayamos por partes. En la teología católica se ha utilizado la palabra tradición –y el plural: tradiciones– con diferentes significados. Si se precisan un poco, se podrá delimitar mejor su contenido.

a. Tradición

Tradición. En la teología neoescolástica posterior al Concilio de Trento, Tradición significaba el acto de transmitir distinto de la Sagrada Escritura: la Escritura y la Tradición son sujetos distintos de transmisión de la Revelación. Esta es una definición estrecha de la tradición. Cuando se usa en este sentido en DV, es denominada normalmente Sacra Traditio.

Sin embargo, Tradición se utiliza normalmente con un sentido más amplio, como el que hemos recordado en el párrafo anterior: la Tradición es el fenómeno con el que una cultura transmite, recibe y conserva, unos significados, unos valores, etc. En este sentido, la Escritura forma parte de la Tradición, es uno de sus elementos. Este significado de Tradición es el que normalmente usaremos aquí.

b. Tradiciones

Tradiciones es la palabra que utilizaba Trento cuando afirmaba que el Evangelio “se contiene en los libros escritos y las tradiciones no escritas que, transmitidas como de mano en mano, han llegado hasta nosotros desde los apóstoles” (DH 1501). Tradiciones equivale aquí a tradiciones eclesiásticas. Es, nuevamente, un sentido estrecho de tradiciones. DV no lo utiliza nunca.

En la concepción moderna del fenómeno de la tradición, las tradiciones son “particularizaciones” de la tradición: la Tradición vive y se expresa en las tradiciones. Así, por ejemplo, la revelación de Dios al pueblo en el AT se transmitió en círculos sacerdotales y dio lugar a la tradición sacerdotal que se ve, por ejemplo, en el libro del Levítico; se transmitió también en círculos proféticos y desembocó, entre otros lugares, en el libro del Deuteronomio. Lo mismo en el NT, la tradición de las palabras y los hechos de Jesús, transmitidas en diversos grupos cristianos desembocaron en los evangelios de Mateo, Lucas o Juan.

c. Escritura

Desde la perspectiva amplia de Tradición, la escritura es como una sedimentación de la Tradición: la tradición siempre precede a la escritura. Sin embargo, dentro de la tradición, la escritura ocupa un lugar insustituible: toda tradición no transmite más que actualizándose en el lugar y el momento de la recepción. En cambio, la escritura transmite conservando el contexto de origen. En ese sentido, la escritura acaba por ser guía para la tradición:Los textos de la Biblia son normalmente expresión de tradiciones religiosas que existían antes de ellos. El modo como se relacionan los textos con las tradiciones es diferente en cada caso, ya que la creatividad de los autores se manifiesta en diversos grados. En el curso del tiempo, múltiples tradiciones han confluido poco a poco para formar una gran tradición común. La Biblia es una manifestación privilegiada de este proceso que, en un primer momento, ella ha contribuido a realizar, y del que, después, ha continuado siendo norma reguladora” (PCB 1993, III, A).

2. La Tradición apostólica y la sagrada Tradición

En la Iglesia, el origen de toda la tradición –y por tanto de la transmisión de lo revelado– comienza en Cristo. DV 7 lo expresa de manera condensada: “Cristo Señor, en quien se consuma la revelación total de Dios altísimo (cf. 2 Co 1,30; 3,16; 4,6), mandó a los Apóstoles, comunicándoles los dones divinos, que el Evangelio, que prometido antes por los Profetas, Él completó y promulgó con su propia boca, lo predicaran a todos los hombres como fuente de toda verdad salvadora y de toda ordenación de las costumbres. Esto lo realizaron fielmente tanto los Apóstoles, que en la predicación oral transmitieron con ejemplos e instituciones lo que habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como los Apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu Santo, escribieron el mensaje de la salvación. Mas, para que el Evangelio se conservara constantemente íntegro y vivo en la Iglesia, los Apóstoles dejaron como sucesores suyos a los Obispos, entregándoles su propio cargo de magisterio”.

  • El punto de partida es el mandato universal por el que Cristo envía a sus apóstoles a predicar el Evangelio. Los apóstoles cumplieron el mandato mediante palabras (predicación oral y también con escritos) y con obras: ejemplos e instituciones. Esta predicación incluía lo que habían aprendido de Jesucristo (entre lo que se contaba la Sagrada Escritura de Israel como promesa del Evangelio) y lo que les hizo aprender el Espíritu Santo. También dejaron sucesores en el ministerio. Esto es lo que entregan los apóstoles a sus sucesores: es decir, la tradición apostólica.

a. La Tradición apostólica

Los apóstoles, la generación apostólica, constituye un fenómeno singular: su constitución está en las acciones apostólicas. De hecho murieron cuando murieron los apóstoles. Los sucesores de los apóstoles lo son en su “ministerio” episcopal. Esta distinción entre ambos momentos es muy clara en los escritores cristianos de finales del siglo I y comienzos del II. Ellos distinguían con precisión entre lo que provenía de los apóstoles y lo que enseñaban ellos como sucesores; entre los escritos apostólicos y los suyos propios. Con ellos, se daba ya un fenómeno de transmisión distinta: no de Cristo a sus apóstoles, sino de los apóstoles a sus sucesores en la Iglesia. La recepción en la Iglesia de lo enseñado por los apóstoles –lo que se denomina tradición apostólica– lo realiza la sagrada Tradición. DV 8 lo describe así: “Así, pues, la predicación apostólica, que está expuesta de un modo especial en los libros inspirados, debía conservarse hasta el fin de los tiempos por una sucesión continua. De ahí que los Apóstoles, comunicando lo que ellos mismos han recibido, amonestan a los fieles que conserven las tradiciones que han aprendido o de palabra o por escrito (cf. 2 Ts 2,15), y que combatan por la fe que se les ha dado una vez para siempre (cf. Judas 3). Ahora bien, lo que enseñaron los Apóstoles encierra todo lo necesario para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta forma la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree“.

b. La sagrada Tradición

Las dos primeras frases señalan contenidos y formas de la tradición apostólica –los libros sagrados y otras tradiciones– y la tercera es la definición católica de Tradición: la transmisión en la Iglesia: en la doctrina, la vida y el culto. La Tradición se define aquí de manera coextensiva con la Iglesia que es al final, el sujeto de la tradición. Pero, como la tradición no se transmite más que a través de tradiciones particulares, las diversas formas de transmitir dan lugar a lo que se denomina tradiciones eclesiásticas que son “las tradiciones teológicas, disciplinares, litúrgicas o devocionales nacidas en el transcurso del tiempo en las Iglesias locales. Estas constituyen formas particulares en las que la gran Tradición recibe expresiones adaptadas a los diversos lugares y a las diversas épocas. Sólo a la luz de la gran Tradición aquéllas pueden ser mantenidas, modificadas o también abandonadas bajo la guía del Magisterio de la Iglesia” (CCE 83).

Como puede no estar claro a primera vista qué proviene de la tradición eclesial y qué es tradición apostólica, la Escritura, que es apostólica, y contiene de manera especial la predicación apostólica es la norma que guía este discernimiento. Por eso, la Iglesia, a las Sagradas Escrituras “siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Tradición, como la regla suprema de su fe, puesto que, inspiradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del mismo Dios, y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los Profetas y de los Apóstoles” (DV 21). En este texto se menciona el papel de la Escritura como “regla de fe”, pero unida a la Tradición. Esto introduce un aspecto importante: la relación de la Escritura con la Tradición.

3. La Sagrada Escritura y la Tradición

a. Una sola fuente de revelación

La Tradición junto a la Escritura era el principio teológico recordado en el Concilio de Trento frente al principio de la sola Scriptura de la teología protestante. En la teología católica posterior a Trento se desarrolló la teoría de las dos fuentes de la Revelación: la Escritura y la Tradición; el Evangelio se transmitía en parte con la Escritura y en parte con la Tradición (en tradiciones no escritas). Otros autores para resaltar el valor de la Escritura explicaban que la revelación se transmitía “toda” en la Escritura y “toda” en la Tradición (formalmente; si fuera materialmente, habría que admitir que sólo las formulaciones expresas de la Escritura pudieran tenerse como norma de la fe), pero eso supondría que la Tradición sirve solo como contexto de transmisión: si todo está en la Escritura, ¿qué necesidad hay de la Tradición? El Concilio, con una definición más dinámica de la revelación, pudo afrontar esta cuestión. Lo hace en DV 9: “La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque, procediendo ambas de la misma fuente divina, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin”.

El texto se refiere a una única fuente de la que proceden ambas inseparablemente. La Escritura nunca está separada de la Tradición. Al hablar de una misma fuente –el Evangelio transmitido en la tradición apostólica y recibido en la Iglesia– señala que la Sagrada Tradición no nace de la Escritura, sino de la misma fuente que la Escritura.

b. Diferencias entre la Escritura y la Tradición

Sin embargo, hay una diferencia entre las dos: “La Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo, para que, a la luz del Espíritu de la verdad, con su predicación fielmente la guarden, la expongan y la difundan”.

La Escritura y la Tradición son realidades mutuamente destinadas, inviables aisladamente aunque con una existencia propia. La Tradición precede cronológicamente a la Escritura, pero en cambio solamente la Escritura es formalmente Palabra de Dios por razón del carisma de inspiración divina de que goza el hagiógrafo. Por eso el Magisterio no saca su seguridad solo de la Sagrada Escritura.

c. El servicio de la Tradición a la Escritura

Parece evidente el papel de guía que tiene la Sagrada Escritura en la toda la Tradición de la Iglesia: unidas, “son como un espejo en que la Iglesia peregrina en la tierra contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta que le sea concedido el verlo cara a cara, tal como es” (DV 7).

En cuanto a las relaciones entre ellas, el Concilio señala unas cuantas: “Las enseñanzas de los Santos Padres testifican la presencia vivificante de esta Tradición, cuyos tesoros se comunican a la práctica y a la vida de la Iglesia creyente y orante. Por esta Tradición conoce la Iglesia el Canon íntegro de los libros sagrados, y la misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo y se hace incesantemente operante; y de esta forma Dios, que habló en otro tiempo, habla sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo; y el Espíritu Santo, por quien la voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia y por ella en el mundo, lleva a los creyentes a toda verdad y hace que la palabra de Cristo habite en ellos abundantemente (cf. Col., 3,16)”.

Se apunta en primer lugar una verdad que la Iglesia sólo conoce por la Tradición: el “canon integro de los libros sagrados”. Pero, sobre todo, señala que sólo en la Iglesia, con la Tradición vivificando la Sagrada Escritura, el Espíritu Santo hace presente el Evangelio.

4. Sagrada Escritura, Iglesia, Tradición y tradiciones

La Sagrada Tradición hace presente en la vida de la Iglesia la Tradición apostólica. Un ejemplo lo puede mostrar. Cuenta San Ireneo de su maestro Policarpo discípulo del Apóstol San Juan: “recordaba las palabras de unos y de otros y qué era lo que había escuchado de ellos acerca del Señor, de sus milagros y de sus enseñanzas. Y después de haberlo recibido de estos testigos oculares de la vida del Verbo, todo lo relataba en consonancia con las Escrituras” (Eusebio, Hist. Eccl., V, 20,6). Policarpo no se limita a repetir las palabras de los apóstoles sino que él mismo le da un sentido a los hechos y palabras de Jesús mediante las Escrituras. Repite el gesto, la tradición apostólica, pero no las palabras.

Ahora bien, por este fenómeno de actualización, que no es distinto de la vida misma de la Iglesia, la actualización de lo transmitido en el momento y lugar de destino, puede acabar por cambiar el significado originario, y dar lugar a tradiciones disonantes. En los mismos libros del Nuevo Testamento, hacen notar que algunas doctrinas que algunos enseñaban y difundían no eran conformes con “la fe ha sido transmitida a los santos de una vez por todas” (Judas 3; cf. 2P 2,21). Esa fe se refiere al “evangelio de Cristo” (Rm 15,19; Ga 1,7; 1Co 9,12; 2Co 2,12; 2Co 9, 13; 2Co 10,14; etc.), al “misterio de Cristo” (Ef 3,4), al misterio pascual, a la revelación del Padre y a los mandatos del Señor.

Por eso, espigadas por todo el Nuevo Testamento, aparecen algunas fórmulas de fe (los llamados pre-símbolos) que expresan contenidos de la fe en forma sintética. De este tipo son, por ejemplo, la confesión de fe “Jesús es Señor” (Rm 10,9), o el célebre texto sobre la resurrección del Señor, en el que aparecen relacionados el “evangelio” y el movimiento esencial de recibir y transmitir que caracteriza a la tradición (1Co 15,1 ss.). También aparece la idea del “depósito” (parathéke) que menciona Pablo en las cartas a Timoteo: “Guarda el depósito” (1Tm 6,20); “guarda el buen depósito por medio del Espíritu Santo que habita en nosotros” (2Tm 1,14). El acto apostólico del testimonio fue único, pero el acto de transmisión de ese testimonio deberá continuar en el magisterio (cf. 2Tm 2,2). Al referirse al depósito, Pablo está invitando a la conformidad del magisterio con el testimonio apostólico.

A lo largo del siglo II, fueron apareciendo diversas formas de cristianismo –sobre todo de carácter gnóstico–, que decían fundar sus enseñanzas en revelaciones secretas. En este contexto Ireneo señaló el lugar de la verdad en la Tradición: “La verdadera gnosis está en la enseñanza de los Apóstoles y en el antiguo organismo de la Iglesia extendida en el mundo entero; y en la marca distintiva del Cuerpo de Cristo consistente en la sucesión de los Obispos, a los cuales entregaron los Apóstoles cada Iglesia local; en la conservación sin adulteración de las Escrituras que llega hasta nosotros; en su cultivo integral, sin adición ni substracción; en una lectura sin fraude, y en una exposición correcta, armoniosa, exenta de peligro y de blasfemia, totalmente de acuerdo con las Escrituras (Adv. haer., IV,33,8).

En muchos pasajes especifica diversos aspectos que señalan la verdadera transmisión de la revelación: la regla de fe, la interpretación guiada por el Espíritu, etc. Aquí se apuntan los principales: la transmisión pública del ministerio apostólico, la integridad de las Escrituras y la exposición de la doctrina en conformidad con ellas. Las Escrituras apostólicas unifican el testimonio apostólico.

Bibliografía básica

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6 comentarios en “3. LA TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN DIVINA: ESCRITURA Y TRADICIÓN (Repaso)”

  1. La tradicion ha sido una herramiente muy util, para transmitir la cultura, la religion, la historia, etc., en el
    caso de las escrituras sagradas, en un principio cuando todavia no habia una escritura formal, los acontecimientos biblicos eran transmitidos por la tradicion de los antecesores, es decir la tradicion jugo un papel muy importante en la creencia de dios y de los grandes patriarcas y sobre todo en la creacion del universo y del hombre.

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