4. LA INSPIRACIÓN DE LA SAGRADA ESCRITURA (Repaso)

1. La Sagrada Escritura, Palabra de Dios en la Iglesia

La Iglesia recibe y proclama la Sagrada Escritura como Palabra de Dios. Tal como se ha señalado en los capítulos anteriores, esta concepción de la Escritura no se podría concebir si no es en la relación entre Palabra de Dios, Escritura e Iglesia.

  • a) El punto de partida es siempre la acción de Dios: que Dios se ha revelado en la historia y de que lo ha hecho “mediante obras y palabras intrínsecamente conexas entre sí” (DV 2). La plenitud de la revelación divina se ha dado en Jesucristo que “con su total presencia y manifestación personal […] completa la revelación y confirma con el testimonio divino que Dios vive con nosotros” (DV 4).
  • b) Esta revelación de Dios en la historia, con Jesucristo continúa ofreciéndose a todos los hombres mediante la Iglesia que el mismo Cristo estableció como “congregación visible y comunidad Espiritual” (LG 8), y que, rebasando los límites de tiempos y de lugares, entra en la historia humana como “nuevo pueblo de Dios” (LG 9), y permanecerá hasta el final de los tiempos (cf. Mt 16,18).
  • c) La presencia de la Iglesia incluye la palabra predicada por los Apóstoles y sus sucesores en el magisterio –que constituye la tradición viva– y la Sagrada Escritura de ambos Testamentos consignada por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo (cf. DV 9). Así, tanto la Tradición como la Escritura constituyen la palabra que proclama y esclarece la realidad de la Iglesia, ambas “son como un espejo en el que la Iglesia peregrina en la tierra contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta que le sea concedido el verlo cara a cara, tal como es (cf. 1Jn 3,2)” (DV 7).

Toca ahora esclarecer cómo y por qué la Sagrada Escritura se tiene por palabra de Dios. En la definición de estas notas se verá qué se entiende por la “inspiración” como elemento esencial para que la Sagrada Escritura sea tenida por Palabra de Dios, por revelación, en la Iglesia.

2. La Palabra de Dios y la inspiración en los textos de la Sagrada Escritura

Así como las acciones divinas se insertan y dejan su huella en el devenir de la historia humana, las palabras que explican esas acciones y las proclaman como gestas divinas se expresan a través de hombres y en lenguaje humano, adquiriendo diversas formas. El reciente documento de la Pontifica Comisión Bíblica, “Inspiración y verdad de la Sagrada Escritura. La Palabra que viene de Dios y habla de Dios para salvar al mundo” (2014) ha insistido en no limitar el estudio de la inspiración a los dos textos donde aparece la palabra “inspiración” en el NT, sino en considerar el marco más amplio en el que tiene lugar la palabra de Dios en la Biblia y es consignada por escrito mediante la fe de los autores sagrados.

2.1. La Palabra de Dios y la Escritura en Israel

a. La Palabra de Dios en el Antiguo Testamento

En los libros del Antiguo Testamento, la forma más importante de la palabra que explica los hechos es la locución divina. Dios mismo comunica a personas elegidas el sentido y las consecuencias de los acontecimientos. Así leemos en Génesis cómo Dios hablaba a los patriarcas; en los libros del Éxodo, Números, Levítico y Deuteronomio, cómo habló a Moisés comunicándole el significado de la liberación de Egipto y de la donación de la tierra, y revelándole también la Ley con todos sus mandatos, estipulaciones de una alianza con Israel, el pueblo elegido. Después Dios habló a los jueces, y, sobre todo, a los profetas, que en nombre de Dios pronunciaban sus oráculos de desgracia y de promesa (así se refleja en los libros históricos y proféticos). Todas esas locuciones son, en los libros más antiguos de la Biblia, la palabra del Señor, cuya garantía de verdad va unida a su eficacia, como ya se describe desde Gn 1,1 (cf. Is 55,10-11).

Pero también se explican los hechos en las narraciones que los refieren desde la perspectiva de la fe en el Señor, Dios de Israel, en las confesiones de fe, ya sean colectivas o individuales, y en las reflexiones sapienciales sobre la conducta humana y sus consecuencias. Estas formas, sin embargo, no se presentan en principio como palabra de Dios, sino como reconocimiento por parte del hombre de aquello que Dios ha realizado y realiza a favor de su pueblo y de sus fieles, o de las leyes que ha establecido en la creación. Que esas expresiones se den en tradición oral o por escrito no tiene en este nivel esa especial relevancia; sí la tiene el hecho de que, bajo esas formas, sea la palabra que expresa la fe de la comunidad y reconoce la revelación de Dios en los acontecimientos ocurridos y en las locuciones que, a través de los intermediarios, se remiten al mismo Dios.

b. La Palabra de Dios y los escritos

Un paso más se da en los escritos apocalípticos de finales del judaísmo veterotestamentario. De hecho, una valoración especial del escrito se había reflejado ya en algunos momentos anteriores; por ejemplo, al resaltar el valor de los mandamientos considerándolos escritos por el dedo de Dios (cf. Ex 31,18) o al poner por escrito oráculos de los profetas para significar aquello que se había de cumplir inexorablemente (cf. Jr 36,2-3). Avanzada la época post-exílica (siglos III-II a.C.) surgen en el judaísmo obras con nuevas leyes, narraciones de la historia pasada y promesas de futuro, que se presentan como libros de revelación (o apocalipsis) en cuanto que su contenido dice ser copia de libros celestes que contienen los designios divinos (p. ej. 1 Henoc, Jubileos, cf. Dn 10,21). Se trata ciertamente de una forma literaria de dar autoridad a dichas obras presentándolas como revelación divina de personajes famosos del pasado (pseudoepigrafía), de manera que sirvan de norma de conducta y de motivo de esperanza a los contemporáneos de sus autores reales, ya que lo que está escrito en ellas ha de cumplirse, pues responde a los designios divinos.

Un escrito judío de finales del siglo I d.C., IV Esdras, se hace eco de este planteamiento cuando explica el origen de los libros sagrados en Israel. El autor parte del presupuesto de que los libros sagrados de Israel se quemaron o se perdieron tras la destrucción del Templo en Jerusalén en el año 586 a.C. En la restauración, Esdras leyó el libro de la Ley en presencia de todo el pueblo que se comprometió a cumplirla (Ne 8). Para el autor del libro, Esdras pudo conocerla para proponerla como resultado de una acción inspiradora de Dios: “Si he hallado tu favor, infúndeme tú el santo espíritu y yo escribiré cuanto se hizo en el mundo desde el principio y lo que estaba escrito en tu Ley, para que los hombres puedan encontrar el camino” (IV Esd 14,22). En respuesta a esa petición, Dios le eleva al cielo y le da a conocer los misterios. Entonces: “Se abrió mi boca y ya no se volvió a cerrar. El Altísimo dio inteligencia para entender a los cinco hombres que escribieron lo que se decía alineando letras que no conocían, y estuvieron sentados cuarenta días (…). En cuarenta días se escribieron noventa y cuatro libros. Cuando se cumplieron los cuarenta días, habló el Altísimo y dijo: los primeros que escribiste hazlos públicos, y que los lean los que lo merecen y los que no lo merecen del pueblo. Pero los otros setenta consérvalos para entregarlos a los sabios del pueblo: en ellos está el manantial de la inteligencia, la fuente de la sabiduría y el río de la ciencia” (IV Esd 14,42-47). Es claro que los 24 libros que da a conocer son los de la Biblia hebrea mientras que los otros setenta –entre los que se cuenta presumiblemente el mismo IV Esdras– son los apócrifos que los sabios van dando a conocer según las necesidades.

El libro IV Esdras se refiere a la inspiración del Espíritu sobre el escritor sagrado describiéndola como un éxtasis que da como resultado una especie de dictado verbal, de modo que más que palabra de Dios lo que aparece son palabras de Dios. En el mismo siglo I, otros autores del judaísmo hablan de la inspiración. A mediados de siglo, Filón de Alejandría (Vida de Moisés, 2,188ss) se refiere a la inspiración de Moisés para recibir las palabras de Dios, y, de manera más discreta (Vida de Moisés, 2,188ss), habla de la inspiración de quienes tradujeron la Biblia hebrea al griego de los LXX. También Flavio Josefo, a finales del siglo I afirma que “No está permitido a todos escribir historia ni existe divergencia entre nuestros escritos, porque solamente los profetas han relatado claramente los hechos lejanos y antiguos por haberlos conocido por inspiración divina” (Contra Apión, 1,8).

2.2. La Palabra de Dios y la inspiración en el Nuevo Testamento

a. La inspiración del Antiguo Testamento

Por lo visto parece claro que en tiempo de Jesús el pueblo judío reconocía cierto carácter sagrado de los libros del AT. En el uso litúrgico se leían, comentaban y veneraban; eran denominados libros santos o escritura sagrada (cf. 1 Mac 12,9). Es lo que se percibe de manera explícita o implícita en muchos textos neotestamentarios. Así, el Señor afirma el valor definitivo del AT, cuando dice: “En verdad os digo que mientras no pasen el Cielo y la tierra no pasará de la Ley ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla” (Mt 5,18). Igualmente, cuando explica a sus Apóstoles el sentido de su muerte y resurrección: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y en los Salmos acerca de mi” (Lc 24,44).

En otras ocasiones, tanto Jesucristo como los Apóstoles ponen de manifiesto la inspiración divina del AT, cuando de pasada afirman que Dios habló por medio de los Profetas (cf. Mt 1,22; 22,31.43; Hch 1,16; etc.). En realidad, un estudio más preciso pone de manifiesto que los apóstoles y los autores apostólicos entienden el carácter sagrado de los libros –y, por tanto, también la inspiración–, referido a las escrituras de Israel en su conjunto, si bien poniéndolas en relación inmediata e indisoluble con los acontecimientos de la vida de Jesús, especialmente con su muerte y resurrección (cf. 1Co 15,3-4), y comprendiéndolas como profecía y testimonio sobre Cristo (cf. Lc 24,44; Jn 5,39; 1P 1,10-12).

Hay dos textos, donde en la Vulgata aoarece el término inspiración referido a los escritos, y que han sido la referencia más habitual en la enseñanza cristiana. El primero procede de 2 Pedro:

  1. Ninguna profecía de la Escritura es de interpretación particular, pues la profecía no ha sido proferida en los tiempos pasados por voluntad humana, antes bien, movidos (inspirati) por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios los hombres” (2Pe 1,20-21). El texto se refiere propiamente a las profecías orales, pero parece igualar la profecía oral con la profecía de la Escritura. En cuanto al carácter de la acción del Espíritu Santo parece coherente con las concepciones del judaísmo del siglo I, pero más discreto.
  2. El otro pasaje procede de la Segunda Carta a Timoteo: “Pero tú permanece firme en lo que has aprendido y creído, pues sabes de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces la Sagrada Escritura, que puede darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios (gr: theopneustos) y útil para enseñar, para argumentar, para corregir y para educar en la justicia, con el fin de que el hombre de Dios esté bien dispuesto, preparado para toda obra buena” (2Tm 3,14-17).

Ésta es la única ocasión en toda la Biblia en que aparece la palabra theopneustos. Tampoco es frecuente en la literatura extrabíblica anterior. El adjetivo se aplica a “toda la Escritura”, es decir, a las Escrituras de Israel que conoce Timoteo desde niño. La función de la Escritura es doble: es eficaz para el ministerio y es pedagogía para la fe en Cristo Jesús que es quien ofrece la salvación. Todo ello, porque la Escritura está inspirada. Aunque se trata sólo de un texto parece claro las expresiones del pasaje condensan la fe de la Iglesia apostólica en el carácter de las Escrituras del Antiguo Testamento.

b. La inspiración del Nuevo Testamento

Los primeros cristianos afirman que Dios ha hablado definitivamente por medio de su Hijo Jesucristo (cf. Hb 1,1), y que Él es la Palabra de Dios hecha carne (Jn 1,14). Así, las palabras pronunciadas por Jesús son verdadera y directamente palabras divinas. Así vemos que los hechos y los dichos de Jesús se consignan por escrito no para mera información, sino para suscitar o fortalecer la fe en El y así tener vida eterna (cf. Jn 20,31). De esta forma el libro escrito tiene el carácter de testimonio dado por el Apóstol y al mismo tiempo por el Espíritu Santo (Jn 15,26-27).

Pero también la palabra de la predicación apostólica es presentada como verdadera palabra de Dios (cf. 1Co 14,36; 2Co 2,17; 1Ts 2 13) o palabra del Señor (cf. 1Ts 1,18), sin que en ese contexto tenga tampoco especial relevancia que esa palabra se dé oralmente o por escrito, sino que transmita con fidelidad el Evangelio recibido (cf. Ga 1,6.9; 1Jn 1,1-4). Únicamente en el libro del Apocalipsis, debido a su especial género literario, el autor resalta expresamente el origen divino del libro (cf. Ap 1,2-3; Ap 22,6). Los restantes hagiógrafos del Nuevo Testamento, aunque algunos manifiestan la importancia de sus escritos en orden a la fe (cf. Lc 1,3-4; Jn 20,30), no reflejan la conciencia de escribir bajo inspiración divina.

Por otro lado, en algunos escritos más recientes del NT encontramos referencias a otros escritos anteriores a los que se les reconoce carácter sagrado. Así, en la segunda Carta de San Pedro se consideran algunas cartas de San Pablo con la misma autoridad que las demás Escrituras, es decir, que los libros del Antiguo Testamento (2 Pe 3,15-16), y el mismo San Pablo cita una frase recogida en el Evangelio de San Lucas como “Escritura” (1 Tim 5,18). Cuando la Iglesia va recibiendo los libros que contienen la predicación apostólica en diversas formas –cartas, narraciones evangélicas y de hechos de Apóstoles, apocalipsis– los acoge como la palabra de Dios puesta por escrito, y los une a los libros recibidos del judaísmo, considerados ya como un conjunto a través del cual habla hablado el mismo Dios que ha hablado por su Hijo. Así desde la revelación de Dios en Cristo, toda la Escritura, Antiguo y Nuevo Testamento, es percibida como la palabra de Dios que acompaña y explica las acciones que el mismo Dios habla llevado a cabo con el antiguo Israel preparando su intervención definitiva en la historia, tal como queda testimoniada en el Nuevo Testamento, mediante Cristo y la Iglesia.

3. La inspiración de la Escritura en la fe de la Iglesia: Tradición, Magisterio, Teología

En la recepción de la Iglesia post-apostólica de la proclamación apostólica el carácter singular de la Escritura se manifiesta de variadas formas. Por ejemplo, en el uso litúrgico de los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Con el surgir de las diversas corrientes heterodoxas, aparecen formulaciones nuevas. Así, por ejemplo, cuando en ambientes gnósticos o maniqueos se ataca el valor del Antiguo Testamento los Padres hablan de Dios como autor del Antiguo y del Nuevo Testamento (Estatutos de la Iglesia Antigua). En consecuencia, se habla de los escritores sagrados como instrumentos, aunque subrayando que permanecían en la plenitud de sus facultades y evitando siempre que podían que se entendiera la inspiración de manera mántica. La inspiración era como una capacitación para ser mejores instrumentos. En ocasiones los santos Padres entienden las Escrituras como una carta escrita al género humano por el Padre celestial y transmitida por los autores sagrados (cf. san Juan Crisóstomo, In Gen. 2.2), y también hoy la Iglesia cree que “en los libros sagrados el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida Espiritual” (DV 21).

Sin embargo, no hay en la Iglesia antigua una reflexión sistemática sobre el carácter sagrado de las Escrituras. A decir verdad esta reflexión procede de la modernidad y va muy vinculada a las definiciones del Magisterio de la Iglesia.

3.1. El Concilio Vaticano I: Dios autor de la Escritura por la inspiración

La primera definición dogmática sobre la inspiración está recogida en el Concilio Vaticano I (1870). El texto afirma:

“Dichos libros del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento enteros con todas sus partes, como se describen en el decreto del mismo Concilio de [Trento]… deben ser recibidos por sagrados y canónicos. La Iglesia los tiene por sagrados y canónicos no

porque, habiendo sido escritos por la sola industria humana, hayan sido después aprobados por su autoridad, ni sólo porque contengan la revelación sin error, sino porque escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales han sido entregados a la misma Iglesia” (Dei Filius, cap. II; DH 3006).

Cuando se publicó esta definición, la Comisión Teológica del Concilio afirmó que no tenía intención de innovar, por lo que las palabras debían entenderse en el sentido de las definiciones anteriores del Magisterio. Sin embargo, en el conjunto, los términos de la definición expresan los caminos que una teología de la inspiración puede tomar y las fronteras que no podrá traspasar.

  1. En primer lugar, la inspiración se refiere de manera explícita a la “escritura” de los libros sagrados, no sólo a su contenido. La definición precisa otra anterior del Concilio de Florencia (1439-1445) que decía: “El mismo y único Dios es el autor del Antiguo y Nuevo Testamento, es decir, de la Ley de los Profetas y del Evangelio, ya que bajo la inspiración del mismo Espíritu Santo hablaron los santos de uno y otro Testamento, cuyos libros recibe y venera…” (DH 1334).
  2. En segundo lugar, el texto describe negativamente qué no es la inspiración: a) No consiste en una asistencia negativa de Dios de modo que no se deslicen errores en la revelación; b) no consiste en ser una escritura meramente humana aprobada posteriormente por la Iglesia.
  3. En tercer lugar, la inspiración es una acción de tal magnitud que constituye a Dios autor de los libros. A lo largo de la historia de la Iglesia se ha dicho que están inspirados muchos elementos: los concilios, las tradiciones, los Padres, los místicos, etc. Pero sólo en la Escritura resulta que Dios es el autor de la obra resultante.
  4. Finalmente, se habla del destino eclesial de los libros. Una indicación que tuvo escaso eco en la inmediata recepción del Concilio

3.2. Enseñanzas del magisterio posterior.

Tras el Vaticano I se intensificó la reflexión teológica sobre la naturaleza de la inspiración y sobre cómo se armonizan la acción de Dios y la del hagiógrafo en la producción del libro sagrado. De la definición de Dios autor de la Escritura, se coligió que los hagiógrafos eran instrumentos en manos de Dios.

A la luz de este principio, las Encíclicas de León XIII (Providentissimus Deus, 1893), y de Benedicto XV (Spiritus Paraclitus, 1920), centradas fundamentalmente en la defensa de la inerrancia bíblica, concretaron que la inspiración consistía en una gracia transitoria, un carisma, otorgado por Dios (inspiración activa) a los hagiógrafos, por el que éstos recibían luz en su inteligencia, moción en su voluntad y asistencia en sus facultades ejecutivas (inspiración pasiva), de tal forma que escribieran aptamente y con verdad infalible todo y sólo lo que Él quería (inspiración terminativa). Pío XII en la Divino afflante Spiritu (1943), apoyándose asimismo en la causalidad instrumental, señalaba la presencia en la Escritura de las huellas humanas de los hagiógrafos, instrumentos vivos y dotados de razón, y, de esa manera, ponía el fundamento para el estudio de los géneros literarios: “Partiendo del principio de que el escritor sagrado al componer el libro es órgano o instrumento del Espíritu Santo, con la circunstancia de ser vivo y dotado de razón, rectamente observan (los teólogos católicos) que él, bajo el influjo de la divina moción, de tal manera usa de sus facultades y fuerza, que fácilmente puedan todos colegir del libro nacido de su acción “la índole propia de cada uno y, por decirlo así, sus singulares caracteres y trazos”“.

3.3. El Concilio Vaticano II: la Escritura, Palabra de Dios

La Constitución Dei Verbum (1965) recogiendo la enseñanza del magisterio anterior, aportó sin embargo, bastantes novedades. Muchas de ellas se señalan en los diversos capítulos de este tratado. Recogiendo la definición del Vaticano I, y teniendo delante el Magisterio posterior, dice:

“La santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y del Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo (cf. Jn 20,31; 2 Tim 3,16; 2 Pe 1,19-20; 3,15-16), tienen a Dios como autor, y como tales se le han confiado a la misma Iglesia. Pero en la redacción de los libros sagrados Dios eligió a hombres, y se valió de ellos que usaban sus propias facultades y fuerzas, de forma que, obrando El en ellos y por ellos [19], escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que Él quería” (DV n. 11)

[19] En y por el hombre: cf. Hb 1,1; 4,7 (en); 2Sam 23,2; Mt. 1,22 y frecuentemente (por); Conc. Vat. I, Schema de doctrina cathol., nota 9: Coll. Lac., VII, 522.

Se han señalado en cursiva las novedades conciliares. En primer lugar, el fundamento de la inspiración se coloca en la fe apostólica (ex apostolica fide). El dogma de la inspiración no proviene ni del judaísmo ni de la reflexión de la Iglesia: proviene de la iglesia apostólica.

a . El autor y los autores

En segundo lugar, se refiere a Dios autor de los libros, como lo hacía el Vaticano I. Pero después, al hablar de la confección de los libros, se refiere a los escritores sagrados como “verdaderos autores”. De esta manera evita el equívoco de tener a Dios como “autor literario” de los libros, y al autor sagrado como un mero escritor. En efecto, el auctor latino, utilizado en la tradición y magisterio anteriores, tiene el sentido de autor causante, responsable; no el de autor literario.

Los verdaderos “autores literarios” de los escritos son sus autores humanos. Este es el primer significado de la frase nueva del Vaticano II. En las encíclicas que siguieron al Vaticano I se utilizó el modelo de composición de una obra por parte de su autor literario y así se habló de la acción de Dios en su voluntad, en su pensamiento y en las facultades del “hagiógrafo instrumento”. El Vaticano II no utiliza la palabra instrumento ni la expresión causa instrumental, aunque es evidente –así lo señaló la comisión teológica del Concilio– que mantiene la instrumentalidad de los autores sagrados. Sin embargo, junto a la novedad de denominar “verdaderos autores” a los hagiógrafos, con la expresión “en ellos y por ellos” apoyada en la nota [19] con referencias bíblicas orienta a considerar la inspiración desde las perspectivas de la íntima unión del mediador de la palabra con el Espíritu de Dios (2S 23,2), de la referencia a Jesucristo (Hb 1,1; Mt 1,22), y de la actualidad que mantiene siempre esa palabra (Hb 4,7).

b.  La Escritura, palabra de Dios

Una tercera novedad significativa se refiere a la expresión Palabra de Dios referida a la Sagrada Escritura. En Vaticano I la había evitado expresamente y en su lugar se refirió al destino eclesial de los libros. En Dei Verbum, en cambio, aparece en varias ocasiones ligada a la inspiración.

“La Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo (est locutio Dei quatenus divino afflante Spiritu scripto consignatur), y la Sagrada Tradición transmite (transmittit) íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios (verbum Dei) a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo” (DV 9).

“Las Sagradas Escrituras contienen la palabra de Dios y, por ser inspiradas, son en verdad palabra de Dios (Sacrae autem Scripturae verbum Dei continent et, quia inspiratae, vere verbum Dei sunt)” (DV 24).

Los dos textos remiten al contexto de la Iglesia. El primer texto diferencia a la Escritura de la Tradición en la transmisión en la Iglesia de la Palabra de Dios. Por la inspiración, la Escritura transmite la palabra de Dios, siendo ella misma palabra de Dios, pero de la Tradición se afirma únicamente que la transmite. El segundo se refiere a la vida de la Iglesia, y más precisamente, a la teología, al discurso sobre Dios en la Iglesia. En ese discurso las Escrituras deben recibirse como palabra de Dios.

Hay otro texto significativo que vincula la inspiración con las palabras de la Escritura. Es el que abre el capítulo sobre la inspiración:

“Las verdades reveladas por Dios (divinitus revelata), que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura (quae in Sacra Scriptura litteris continentur et prostant), se consignaron por inspiración del Espíritu Santo” (DV 11).

Aquí se señala cuál es la finalidad de la inspiración de la Escritura: poner por escrito lo revelado por Dios. Pero se dice, además, que en la Escritura, lo revelado, la palabra de Dios se “manifiesta” verbalmente, con esos textos.

En todos los casos, parece que lo que se entiende como Escritura es “un todo”: es la Escritura considerada en su totalidad la que está inspirada y expresa la Palabra de Dios en la Iglesia.

Bibliografía básica

4 comentarios en “4. LA INSPIRACIÓN DE LA SAGRADA ESCRITURA (Repaso)”

  1. Dios atraves de los hombres ha revelado el proceso biblico, para alcanzar la salvacion, objetivo de las sagradas escrituras, por ejemplo dios revelo al padre abrahan que su descendencia iba a ser numerosa y de ella saldrian reyes y profetas; a moises le revelo la tierra prometida, que se realizo con josue, a jacob le revelo que sus hijos serian jefe de las 12 tribus de israel, al rey salomon le dio sabiduria y riqueza, finalmente en jesucristo se cumple la promesa de salvar a la humanidad del pecado y es el unico camino, para alcanzar la salvacion eterna.

  2. no puedo ingresar ni suscribirme, todos los textos estan en ingles .Agradecería que woordpress permitiera la el uso del idioma español

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