6. La veracidad de la sagrada escritura (Repaso)

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1. Aspectos generales

a. La veracidad de la Biblia se deriva de la divina inspiración

La Biblia es el conjunto de libros inspirados por Dios, que la Iglesia ha recibido del antiguo Israel y de los Apóstoles como norma cierta de la verdad que ella cree y confiesa. De ahí que los libros sagrados se llamen también canónicos: ellos son el “canon” o la “regla” de la verdad revelada por Dios. La enseñanza de la Biblia, por tanto, no es sólo una enseñanza humana, sino la Palabra del mismo Dios, tal como se proclama en la Santa Misa tras la lectura de los textos bíblicos. Este es el motivo por el que la Iglesia cree que lo enseñado en la Biblia es verdad. La verdad de la Biblia se deriva de la veracidad de Dios que es quien la ha inspirado, y es, en consecuencia, su autor principal.

Los escritores sagrados redactaron sus escritos bajo el carisma de la divina inspiración, de tal forma que, a la vez que escribían como verdaderos autores, Dios se servía de ellos para comunicarnos todo y sólo lo que Él quería: así, todo lo que los hagiógrafos afirman debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo (cf. Providentissimus Deus, EB, n. 125). Tal es la razón por la que: “Hay que confesar que los libros de la Sagrada Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las Sagradas Letras para nuestra salvación” (DV 11).

La veracidad de la Biblia es una afirmación confesada por la Iglesia desde los orígenes hasta nuestros días ininterrumpidamente. Pertenece al depósito de la fe cristiana, y se explica como consecuencia necesaria del hecho de la inspiración divina de la Sagrada Escritura. Como la misma inspiración bíblica, la veracidad se extiende a todo el contenido de la Biblia, que ha sido inspirado por Dios a los hagiógrafos tanto del Nuevo como del Antiguo Testamento. Como afirmaba un conocido exegeta a comienzos del siglo XX, “si el consentimiento unánime de los Padres no es una quimera, si la constancia, la perpetuidad y la universalidad de la doctrina es una regla de fe, no existe dogma más sólidamente establecido que la inerrancia de la Sagrada Escritura” (F. Prat).

b. Veracidad e inerrancia

Dios ha querido enseñarnos su verdad salvadora por medio de los libros inspirados. Es obvio, pues, que en ellos no puede haber error, pues si se diera, sería atribuible a Dios mismo. En efecto, aunque los hagiógrafos, como hombres, tienen sus propias limitaciones y pueden cometer errores, cuando escriben bajo el carisma de la inspiración son movidos, iluminados y asistidos por el Espíritu Santo, de tal forma que Dios es el autor principal de esos libros y de las afirmaciones que en ellos se contienen. No pueden separarse en los libros de la Biblia partes atribuibles a Dios y partes atribuibles al hombre, sino que todo es, al mismo tiempo, Palabra de Dios y lenguaje humano. De ahí que se haya de considerar a Dios como garante de que no hay error en la Sagrada Escritura. Esta cualidad de los libros sagrados, su veracidad, contemplada como ausencia de error, se denomina “inerrancia bíblica”. Desde esta perspectiva se ha planteado, sobre todo cuando se trataba de defender la Biblia frente a quienes –a lo largo de la historia– han pretendido desacreditar la religión judía y cristiana, argumentando que sus libros sagrados contenían errores y contradicciones, por lo que no merecían ser aceptados como la verdad que viene de Dios.

Sin embargo DV no quiso servirse de la expresión “inerrancia”, sino que orientó la cuestión positivamente y hablo de “verdad”: afirma en efecto que los libros sagrados contienen “fielmente y sin error la verdad”. A continuación añade una nota aspectual muy importante: “la verdad que Dios, en orden a nuestra salvación (nostrae salutis causa), quiso consignar en las Sagradas Letras”. Con esto no se quiere decir que la Biblia sólo sea verdadera en las cosas referentes a la revelación (fe y moral), sino que el objeto formal de la Escritura es el de nuestra salvación. La Biblia no es una enciclopedia de saberes, sino un saber verdadero sobre lo que interesa para la salvación. La Biblia no es un tratado de zoología, sino que presenta una axiología sobre el valor de lo creado: tanto hombres como animales.

También hay que llamar la atención sobre otro aspecto: DV, con Providentissimus Deus, afirma que todo lo dicho por los hagiógrafos debe tenerse por dicho por el Espíritu Santo. Sin embargo el lugar donde se enseña la verdad no es en primer lugar cada uno de los libros, ni mucho menos cada una de sus afirmaciones, sino “los libros”, en plural, es decir, el conjunto de la Sagrada Escritura. Veamos cómo se han formulado estas cuestiones en la reflexión de la Iglesia.

2. Dificultades y principios de solución en la antigüedad

a. Ante las aparentes contradicciones internas

Ya los Santos Padres y los primeros escritores cristianos se enfrentaron a las dificultades suscitadas por la comparación entre diversos pasajes bíblicos, bien fuese entre pasajes del Antiguo Testamento con relación al Nuevo, o bien entre unos escritos y otros del mismo Nuevo Testamento. Así, por ejemplo, fueron perfectamente conscientes de las diferencias que existen entre los Evangelios Sinópticos y el de San Juan, al presentar el ministerio público de Jesús.

Ciertamente las soluciones que dieron a las dificultades concretas no tenían el rigor crítico con que se plantean actualmente. Sin embargo, para resolver las dificultades, establecieron -desde la fe en la inspiración divina de la Biblia- principios seguros y orientaciones, que siguen teniendo validez. San Justino, por ejemplo, respondiendo al judío Trifón, que le objetaba acerca de la fe cristiana presentándole contradicciones en la Escritura santa, escribía: “Jamás me atreveré a pensar, ni a decir, que las Escrituras presentan contradicciones entre sí; y si alguna Escritura me pareciera tal, preferiría reconocer que no entiendo su significado, y trataré de persuadir a todos aquellos que sospechan que en la Escritura existen contradicciones, que adopten mi forma de pensar” (Diálogo con Trifón, 65,2.).

San Agustín, refiriéndose en concreto a las aparentes contradicciones en los Evangelios, escribía así en una larga carta a San Jerónimo: “Si en estos escritos encuentro alguna cosa que aparezca contraria a la verdad, sin inmutarme, puedo pensar que el códice en el que leo tal vez sea defectuoso, o que el traductor no ha sido capaz de expresar el pensamiento fielmente, o que yo no lo he entendido debidamente” (Epístola 82,1,3).

b. Ante las conclusiones de las ciencias

De nuevo San Agustín, discutiendo con algunos herejes, estableció algunos principios que nunca deben olvidarse, para comprender la verdad de la Sagrada Escritura: Que en ella el Señor “pretende hacer cristianos, no científicos (De Actis cum Felice Manicheo, l,l0), y que “el Espíritu de Dios que nos ha hablado a través de los autores sagrados no quiso enseñar a los hombres cosas que no fueran de utilidad para su salvación (De Gen. ad litt., II, cap. 9,20).

3. La inerrancia bíblica en temas de ciencias naturales en la época moderna

Un buen número de dificultades surgirían en época más reciente, al contrastar las afirmaciones de la Biblia con los conocimientos adquiridos en torno a las ciencias naturales, especialmente en astronomía y paleontología. La visión del universo que presenta la Sagrada Escritura no coincide con la que propone la ciencia, y lo mismo cabe decir respecto a las etapas por las que ha atravesado la formación de la superficie terrestre y la aparición de las especies animales. Estas cuestiones, y otras similares, motivaron que los intérpretes cristianos y el Magisterio de la Iglesia fueran precisando el verdadero sentido en que se han de entender las afirmaciones bíblicas sobre estos temas.

a. El caso Galileo

En el siglo XVII, cuando Galileo afirmaba que la tierra gira alrededor del sol, algunos de sus contemporáneos vieron en ello una contradicción con la Biblia. Pero no era ése el sentir de Galileo, que justificaba sus afirmaciones citando al Cardenal Baronio, cuando escribía que “el Espíritu Santo pretende enseñarnos cómo se va al cielo, no cómo va el cielo”. Esta afirmación de Galileo en realidad debería precisarse más en su contexto, pues la Escritura también enseña cómo va el cielo, pero lo enseña desde la perspectiva de los hagiógrafos, que, es evidente, no tenían los conocimientos y el universo mental de Galileo. Sería más precisa otra enseñanza de Galileo en la que afirmaba que como el mismo Espíritu Santo era el autor del libro de la naturaleza y del libro de la Iglesia, no podía habar contradicción entre ellos: lo necesario era aprender el lenguaje de cada uno de estos libros, para entenderlo (información on-line sobre Galileo, en cryf.org).

b. Enseñanza del Magisterio de la Iglesia

Al final del siglo XIX, ante las teorías evolucionistas y los descubrimientos arqueológicos de antiguas culturas contemporáneas, e incluso anteriores, a las reflejadas en la Biblia, el Papa León XIII enseñaba: “Se ha de considerar en primer lugar que los escritores sagrados, o mejor, el Espíritu Santo que hablaba por ellos, no quisieron enseñar a los hombres estas cosas (la íntima constitución o naturaleza de las cosas que se ven) puesto que no les habían de servir para su salvación; y así, más que intentar en sentido propio la explicación de la naturaleza, describen y tratan a veces las realidades en sentido figurado, o según la manera de hablar en aquellos tiempos, que aún hoy rige en muchos aspectos de la vida cotidiana, hasta entre los hombres más cultos” (Providentissimus Deus, EB, n. 121).

Un ejemplo ya clásico. En la concepción cosmológica de la Biblia, como en la de todo el mundo antiguo, la tierra es considerada como el centro del universo en torno al que giran el sol, la luna y las estrellas. Hoy la ciencia dice que no es así, ciertamente, pero no podemos acusar a la Biblia de error en este tema, ya que, de un lado, no es ni pretende ser un tratado de astronomía que se proponga explicar científicamente tales cosas, y, por otra parte, el autor sagrado se expresa con arreglo a la cultura y forma de hablar de su tiempo que, tal como hacemos también hoy, se rige por lo que aparece a los sentidos. Y los sentidos realmente no se equivocan en aquello que perciben, aunque la explicación científica dé razones no captadas por ellos a primera vista. Dios ha dejado en manos de los hombres la tarea científica de explicar la constitución de la naturaleza y sus leyes. Sería por tanto una puerilidad achacar a la Biblia defectos o errores en este sentido.

Pero el que la Biblia sea un libro religioso y no una enciclopedia científica, no quiere decir que cuando en ella se encuentran temas propios de las ciencias no goce también de la divina inspiración. Todo el contenido de la Sagrada Escritura está inspirado por Dios. Ahora bien, al hablar a los hombres, Dios se acomoda a la forma del lenguaje y de la cultura humana, y, concretamente, a la de los hagiógrafos, que actúan como instrumentos para que llegue hasta nosotros la Revelación divina. Solamente así puede ser la Palabra de Dios al mismo tiempo palabra humana, inteligible por el hombre. “En la Escritura, escribía Santo Tomás, las cosas divinas se nos dan al modo que suelen usar los hombres” (Comentario sobre Heb, 1,4). Este “abajarse” de Dios a la situación del hombre es lo que se llama condescendencia divina, en griego synkatábasis.

El principio de la condescendencia de Dios es importantísimo para poder comprender cómo se nos expresa la verdad en la Biblia. Este principio fue alabado, entre los Santos Padres, por San Juan Crisóstomo, y recogido en nuestro tiempo especialmente por el Papa Pío XII en la Encíclica Divino Afflante Spiritu: Porque así como el Verbo substancial de Dios se hizo semejante a los hombres en todo, excepto el pecado, así también las palabras de Dios, expresadas en lenguas humanas, se hicieron semejantes en todo al lenguaje humano, excepto en el error” (Divino afflante Spiritu, n. 20). El Concilio Vaticano II propone de nuevo este principio, para que conozcamos la “admirable condescendencia de la sabiduría eterna” (DV 13).

4. La veracidad de la Biblia en temas históricos

Los principios expuestos pueden aplicarse tanto a las cuestiones relacionadas con las ciencias de la naturaleza como a aquellas otras que afectan a los acontecimientos históricos. Pero se ha de tener en cuenta que, mientras el conocimiento de la explicación científica de la naturaleza y de sus leyes no afecta a la salvación eterna del hombre, sin embargo existen acontecimientos de orden histórico que son el fundamento de la fe bíblica, tanto para el pueblo hebreo como para la Iglesia de Jesucristo. Son todos los acontecimientos que entretejen la Historia de la Salvación, entre los que cabe señalar la creación del mundo y del hombre por Dios, la caída de los primeros padres, la elección divina del pueblo de Israel, la Alianza con Moisés, la Encarnación, Muerte y Resurrección de Jesucristo, la venida del Espíritu Santo en Pentecostés y el comienzo de la Iglesia. Si acerca de los fenómenos naturales se puede decir que la Sagrada Escritura los presenta según las apariencias y en ello no hay error, no sucede lo mismo con las afirmaciones de orden histórico, pues una historia según las apariencias y no según lo ocurrido en realidad no sería verdadera historia, tal como enseñaba el Papa Benedicto XV: “Es ley primaria en la historia que lo que se escribe debe ser conforme con los sucesos tal como realmente acaecieron” (Spiritus Paraclitus, EB, n. 457).

a. Rasgos de la historia bíblica

a.1. Historia religiosa

Al estudiar la Historia de la Salvación, narrada en la Biblia, hay que tener en cuenta que sigue criterios distintos de los que seguiría, por ejemplo, un historiador de nuestros días. La historia bíblica es ante todo una historia de carácter religioso, contemplada desde la fe, y en la que entra un protagonista cuya acción trasciende los métodos de comprobación de la Historia, en el sentido moderno del término. Este protagonista es Dios. Los hagiógrafos que relatan la historia de Israel, o de Jesucristo, o de la Iglesia de los primeros tiempos, no sólo describen los acontecimientos como sucesos históricos, sino que los presentan dándoles una interpretación desde la fe en la acción de Dios.

Un ejemplo puede aclarar esta idea. El origen del pueblo de Israel es objeto de la ciencia histórica actual, y los autores discrepan si se ha de situar hacia el siglo XII a.C. – cuando surge la unidad de las tribus en la tierra de Canaán–, o si el pueblo se configura ya antes bajo el liderazgo de Moisés y Josué a la salida de Egipto, o si hunde sus raíces en los clanes patriarcales hacia el siglo XIX a.C. La Biblia lo presenta desde otra perspectiva: Israel surge en la historia por una intervención especial de Dios, que quiere formar un pueblo distinto entre todos los demás. Este proyecto lo va realizando mediante intervenciones sucesivas, que se remontan hasta la llamada a Abrahán, y que están como preparándose en la misma creación del hombre. De esta manera, aunque la Biblia no responde de forma clara a la pregunta que se hacen los historiadores modernos sobre el origen de Israel, sin embargo presenta la verdad profunda del mismo: Israel surgió como pueblo por una iniciativa divina, y en su origen están implicados Abrahán, los Patriarcas, Moisés… y quienes ratificaron el pacto de Siquén, narrado en el libro de Josué, cap. 24.

a.2. Historia interesada y selectiva

La historia bíblica, por ser de carácter religioso, es ciertamente historia interesada. Pero no por ello deja de ser verdadera historia. La interpretación de los hechos a la luz de la fe no sólo no los falsea, sino que los presenta en su verdadera dimensión, dándoles la explicación correcta, aunque para ello resalte e incluso engrandezca algunos rasgos particulares. De ahí también que sea una historia selectiva. No cuenta todo, sino lo que es importante para mostrar la forma en que Dios ha intervenido, dejando entrever así cómo va a actuar Dios en el futuro.

b. Diversas formas de narrar la historia

b.1. La historiografía antigua

Hemos señalado algunos rasgos de la historia bíblica, que se han de tener en cuenta para entenderla correctamente. Pero cada episodio particular y la forma en que es narrado presentan sus propias características, que se han de considerar atentamente en orden a descubrir la intención del hagiógrafo, es decir, lo que éste quiso transmitir. Porque no siempre se usa la misma forma de decir o de narrar, sino que depende del genio del autor, del contexto cultural en que se mueve y del género literario que emplea. Así, por ejemplo, es bien distinta la forma literaria en que se cuenta el origen del mundo y del hombre en los primeros capítulos del Génesis, que la que se emplea para narrar la salida de Egipto, teñida de rasgos épicos.

Puesto que la verdad histórica no se presenta en cada pasaje de la misma forma, enseñaba el Papa Pío XII que “nadie que tenga recta inteligencia de la inspiración se debe admirar de que también entre los autores sagrados, como entre los otros de la antigüedad, se hallen ciertos artes de exponer y de narrar, ciertas peculiaridades, sobre todo propios de las lenguas semitas, que se llaman aproximaciones, y ciertos modos de hablar hiperbólicos; más aún, a veces, hasta paradojas para imprimir las cosas en la mente con más firmeza” (Divino afflante Spiritu, n. 20). Un poco más tarde, en 1948, en una carta –aprobada por el Papa– de la Pontificia Comisión Bíblica al Cardenal Suhard de Paris, se establecían unos principios muy fecundos después: La cuestión de las formas literarias de los once primeros capítulos del Génesis es mucho más oscura y compleja. Estas formas literarias no responden a ninguna de nuestras categorías clásicas y no pueden ser juzgadas a la luz de los géneros literarios grecolatinos o modernos. No puede consiguientemente negarse ni afirmarse en bloque la historicidad de estos capítulos sin aplicarles indebidamente las normas de un género literario bajo el cual no pueden ser clasificados. Si se admite que en estos capítulos no se encuentra historia en el sentido clásico y moderno, hay que confesar también que los datos científicos actuales no permiten dar una solución positiva a todos los problemas que plantea… Declarar a priori que sus relatos no contienen historia en el sentido moderno de la palabra, dejaría fácilmente entender que no la contienen en ningún sentido, cuando en realidad cuentan en lenguaje sencillo y figurado, adaptado a las inteligencias de una humanidad menos desarrollada, las verdades fundamentales presupuestas a la economía de la salvación, al mismo tiempo que la descripción popular de los orígenes del género humano y del pueblo escogido” (DH 3864).

b.2. La historiografía moderna

Hay otro aspecto que conviene considerar a propósito de lo narrado en la Biblia. Se trata de los presupuestos metodológicos sobre los que descansa la historiografía moderna. Sucede, en efecto, en relación con las cuestiones de orden histórico que, entre los sucesos que narra la Biblia, algunos son comprobables por los métodos de la Historia-ciencia moderna, pero otros no. Si la ciencia dispone hoy día de datos suficientes para comprobar los asertos bíblicos, ocurridos algunos en épocas ya muy remotas, es una cuestión de metodología verificarlos. Sin embargo, algunos relatos de carácter histórico, no son, de suyo comprobables en todos sus aspectos por los métodos estrictamente históricos: así, es comprobable por la historia, la resurrección de Lázaro, o del hijo de la viuda de Naím, o el hecho del sepulcro vacío de Jesús, o el testimonio atendible científicamente de los testigos de las apariciones de Jesús Resucitado; pero el personaje mismo de Jesús Resucitado y glorioso trasciende a los métodos de la historia científica: Jesús Resucitado no puede, por ejemplo, ser sometido a un censo de población, como lo era antes de su muerte, o como lo era Lázaro después de ser resucitado, puesto que en Lázaro se opera la vuelta a la vida de antes, pero no así en la Resurrección de Jesús, que fue a la vida gloriosa.

En realidad, la historiografía moderna se ha impuesto un límite a la hora de considerar algo histórico: para que algo sea histórico tiene que ser humano, y, en ese sentido, repetible. Así, por ejemplo, se puede considerar que entra dentro de la categoría de lo histórico la resurrección de Lázaro o del hijo de la viuda de Naím, porque se han dado casos en los que una persona que se tenía por muerta, de repente, vuelve a revivir.

Pero existen otros sucesos que al no tener un análogo histórico se tienen por formas literarias. Así, por ejemplo, la multiplicación de los panes por parte de Jesús o el caminar sobre las aguas, en esta epistemología se despachan, sin más, como formas literarias con las que los autores de los evangelios quieren mostrar la divinidad de Jesús.

Algunos estudiosos apuntan a que esta epistemología debe corregirse de alguna manera, porque, por esa ley de la analogía, fenómenos como el Holocausto son tan singulares aparecerían como inconcebibles si no hubieran tenido lugar. En todo caso, lo que parece claro es que estos sucesos de la Biblia que trascienden los métodos históricos –del que la resurrección de Jesús es el modelo ejemplar– no son menos verdad, ni menos históricos que los otros, pero lo son en un sentido que trasciende a los métodos en uso de la historia científica. Pueden ser llamados de diversas maneras: algunos autores modernos los denominan meta-históricos; la Iglesia no les ha dado oficialmente ningún calificativo específico para designar su verdad como realidad histórica. Al trascender los limitados métodos del método histórico moderno, entran en la certeza de la fe, que se apoya no sólo en los datos controlables por la investigación humana, sino principal y esencialmente en la autoridad de Dios que revela, que ha mostrado a unos testigos elegidos por El, el hecho histórico trascendente, pero no opuesto, a la ciencia meramente humana.

En este punto incide la dificultad, a veces el escándalo, de los no creyentes, consistente en que la Biblia llegue a afirmar verdades de orden histórico que, sin embargo, trascienden los limitados métodos de investigación humana. La fe cristiana da al creyente la certeza absoluta de la verdad de esos relatos, bases necesarias para las verdades de salvación. El no creyente debe, razonablemente, mantener al menos una actitud de respeto hacia la seriedad de los testigos que afirman tales hechos, y hacia la Iglesia que conserva tales testimonios. Y ello por tres razones principales: por la honestidad de quienes mantienen dicha fe, por la imposibilidad de negar científica y moralmente lo que afirma la fe y, en tercer lugar, por la racionalidad de lo enunciado.

5. La verdad de la Biblia en cuestiones de orden moral

a. La santidad bíblica

Junto a la Historia de la Salvación, la Biblia enseña también verdades de orden moral, es decir, normas de conducta humana que responden verdaderamente a la dignidad del hombre y al proyecto de Dios sobre él. A este aspecto de la veracidad bíblica se le denomina santidad de la Biblia, en el sentido de que señala al hombre la conducta que ha de seguir ante Dios, y reprueba lo que está mal.

b. Principios para solucionar las posibles dificultades

También en este ámbito pueden surgir dificultades, sobre todo en lo referente a algunas leyes del Antiguo Testamento cuando se comparan con la moral del Nuevo. El principio fundamental que hay que tener en cuenta es el carácter progresivo de la revelación bíblica: Dios, como sabio pedagogo, no ha ido exigiendo a la humanidad más allá de lo que ésta podía ir dando; es otro aspecto del principio de la synkatábasis o condescendencia divina. Así, por ejemplo, ha de considerarse como un gran progreso en la moralidad social el principio del talión, introducido en la ley mosaica: el “ojo por ojo y diente por diente” limitaba los interminables desquites de la ley de la venganza, en uso entre los pueblos nómadas y seminómadas del antiguo Oriente Medio, de los cuales nació el pueblo de los patriarcas hebreos; la ley del talión constituía, pues, un gran avance en los modos de la justicia frente a la cruel costumbre de la venganza, al establecer que el castigo no podía ser mayor que el delito. Igualmente, las medidas muy restrictivas de la ley mosaica sobre el divorcio venían a proteger profundamente el estatuto social de la mujer en aquel entonces. Suprimiendo progresivamente la poligamia sin límites del régimen tribal, se preparaba el camino hacia la monogamia y la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer. De este modo, desde los estados más primitivos de la moralidad israelítica hasta la santidad evangélica, la Revelación bíblica ha recorrido el largo camino que va desde las imperfecciones de los comienzos de la historia bíblica hasta la perfección final de la santidad moral vivida y enseñada por Jesucristo.

Otra perspectiva importante a tener en cuenta es que la Biblia recoge la experiencia religiosa progresiva del pueblo elegido y de sus personajes principales, hasta llegar a Jesucristo. Pero ningún hombre es absolutamente santo, sólo Dios lo es, y por ello, aun los más grandes patriarcas, profetas y reyes de Israel tuvieron sus imperfecciones y hasta sus caídas. Dios nos enseña en la Biblia el camino de la santidad, no sólo con los ejemplos de virtud heroica de los hombres, sino también con la lección de sus debilidades, limitaciones y vicios. Y en la Sagrada Escritura aparecen todas estas actitudes humanas, calificándolas moralmente de modo explícito, las más de las veces, o colocando al lector en condiciones de dar con facilidad su propio juicio moral recto.

También hay que colocarse en perspectiva histórica para entender en su justo valor ciertas formas de expresar los sentimientos de los personajes bíblicos: no en todos los tiempos y culturas la sensibilidad es la misma. Y así, ciertas manifestaciones que aparecen en los libros del AT podrían resultar ahora un tanto groseras o menos correctas, si no se sitúa el lector en el medio social antiguo en que fueron escritas. En este sentido, los “actos de crueldad” que aparecen como ordenados por Dios —p. ej., la ley del herem que mandaba aniquilar las ciudades conquistadas— se han de entender desde la tendencia de los autores sagrados de atribuir a Dios el origen de todas las costumbres, y como un medio para que el pueblo se preservase de la contaminación con los pueblos idólatras.

6. La verdad de la Biblia en cuestiones antropológicas

Aunque la Sagrada Escritura no es un tratado de antropología, en el sentido de que intente directamente explicar qué es el ser humano, contiene sin embargo aquellos datos fundamentales que el hombre debe conocer en orden a su salvación. Tales verdades se presentan también ciertamente con los recursos culturales y literarios de que disponían en su tiempo los hagiógrafos, pero su enseñanza inspirada por Dios tiene valor perenne. Pensemos por ejemplo en la enseñanza sobre la dignidad del ser humano, creado por Dios a su imagen y semejanza, y puesto en el mundo como señor de la creación; en la igual dignidad del hombre y de la mujer, y en el carácter originario de la institución matrimonial; en la supervivencia del alma tras la muerte, y otras verdades que, de no conocerlas con la seguridad que da la Revelación divina, el hombre quedaría expuesto a múltiples obscuridades —e incluso degradaciones—, como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia.

En ciertos casos, algunas de estas verdades no aparecen claramente expresadas en las primeras etapas de la Revelación bíblica, o se encuentran también fuera de ella. Esto no significa, sin embargo, que sean únicamente fruto de unas épocas o de unas culturas determinadas. Cuando la Biblia las afirma realmente bajo una forma u otra, han de tenerse como verdad que Dios ha querido comunicarnos.

7. La verdad de la Biblia sobre Dios

La verdad más importante de la Biblia es evidentemente su enseñanza sobre Dios y su relación con los hombres. A través de los escritos sagrados Dios habla de Sí mismo llamando al hombre a una vida de comunión con Él. También esta Palabra de Dios sobre Dios se ha expresado en lenguaje y formas culturales para poder ser comprendida por el hombre. Es similar, en algunos aspectos, a como hablan de Dios los hombres de otras religiones. No podría ser de otra forma si pensamos en el principio de la condescendencia divina que expusimos antes. De ahí que en alguna ocasión se encuentren antropomorfismos aplicados a Dios, o reaparezcan expresiones relacionadas con la forma más común de hablar de Dios en las religiones más antiguas, es decir, con los mitos.

Aunque la expresión mítica sea una forma válida de hablar de Dios en otras latitudes, e incluso encierre también aspectos de verdad, la Biblia se aleja radicalmente de ese tipo de lenguaje, en cuanto que la fe en el Señor, el único Dios, llevaba al fiel israelita a alejarse de los dioses que adoraban los otros pueblos. La forma de hablar de Dios en la Biblia, y la verdad que enseña sobre Él, es totalmente original, como original es la manifestación que Dios hace de Sí mismo a Israel, y su culminación en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre.

La verdad sobre Dios que aparece en la Biblia no se sitúa al mismo nivel que los distintos aspectos de verdad contenidos en los mitos de otras religiones, fuera del tiempo y del espacio; sino que es una verdad que se inserta en la historia y deja unas huellas que la ciencia histórica puede indagar: el pueblo de Israel, la figura de Jesucristo, la aparición de la Iglesia. Este es el principal motivo de que exista un diálogo constante entre la verdad de la Biblia y lo que el hombre puede adquirir por la ciencia; en este caso, por la ciencia histórica.

8. La revelación de Dios en la Biblia: la Biblia, palabra de Dios

La enseñanza bíblica sobre Dios no tiene su origen último en el descubrimiento que el hombre, con sus propias facultades, puede hacer de Dios, sino en la manifestación que Dios ha hecho de Sí mismo y en la aceptación del hombre mediante la fe. Los escritos bíblicos, surgidos bajo la inspiración divina en un momento concreto de la historia, constituyen el testimonio divino sobre dicho proceso de Revelación y fe, convirtiéndose así en la Palabra que Dios dirige al hombre para manifestarle la verdad sobre Sí mismo y, al mismo tiempo, pedirle una respuesta: la fe.

Siguiendo la analogía entre la Sagrada Escritura y el Verbo Encarnado enseñada por el Concilio Vaticano II, podríamos entender la veracidad de la Biblia haciendo extensible a ella las palabras del Señor cuando dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). Este último aspecto es el que tiene que entenderse adecuadamente. La verdad de la Biblia pertenece a la Biblia en su conjunto, cuando expresa a Jesucristo, verdad de Dios revelada a los hombres.

Esto quiere decir que hay un rango entre los diversos libros y que unos libros interpretan a otros. En concreto los libros del NT, en cuanto sus autores han recibido la plenitud de la revelación que es Cristo, declaran el sentido correcto de los libros del AT. De la misma manera cualquier libro del NT debe componerse en cuanto a la verdad con cualquier otro, porque ninguno presenta la verdad completa. En este marco tienen sentido las explicaciones a propósito del carisma profético y del instinto profético de Santo Tomás que se apuntaban en el capítulo anterior. Los textos del AT caen perfectamente bajo el carisma de profecía imperfecta que se convierten en profecía perfecta cuando el Señor les abre la inteligencia a los discípulos para que entiendan su significado. La Biblia es Palabra de Dios, condescendiente con el modo de comprender de los hombres, cuando toda ella se interpreta en continuidad con los apóstoles como Evangelio anunciado y proclamado en la Iglesia según lo recibido en la tradición apostólica.

Bibliografía básica

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