7. El Canon de la Biblia. El Antiguo Testamento (Repaso)

Israel.jpgDice San Pablo en uno de sus primeros escritos: “Os recuerdo, hermanos, el evangelio que os prediqué […] Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas, y después a los doce…” (1Co 15,3-5).

El vocabulario, lo mismo que el contenido mismo del texto, indica que San Pablo no está proponiendo aquí una formulación original suya sino algo común en el kérigma cristiano, en la proclamación del Evangelio. Las acciones salvadoras de Jesús se entienden a la luz de las Escrituras sagradas. Se percibe así que la proclamación del Evangelio es el punto de partida para el establecimiento del canon bíblico en la Iglesia. Este canon incluye los libros apostólicos, en los que de una forma u otra se expone el evangelio (Nuevo Testamento), y las Escrituras de Israel conforme a las cuales se realizó la obra salvadora de Cristo (Antiguo Testamento). En Cristo y desde Cristo adquiere unidad y sentido el canon bíblico cristiano. La Iglesia recibe y asume las Escrituras del pueblo judío como primera parte de un único canon de Escrituras que culmina con los escritos apostólicos.

1. Concepto de Canon

En la teología católica, “el canon bíblico designa la colección de libros inspirados que componen la Sagrada Escritura y conforman la regla de fe”. Según esta definición –común a los manuales católicos– hay tres notas que califican el Canon de la Sagrada Escritura: 1. Designa una “colección” de libros singulares, distintos de otros: son inspirados, 2. Esta colección compone un conjunto (cerrado) que se denomina Sagrada Escritura, 3. Esos libros conforman la “regla”, el canon, de la fe. Esta plurivocidad de significados –relacionados, sin embargo, entre ellos– se explica al ver con mayor detenimiento el origen, el desarrollo y el sentido de la formación de esta colección de libros.

a. La palabra canon

La palabra canon proviene del vocablo griego kanón, que a su vez deriva, según algunos autores, del término semita qaneh. Su significado original es el de vara o caña, pero servía también para designar una medida de longitud. De este concepto deriva el significado de medida o regla, es decir, ley o norma de conducta, de hablar o de hacer. Así se puede aplicar a la moral, a la literatura o al arte. En este sentido se habla de canon arquitectónico o musical. También puede significar índice, elenco, lista o catálogo.

El sentido primero del término “canon” es el de vara de medir o “medida”; en el Nuevo Testamento aparece con el significado de norma a la que han de ajustarse la fe y la conducta cristianas. Así San Pablo en Ga 6,16: “Para todos los que sigan esta norma (kanón), paz y misericordia” (cf. también 2Co 10,13). En la Iglesia primitiva se utilizaba el término canon para designar “la regla de la fe” o de la tradición o el contenido de la Revelación. Esta regla de la fe, muchas veces no escrita, se componía de los artículos principales de la fe que se profesaban en el Bautismo: Dios creador, la encarnación del Verbo, la muerte y resurrección, la acción del Espíritu, la Iglesia.

También se utilizó la palabra para las reglas eclesiásticas. Es práctica usual desde hace siglos que la palabra canon se aplique a las normas o principios emanados de la autoridad máxima de la Iglesia, como pueden ser los enunciados doctrinales de un Concilio o las disposiciones normativas que se formulan en el Código del Derecho de la Iglesia, llamado por ello Derecho Canónico.

b. Canon y canónico referido a las Escrituras

Aplicado a ciertos libros, el adjetivo “canónico” indica su carácter normativo dentro de una comunidad; “canon” indica el conjunto de tales libros. Pero cuando se llega a establecer la lista cerrada y completa de esos libros, “canon” viene a designar dicha lista, y “canónicos”, los libros incluidos en ella y diferenciados por eso mismo de todos los demás. En el caso del antiguo Israel, de la Iglesia y del judaísmo actual, se trata de comunidades arraigadas en una fe religiosa, y reciben por tanto los libros como canónicos en cuanto que en ellos ven reflejada su fe y su norma de conducta. La historia de la formación del canon refleja las diversas etapas vividas por la comunidad hasta su configuración definitiva en la que determina un canon en el sentido de lista cerrada.

Este es el marco del canon cristiano de las Escrituras. La Sagrada Escritura ha sido considerada siempre como regla de fe y de vida para todos los cristianos. Por eso, desde muy pronto, comenzó a llamarse canon al conjunto de los libros inspirados, porque en ellos se contenían las normas fundamentales de la fe y la moral. Más adelante, desde el siglo IV aproximadamente, se comenzó a llamar canon bíblico al elenco de los libros sagrados. La Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, determinó cuáles eran los libros santos que, como tales, habían de incluirse en el canon bíblico. Los libros que lo componen se denominan canónicos y poseen, por tanto, la característica de la canonicidad, esto es, de haber recibido el reconocimiento de que “están escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor, y como tales han sido entregados a la Iglesia” (DV 11).

c. El canon cristiano de la Biblia

El establecimiento del canon bíblico en la Iglesia fue fruto de un largo proceso en el que ella misma, guiada por el Espíritu Santo, llegó a discernir y proponer qué libros hablan de ser tenidos como sagrados y canónicos, es decir, inspirados por Dios y norma para su fe. Ese proceso va acompañado de dos factores importantes:

  • a) La formulación armónica y condensada de la fe en los “símbolos de la fe”, que sirven a su vez de guía para el discernimiento de los libros; y
  • b) la conciencia de la sucesión apostólica mediante el ministerio de los obispos, de forma que su autoridad magisterial pueda garantizar la legitimidad de la inclusión de un determinado libro en el canon y de proponer su lista cerrada.

De este modo, “discerniendo el canon de las Escrituras, la Iglesia discernía su propia identidad, de modo que las Escrituras son, a partir de ese momento, un espejo en el que la Iglesia puede redescubrir constantemente su identidad, y verificar, siglo tras siglo, el modo cómo ella responde sin cesar al evangelio, del que se dispone a ser el medio de transmisión” (PCB 1993, III B 1).

2. El canon del Antiguo Testamento

a. Composición y recepción de los libros del Antiguo Testamento

a.1. La formación del Pentateuco

Las leyes por las que se regía Israel fueron llamadas “Ley de Moisés” (Dt 31,9; Jos 8,31- 35; 23,6; 25,25). Así, en Ex 34,28 se dice que Moisés, por mandato de Dios, escribió en unas tablas de piedra las palabras de la Alianza, los mandamientos; y, en el libro de Nehemías, se narra que a la vuelta del destierro de Babilonia fue leída públicamente la “ley de Moisés que el Señor había entregado a Israel” (Ne 8,1-8). Estos datos llevaron más tarde, poco antes de la época de Jesucristo, a considerar que había sido el mismo Moisés quien había escrito todo el Pentateuco. Con esa afirmación, que se refleja también en el Nuevo Testamento (cf. Mt 8,4; Mc 7,10; 12,26; Lc 24,44; Jn 1,45; 5,46; Hch 3,22; Rm 10,5.19; 1 Co 9,9; 2 Co 3,15), se venía a expresar la autoridad de los cinco libros como palabra escrita de parte de Dios por el gran profeta Moisés, y entregada a Israel. A partir de ahí, la autoría mosaica del Pentateuco vino a ser afirmada comúnmente en la tradición judía y cristiana.

Sin embargo, San Jerónimo y otros estudiosos de la Biblia percibieron ya desde antiguo que el Pentateuco recibió su forma actual después de la vuelta del destierro de Babilonia (siglos VI-V a.C.). Pero ha sido en época más reciente, a partir del siglo XVII, cuando el estudio de las fuentes del Pentateuco se ha realizado de una manera sistemática, llegándose a la conclusión de que en la redacción final fueron recogidos diversos materiales de distintas épocas, algunos de ellos antiquísimos, que, reelaborados y reorganizados por los autores inspirados, llegaron a constituir ese conjunto de cinco libros sagrados tal como los recibió primero el pueblo judío y luego la Iglesia. En ellos se revela una doctrina central especialmente viva tras la experiencia del destierro: que Israel es el pueblo elegido de Dios, que ha recibido la Ley como un don, y que debe cumplirla para permanecer como tal pueblo en la tierra prometida. Dios se sirvió de quienes, en una época u otra, y de distintas maneras, colaboraron en la formación de estos libros, de modo que “obrando Él en ellos y por ellos, pusieron por escrito, como verdaderos autores, todo y sólo lo que Él quería”.

No sabemos a ciencia cierta qué forma tenía anteriormente, o cuál fue la historia recorrida por el material recogido en el Pentateuco, pero sí parece seguro que las antiguas tradiciones en torno a los patriarcas, a Moisés y la salida de Egipto, y a la entrada y conquista de la tierra, fueron reunidas y ampliadas de diversas maneras en los momentos de florecimiento cultural y religioso del pueblo de Israel.

En el Reino de Israel se acentuaban aspectos de sus tradiciones religiosas como la Alianza con Dios en el desierto, el cumplimiento de sus cláusulas y la trascendencia de Dios. La predicación de profetas como Amós y Oseas hizo profundizar en el significado religioso que esas antiguas tradiciones tenían para el pueblo. Es posible además que, cuando el Reino del Norte cayó en manos de los asirios (siglo VIII a.C.), muchos israelitas huyeran hacia el sur llevando sus tradiciones interpretadas con ese contenido teológico. A esta tradición del Norte se la ha denominado “Elohista” (E), porque en los relatos asociados a ella se designa a Dios con el nombre de Elohim.

Durante el siglo VII a.C., bajo los reyes Ezequías y Josías, hubo en el Reino de Judá profundas reformas religiosas que propiciaron el desarrollo de un nuevo modo de entender los acontecimientos pasados y que están en el origen de un resurgir literario que más adelante, durante el destierro y después de él, tuvo como manifestación más importante la composición de una historia de Israel narrada a partir de la conquista de la tierra (libros de Josué, Jueces, Samuel y Reyes). Esa narración suele llamarse “Deuteronomista” (D), porque incluía el Deuteronomio, o parte de él, como introducción a la historia narrada en dichos libros. Expone la Ley de Moisés en forma de grandes discursos, y acentúa la elección gratuita de parte de Dios así como la exigencia de fidelidad y obediencia a sus mandamientos. Al mismo tiempo, aboga por la centralización del culto en un único santuario: el templo de Jerusalén.

La actividad literaria emprendida por la reforma deuteronomista posiblemente no se limitó a la narración de la historia desde Josué a Reyes. Parece probable que sirviera de estímulo para ir dando forma a antiguos relatos tradicionales. Sobre la base de tales tradiciones, tanto escritas como orales, se irían componiendo algunos ciclos narrativos: la historia de los orígenes, los patriarcas, Israel en Egipto y su éxodo, e Israel en el desierto hasta la entrada en la tierra de Canaán. De este modo se irían poniendo las bases para la composición de un grandioso prólogo al Deuteronomio y a la historia que lo sigue, en el que se unificarían armoniosamente los antiguos datos sobre la historia de salvación, desde el origen del mundo hasta los albores del asentamiento estable de Israel en la tierra de Canaán. En esas narraciones se emplea en ocasiones el nombre de Yahwéh como nombre propio de Dios. Por eso, al referirse a la tradición que recoge esos pasajes se utiliza el término “Yahvista” (para designarla habitualmente se emplea la abreviatura J, del alemán Jahwist).

El destierro en Babilonia (siglo VI a.C.) fue un momento importante de profundización religiosa para Israel. Allí los sacerdotes deportados desde Jerusalén hubieron de mantener la fe del pueblo frente a la religión babilónica cargada de mitos y prácticas rituales propios del paganismo. Para ello recordarían una vez más las tradiciones de los antepasados, mostrando cómo toda la historia de la humanidad y en especial la vida del pueblo de Israel se desarrollaron al hilo de sucesivas alianzas de Dios con los hombres. La actividad literaria de dichos círculos sacerdotales, que continúa a la vuelta del destierro, queda reflejada en grandes conjuntos de leyes por las que ha de regirse el culto y mantenerse la pureza de los sacerdotes y del pueblo. A tal actividad literaria se la designa en los estudios actuales como obra “Sacerdotal” (P, de Priester, sacerdote en alemán), obra que ha dejado una profunda huella en el texto definitivo del Pentateuco.

Los libros de Esdras y Nehemías (cf. Neh 8,2ss) narran cómo, tras el destierro, hacia el año 458, Esdras, “un escriba experto en la Ley de Moisés” (Esd 7,6) consiguió un decreto del rey persa −es decir, del imperio que venció a Babilonia− para que la Ley de Moisés fuera ratificada como ley para Israel. Tras recibir el decreto, llegó a Jerusalén y promulgó como Ley con la aceptación por parte del pueblo. Es probable que, sobre la base de la tradición sacerdotal, bajo el impulso de Esdras, algunos escribas o sacerdotes ordenaran y pusieran por escrito otras tradiciones que se conservaban en Israel: sobre el origen del mundo y sobre los ancestros −los patriarcas− de Israel a los que Dios ya les había prometido la tierra (libro del Génesis); sobre la esclavitud en Egipto: las gestas salvadoras de Dios, la alianza en el Sinaí y el camino por el desierto hasta alcanzar la tierra prometida (libros del Éxodo, Levítico y Números), etc. En este contexto se dio un nuevo paso: el Deuteronomio, desgajado de la “historia deuteronomista”, se colocó como colofón de un nuevo conjunto de cinco libros: el Pentateuco que conforma lo que se denominó después la “Ley de Moisés”, o simplemente la “Ley”, la Torah. La narración comienza con el origen del mundo y llega hasta el lugar de Israel en el marco de todos los pueblos de la tierra (Génesis); después, cuenta la constitución del pueblo Israel –con la Ley que le dio el Señor– hasta la entrada en la tierra prometida (Éxodo, Levítico, Números). El libro del Deuteronomio, que consta de cuatro discursos pronunciados por Moisés a las puertas de la tierra prometida, cierra el conjunto: así el libro se puede de entender como una reinterpretación autoritativa por parte de Moisés de cuanto podía considerarse ininteligible, ambiguo o contradictorio en los libros que preceden.

a.2. El grupo de los Profetas

En Israel, los profetas proclaman autorizadamente la palabra de Dios para el pueblo. Moisés era un profeta (Dt 18,18), lo mismo que Samuel (1Sa 3,20) y otros profetas que aparecen en muchas páginas de la historia deuteronomista: Natán, Elías, Eliseo, etc. Pero al mismo tiempo, en las páginas de esta historia, aparecen otros profetas que, en contraste con los mencionados, que podrían denominarse institucionales, se podrían llamar profetas por vocación: Amós, que era un campesino y es llamado a predicar en el reino del norte (Am 7,14), Isaías que es un hombre de corte, pero que es llamado por Dios a proclamar su palabra (Is 6,1-9), etc. Estos hombres se saben llamados a proclamar la palabra autoritativa de Dios: “Palabra del Señor dirigida a Oseas”, o alguna expresión semejante, abre muchos de los libros dedicados a ellos (Os, 1,1; cf. Jr 1,1; Mi 1,1; etc.).

Sus palabras se ponen por escrito, en ocasiones por mandato expreso del Señor, para que más adelante sirva de testimonio: Vete ahora. Escribe ante ellos en una tablilla, grábalo en un libro, para que en el futuro sirva de estatuto, de testimonio perpetuo. Porque son un pueblo rebelde, unos hijos hipócritas, unos hijos que no quieren oír la Ley del Señor” (Is 30,8-9; cf. Jr 36,2.28; Hb 2,2; etc.). No es extraño pues que, con el tiempo, los oráculos de estos hombres, junto con su actividad, se recogiera en libros independientes de la historia deuteronomista. Se les conoce, quizás por metonimia, como “profetas escritores”. Estos libros sobre los profetas se coleccionaron y se copiaron porque su contenido tenía, obviamente, valor autoritativo. Así lo testimonia, por ejemplo, Daniel: “El año primero de Darío (…), yo, Daniel, indagué en los libros acerca del número de años que estableció la palabra del Señor dirigida al profeta Jeremías para que se cumpliera la ruina de Jerusalén” (Dn 9,1-2). El texto de Daniel se refiere al libro de Jeremías como uno de los “libros” en los que se puede buscar la palabra del Señor.

La colección de “los profetas” tal como se ha conservado en la Biblia judía –no así en la Biblia cristiana donde los mismos libros aparecen en dos grupos distintos: libros históricos y proféticos– incluye la historia deuteronomista (Josué a Reyes), que denomina profetas anteriores (Nebihim rishonim) y los profetas posteriores, Nebihim aharonim: Is, Jer Ez y el rollo de los doce profetas menores.

La crítica literaria e histórica de los textos supone que cuando se configuraron los cinco libros de la Ley de Moisés, los denominados profetas anteriores quedaron separados del Deuteronomio, pero conservando el espíritu deuteronomista. Probablemente, adquirieron entonces su forma definitiva, puesto que el texto de los profetas anteriores, que termina con la historia de la deportación a Babilonia, se conservó con más fijeza que el de los profetas posteriores que sufrieron reelaboraciones y que tenía un carácter más abierto. En cambio la forma de los libros de los profetas posteriores depende en cada caso de cómo fueron transmitidos sus oráculos –si puestos por escrito por el mismo profeta o por sus discípulos– y de las añadiduras que pudieran hacerse posteriormente. A los oráculos de los profetas puestos por escrito por ellos mismos o por sus discípulos se les incorporaron datos biográficos de los profetas, y se les añadieron oráculos de época posterior como encontramos, por ejemplo, en el libro de Isaías.

Algunas expresiones de los últimos libros del Antiguo Testamento llevan a pensar que en el siglo II a.C. ya existía una colección de libros que se denominaba Profetas: así el Prólogo del Eclesiástico se refiere a “la Ley, los Profetas y otros escritos de los antepasados” (Sir. Prol. 8-10.24-25). También parece que este grupo de los Profetas tenía valor autoritativo, pues se colocan junto con la Ley, como se ve en esta expresión de 2 M 15,9: “Refiriéndoles las palabras de la Ley y de los Profetas…”.

a.3. El grupo de los Escritos

Existe un tercer grupo de libros que se denominan en la misma Biblia con diversos nombres. El Eclesiástico, como se ha señalado en el último párrafo habla de otros “Escritos”. San Lucas se refiere en un momento a unas palabras de Jesús: “es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí” (Lc 24,44). Un escrito de Qumram, la llamada Carta haláquica (4QMMT), se refiere a: “el libro de Moisés y las palabras de los profetas y David y las palabras de los días (o Crónicas) de generación en generación”. Se trata pues de un grupo de libros sin una denominación precisa, pero también con valor autoritativo.

Los textos más antiguos son probablemente los Salmos. Seguramente, iniciaron también la colección. A un antiguo grupo de poemas de tiempos de la monarquía, recogido en la Parte I del Salterio (Sal 2-41), se les añadieron otros grupos de cantos procedentes del norte que suelen denominarse “elohistas” por utilizar con frecuencia el nombre de Elohim para designar a Dios (Sal 42-83). A ellos se unieron otros compuestos a la vuelta del destierro dando a la colección una finalidad cultual. Finalmente, y bajo un influjo sapiencial, el libro adquirió una configuración en cinco libros. Pero el mismo número de salmos era fluctuante, como se ve en los textos de Qumram y en las versiones griega y etiópica.

Un camino similar había recorrido el libro de los Proverbios. A una serie de dichos atribuidos a Salomón (Prov 10-22; 25-29) se fueron uniendo otras colecciones de proverbios atribuidas a otros sabios (Prov 22-24; 30-31), y se realizaron ampliaciones posteriores (Prov 1-9) que desembocaron en la forma actual del libro. Los otros libros del grupo de “los escritos” fueron apareciendo a medida que daba nuevos frutos la reflexión sapiencial (Job, Qohelet, Eclesiástico o Sirácide; Sabiduría), o se reescribía la historia antigua con nuevos intereses (1-2 Crónicas), o se narraba lo sucedido después (Esdras, Nehemías, 1-2 Macabeos), o se hicieron composiciones ejemplares (Ester, Judit, Tobías, etc.) o poéticas (Cantar de los Cantares), o surgieron obras de carácter apocalíptico, como Daniel.

Por los datos que ofrece la Biblia y la literatura postbíblica, parece que este grupo no estaba todavía cerrado en el siglo I de nuestra era. Es precisamente en este grupo donde difiere la Biblia Hebrea (y con ella la Biblia de la Reforma) de la Biblia católica. Parece claro que en la época de los Macabeos (ca. 175 a.C.), los libros de la Ley se distinguían de todos los demás por su carácter normativo y sagrado, como se ve por la saña de los perseguidores en destruirlos (cf. 1M 2,13). Sin embargo, a los libros reunidos por Judas Macabeo en una biblioteca, a imitación, según se dice, de la que hiciera Nehemías (cf. 2M 2,13-14), no se les atribuye carácter canónico o sagrado, pues precisamente no se menciona la Ley. Sin duda en ese tiempo estaban también coleccionados los libros de los Profetas, ya que se creía que desde los tiempos de la vuelta del destierro no había más profetas en el pueblo (cf. 1M 4,46); pero en esa misma época se escriben libros con carácter de profecía que más tarde se tendrán como Profetas, así sucede con el de Daniel (cf. Mc 13,1-14; Mt 24,15; 4QFlor 2.3) o los de Henoc (cf. Judas 1,14-16). Esto indica que la colección de los Profetas no era aún para todos un conjunto cerrado, como afirman algunos autores. Hacia el año 130 a.C. el traductor al griego del Sirácida menciona los conjuntos de “la Ley, los Profetas y otros escritos de los antepasados”, pero no dice cuáles son los “profetas”, o los “escritos”, – entre los que cuenta sin duda el libro que él traduce–, ni en qué medida se trata de libros sagrados.

Esos grupos de libros se encuentran también mencionados en otras obras judías o cristianas del siglo I a. y d.C. (cf. 4QMMT 86-103; Filón de Alejandría, De Vita contemplativa 3,25-26; Mt 5,17; 7,12; Lc 24,27.44; Hch 28,23), pero sin especificar su número que, en el caso de los Escritos, era fluctuante. En esa época no se plantea aún la cuestión de un canon cerrado de Escrituras, y, por otro lado, cada grupo dentro del judaísmo se atiene a distinto cuerpo de escritos. En efecto, junto con estos escritos, existían en el siglo I, otros de los más diversos géneros literarios. Es la llamada literatura apócrifa o extracanónica coetánea de los libros sagrados más recientes. Pueden citarse, a modo de ejemplo, el libro de Henoc, el Testamento de los Doce Patriarcas, la Asunción de Moisés, las Odas o Salmos de Salomón, el libro IV de Esdras, Apocalipsis de Baruc, etc. Próximos ya a la época del Nuevo Testamento aparecen los libros de Qumram, entre los que destacan la Regla de la Comunidad, los Himnos, la Guerra de los hijos de la Luz contra los hijos de las Tinieblas, el Documento de Damasco, Comentario de Habacuc, etc. Todos estos libros, lo mismo que toda la literatura judía antigua, aunque no han sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, son de gran interés para el estudio de la Biblia, en cuanto que reflejan costumbres, tradiciones y enseñanzas que ayudan a la comprensión de los textos canónicos.

b. Las colecciones del Antiguo Testamento cristiano y de la Biblia Hebrea (TaNaK)

b.1. El Antiguo Testamento cristiano

Siguiendo sin duda lo que ya hiciera Jesús (cf. Mc 14,19; Mt 5,17), los hagiógrafos del Nuevo Testamento asumen las Escrituras judías en su conjunto (PCB 2001). Apelan especialmente a ellas para justificar la muerte y resurrección de Cristo (cf. 1Co 15,3-5) y los acontecimientos de su vida (cf. Mt 1,22) según el plan preestablecido por Dios, y las ven ante todo como profecía sobre Cristo que ya se ha cumplido (cf. Lc 24,44-47; Hch 2,14-36) y como testimonio anticipado sobre Él (Jn 5,39).

Esto, unido a la fe en que con Cristo había comenzado una “nueva etapa” en la economía salvífica (cf. Ga 4,4-5), implicaba, aunque no se dijera expresamente, que aquellas Escrituras se habían completado, es decir, que el conjunto de libros del Antiguo Testamento era ya un conjunto concluido, aunque no existiera una lista que enumerara todos los libros.

Sin embargo, en algunos ambientes cristianos del siglo II, acentuando la tensión entre Ley y Gracia, señalada ya por san Pablo (cf. Ga 3,23-25), las Escrituras antiguas fueron rechazadas en bloque, como hizo, por ejemplo, Marción (ca. 140). Frente a estos autores, la Iglesia se reafirmó en su uso tal como venía haciendo, en la liturgia, en la exhortación y en la argumentación sobre la mesianidad de Jesús.

La Iglesia en su misión al mundo grecorromano se sirvió de la versión griega de la Biblia, que contenía algunos libros más de los que se nos han transmitido en hebreo. Tal vez por eso, en la argumentación con los judíos sobre la mesianidad de Jesús, algunos escritores eclesiásticos sólo citan los libros admitidos por los judíos, por ejemplo Melitón de Sardes según Eusebio (Hist. Eccl. 4.26,13-14); pero, de hecho, se siguen utilizando algunos más, los que hoy llamamos deuterocanónicos, tal como se venía haciendo en la tradición de la Iglesia. Será apelando a esta tradición cómo en los Concilios de Laodicea (360) y Nipona (393) se determina ya la lista completa de los libros del Antiguo Testamento. Esta lista quedará definitivamente establecida como dogma de fe en el Concilio de Trento (1546). El criterio que se deduce bajo esa tradición para reconocer los libros es la utilidad y fuerza que tenían para la predicación y enseñanza cristianas.

b.2. La Biblia Hebrea de los rabinos

Después de la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70 d.C., comenzó entre los judíos sobre todo de origen fariseo la necesidad de determinar cuáles eran los libros sagrados, que leían como tales en la liturgia de la sinagoga. Contemporáneamente a los cristianos de los dos primeros siglos y probablemente en oposición a ellos, entre los rabinos judíos llamados tannaítas o transmisores de la enseñanza de maestros anteriores, se fue delimitando el número de libros que para ellos tenían carácter sagrado, o que “manchan las manos”, llegando finalmente a precisar en el Talmud cuáles eran en concreto (cf. bBaba Batra 14,14b-15) los que después integrarían la Biblia hebrea o Tanak. Así la Tanak de los judíos y el Antiguo Testamento de los cristianos coinciden en la gran mayoría de libros incluidos en ellos; pero ambos conjuntos canónicos se han formado con orientaciones muy diferentes: el Antiguo Testamento, mirando a Cristo y al Nuevo Testamento; la Tanak, centrada en la Ley de Moisés.

El significado de que los Profetas en el canon cristiano estén situados al final del Antiguo Testamento es que anuncian de manera inmediata a Cristo. La historia común que subyace a ambos cánones comienza a diversificarse desde finales del siglo I d.C. a medida que judaísmo y cristianismo forman entidades religiosas diferentes y enfrentadas entre sí.

Bibliografía básica

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