8. El canon del Nuevo Testamento (Repaso)

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1. Composición y recepción de los libros del Nuevo Testamento

Jesús envió a sus discípulos a predicar (Mc 14,16ss y paralelos) el Evangelio. Sin embargo, la predicación del Evangelio encomendada por Jesús a los Apóstoles (cf. Mt 28,20) no tardó en plasmarse en escritos de diverso género que, dirigidos originariamente a comunidades particulares, pronto se extendieron a otras, aunque no todos alcanzaron el mismo prestigio ni expansión. Las palabras del Señor y las enseñanzas de los Apóstoles, transmitidas oralmente o por escrito, fueron tenidas como autoridad decisiva para la fe y la vida cristiana.

Los escritos del NT más antiguos que conservamos son las cartas. Normalmente, responden a problemas que van surgiendo en las primeras comunidades cristianas. Ya entre los años 50 y 60 d.C., sabemos que san Pablo escribe diversas cartas a algunas de esas comunidades, exponiéndoles el Evangelio que predicaba y las consecuencias para la vida que se derivaban de él. En años siguientes, otras figuras apostólicas escribieron cartas para la instrucción de las comunidades (Pedro, Santiago, Juan, Judas).

Muy pronto también debieron de ponerse por escrito los relatos de los acontecimientos más importantes de la vida de Jesús, especialmente la Pasión: la última cena, que se rememoraba en las celebraciones cristianas (1Co 11,23; Hch 2,42), y la muerte y resurrección que constituían el núcleo del Evangelio (1Co 15,3-5). También se fueron reuniendo colecciones de palabras de Jesús, que formaban un material excelente para los predicadores del Evangelio, y otros relatos –relatos de milagros o de actitudes ante Jesús– que tenían un gran valor para la enseñanza.

Más tarde, probablemente con esta misma finalidad, se escribieron los evangelios, a modo de semblanzas de Jesús. En algún caso, como Lucas, el texto de la actividad de Jesús se siguió con la actividad del grupo apostólico guiado por el Espíritu Santo: así nació el libro de los Hechos. Tanto en las cartas de los apóstoles como en las palabras de Jesús recogidas en los evangelios, hay secciones que tienen forma de apocalipsis, de revelación consoladora de Dios. Al hilo de circunstancias difíciles para algunas comunidades cristianas, se compuso un escrito con ese nombre que contempla el misterio de Cristo desde la perspectiva profética, como clave para interpretar la historia.

2. Recepción y valoración de esos escritos

A finales del siglo I, los autores cristianos, obispos como san Clemente de Roma y san Ignacio de Antioquía, escribieron cartas a diversas iglesias imitando a san Pablo, o a los apóstoles. En ellas aluden a escritos de la generación anterior, la apostólica, atribuyéndoles una autoridad superior a suya propia. Sin embargo, sólo ocasionalmente, y no de manera directa, los califican de “Escrituras”, como hacen al referirse a los Profetas. Sin embargo, unos y otros, las Escrituras y los escritos recibidos de los apóstoles son considerados autoridad; es más, la autoridad de los apóstoles y de sus textos se considera superior a la de las Escrituras.

En obras posteriores, como la Carta de Bernabé (cf. 4,14) hacia el año 120, y la Segunda Clemente (cf. 2,46) , hacia el 130, se aplica la expresión “como está escrito” a palabras de Jesús contenidas en los Evangelios canónicos. Hacia esa misma época, sin embargo, hay quienes como Papías, obispo de Hierápolis, manifiestan tener más confianza en la tradición oral que en los escritos (cf. Eusebio, Hist. Eccl. 3.39,4). Los escritos van adquiriendo relieve a medida que pasa el tiempo, y, sobre todo, al ser empleados en las celebraciones litúrgicas, como testimonia san Justino hacia el año 155, al decir que los domingos se reúnen los cristianos y leen las “memorias de los apóstoles” y “los profetas” (1 Apol. 67). Tales “memorias”, al parecer los evangelios, quedan así equiparadas a los Profetas en cuanto Escritura por su empleo litúrgico, aunque ciertamente gozan de mayor autoridad.

3. Discernimiento de los libros apostólicos en los siglos II y III

Hacia el año 140, Marción, un influyente armador griego convertido al cristianismo, propuso como norma para sus comunidades el evangelio de Lucas, si bien mutilado y separado ya de los Hechos de los Apóstoles, y diez cartas de san Pablo. Su pretensión no era crear un canon cerrado de libros apostólicos, sino, más bien –malinterpretando a san Pablo y pensando que su “evangelio” (Rm 2,16) se refería a Lucas–, apartar radicalmente de la fe cristiana la imagen de Dios reflejada en las Escrituras judías. Aunque la propuesta de Marción refleja ciertamente que la forma de entender la fe cristiana y la identidad de la Iglesia va unida a la aceptación de ciertos libros y al rechazo de otros –en su caso expresamente al rechazo de los del Antiguo Testamento y no tanto al de otros evangelios que pudiera conocer–, no puede decirse, como han hecho algunos autores modernos, que el canon del Nuevo Testamento se debe a Marción y a la reacción de la Iglesia contra él.

a. Los cuatro evangelios

En la segunda mitad del siglo II eran muchas las obras que circulaban en las iglesias y se presentaban como de autoría apostólica o como relatos genuinos del evangelio. Bastantes de ellas respondían a tendencias discordantes con la tradición común, bien por su carácter extremadamente judaizante o por su propuesta gnóstica de salvación. Era preciso seleccionar y discernir en orden a mantener la identidad cristiana según la fe recibida y la conducta acorde con ella. Taciano, discípulo de san Justino, compuso hacia el año 160 una armonía de los cuatro evangelios (el Diatessaron) que fue usada sobre todo en las iglesias de Siria. Indica el relieve que se daba a esos textos por su antigüedad y fiabilidad; pero implicaba que se podía prescindir de ellos y atenerse a un único relato más reciente. Fue san Ireneo de Lyon hacia el año 180 quien defendió vigorosamente mantener los cuatro evangelios, y sólo los cuatro, como pilares en los que se sostiene la Iglesia (Adv. Haer. 3.11.8-9). El propósito de san Ireneo era defender la fe tal como había llegado a la Iglesia desde los días de los Apóstoles (Adv. Haer. 3.22), Y ve la la garantía de ello en la sucesión de los obispos (Adv. Haer. 3.3.3). En el mismo sentido se pronuncian Tertuliano, Orígenes y otros escritores eclesiásticos. Aunque más tarde algunos de esos escritores recurrieron a veces a tradiciones contenidas en algún otro evangelio distinto de los cuatro –sobre todo al de Santiago para afirmar la virginidad de María–, siempre que se plantean cuáles son los evangelios autoritativos en la Iglesia remiten a los cuatro, que serán ya los únicos que aparecerán como canónicos en las listas posteriores.

b. Los otros grupos de escritos

Algo parecido sucede con la segunda parte de la obra de Lucas. Sólo ella es aceptada con el nombre de Hechos de los Apóstoles”, frente a otras que se presentaban, ya desde finales del siglo II, como hechos de algún apóstol particular, sobre todo de Pedro y de Pablo. El cuerpo de cartas paulinas comenzó a formarse muy pronto, a medida que éstas eran transmitidas de una comunidad a otra. A las originales del apóstol se unieron otras que pudieron haberse escrito en su nombre, hasta alcanzar el número de catorce, incluida Hebreos de cuya autenticidad se dudaba. Junto a ellas se agruparon las cartas de otros apóstoles, algunas de las cuales tardaron más en ser reconocidas por todos, quizás debido a su brevedad. El Apocalipsis de san Juan, citado por autores de principios del siglo II, y calificado por san Justino como “uno de nuestros escritos” (Dial. Trif. 81,4), encontró algunas reticencias sobre su pertenencia al apóstol Juan.

4. Delimitación del cuerpo de los libros del Nuevo Testamento.

Es a lo largo del siglo IV cuando en distintas áreas de la Iglesia se propone el canon del Nuevo Testamento en forma de lista de sus libros. Eusebio de Cesarea, que hacia el año 335 había recibido del emperador Constantino el encargo de hacer cincuenta copias de las Escrituras cristianas para las iglesias de Constantinopla (cf. Vit. Const. 4. 34-37), se ocupa expresamente del canon de libros del Nuevo Testamento en Historia Ecclesiastica 3.3.1-6.6. Su criterio de discernimiento es fundamentalmente la autoría apostólica; en lo que a ésta se refiere, distingue los contrastados (los cuatro evangelios, Hechos de los Apóstoles, las cartas de Pablo, 1Jn, 1P, y duda de si Ap), los discutidos (St, Jds y 2Jn), y los espúreos, y, dentro de éstos, los heréticos. El reconocimiento o no de la autoría apostólica lo basa en definitiva en la tradición.

Quizás por la dudas de Eusebio, la lista que ofrece san Cirilo de Jerusalén hacia el año 350 omite el Apocalipsis (Catequesis 4.36); pero hacia el año 375 san Epifanio de Salamina (Panarion 76.5) trae la lista completa, lo mismo que san Jerónimo en De viris illustribus 2.4 en 394. De Alejandría proceden varias listas y los grandes códices Sinaitico y Vaticano; pero sólo la de san Atanasio en su 39 Carta Festal, escrita en Antioquía el año 367 como magisterio episcopal, da una relación primero de los libros del Antiguo Testamento y después de los del Nuevo coincidiendo éstos por vez primera con los que se aceptarán definitivamente. El criterio de discernimiento es la comunión eclesial: haberlos recibido así de la tradición de los Padres que, a su vez, dice, los recibieron de los primeros ministros del evangelio.

Las listas propuestas en el norte de África en los concilios de Nipona (393) y Cartago (397 y 419) presentan la lista completa, lo mismo que san Agustín en De doctrina christiana 2,8.18a, y también las procedentes de Italia como la de Rufino hacia el año 400 (Symb. apostol. 37) y la del papa Inocencio I en su Carta a Exuperio (405).

De esta forma se va creando en la Iglesia universal una unanimidad respecto al canon del Nuevo Testamento. Es la unanimidad que se refleja cuando se propone dogmáticamente el canon de las Escrituras en el Concilio de Trento. Responde a la tradición común, recogida y enseñada por un magisterio que se había ejercido en muchos casos por los obispos de las iglesias locales.

Los lugares más comunes en los escritores cristianos antiguos en los que se manifiesta esa tradición eclesial son la lectura pública litúrgica –los herejes se referían a libros que ellos habían recibido de manera privada, en oculto, apócrifamente– la conformidad con la regla ortodoxa de la fe transmitida públicamente de manera oral en la Iglesia, y la tradición que los vinculaba a los apóstoles. Son los denominados tres criterios de canonicidad principales.

5. La definición del Concilio de Trento

La definición dogmática sobre el canon es del Concilio de Trento (1546). Dice así, en las líneas principales para nuestro propósito: “El sacrosanto, ecuménico y universal Concilio de Trento, legítimamente reunido en el Espíritu Santo (….) poniéndose perpetuamente ante sus ojos que, quitados los errores, se conserve en la Iglesia la pureza misma del Evangelio (puritas ipsa Evangelii) que, prometido antes por obra de los profetas en las Escrituras Santas, promulgó primero por su propia boca Nuestro Señor Jesucristo (… ), siguiendo los ejemplos de los Padres ortodoxos, con igual afecto de piedad e igual reverencia recibe y venera (pari pietatis affectu ac reverentia suscipit et veneratur) todos los libros, así del Antiguo como del Nuevo Testamento, como quiera que un solo Dios es autor de ambos, y también las tradiciones mismas que pertenecen ora a la fe ora a las costumbres, como oralmente por Cristo o por el Espíritu Santo dictadas y por continua sucesión conservadas en la Iglesia Católica.

Ahora bien, creyó deber suyo escribir adjunto a este decreto una lista (indicem) de los libros sagrados, para que a nadie le pueda aparecer duda alguna sobre cuáles son los que por el mismo Concilio son recibidos (suscipiuntur). Son los que a continuación se escriben [aquí enumera los libros uno por uno]… Y si alguno no recibiere como sagrados y canónicos (sacris et canonicis) los libros mismos íntegros con todas sus partes, tal como se han acostumbrado leer en la Iglesia Católica y se contienen en la antigua edición Vulgata latina, y despreciare a ciencia y conciencia las tradiciones predichas, sea anatema.

Entiendan, pues, todos, por qué orden y camino, después de echado el fundamento de la confesión de la fe, ha de avanzar el Concilio mismo (quo ordine et via ipsa synodus post iactum fidei confessionis fundamentum sit progressura) y de qué testimonios y auxilios se ha de valer principalmente para confirmar los dogmas y restaurar en la Iglesia las costumbres” (DH 1501- 1505).

Este Decreto sobre los libros canónicos tuvo lugar al comienzo del Concilio. La reunión conciliar tenía como fin proponer la verdad del Evangelio (la pureza del Evangelio) en aquellos puntos que habían sido puestos en duda o en discusión por la Reforma protestante. Como apunta explícitamente el último párrafo, antes de comenzar las discusiones, los Padres conciliares confesaron la profesión de fe de Nicea y se pronunciaron sobre el canon de los libros sagrados. Ésa era la base con la que dirimir sobre determinar la verdad que se debe creer (dogma) y el modo con que se debe vivir (costumbres) el Evangelio.

El Decreto señala también el camino para llegar a la pureza del Evangelio: la Iglesia que ha recibido los libros escritos y las tradiciones no escritas (unos y otras como inspirados). Apunta un igual afecto y reverencia por las tradiciones y los libros, de la misma manera que por cada uno de los libros del AT y NT; con eso, salía también al paso de algunas expresiones de autores que, apoyándose en San Jerónimo, distinguían entre libros dogmáticos y libros disciplinares. El Concilio no recibe la sugerencia: con ello acentúa que lo que califica estos libros es la inspiración del Espíritu Santo (no el contenido revelado).

Este pensamiento de San Jerónimo lo habían prolongado singularmente Lutero y diversos autores de la Reforma. Lutero, por ejemplo, al aplicarlo a los libros del NT afirmaba que unos libros no “conducen hacia Cristo” (was Christum treibet) de la misma manera que lo hacen otros y distinguía entre a) “privilegiados” o principales (Romanos y Gálatas); b) “ordinarios”, y c) “postergados” o lejanos del centro del canon (Hebreos, Judas, Santiago, Apocalipsis). Frente a este planteamiento, la Iglesia establece como principio la Tradición. Así lo dirá explícitamente DV 8: “Por esta Tradición conoce la Iglesia el Canon íntegro de los libros sagrados, y la misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo y se hace incesantemente operante”. En cuanto a la enumeración el Concilio, aunque dice que se contienen en la Vulgata, en realidad reproduce la lista del Concilio de Florencia. Es nuevamente la Tradición la fuente de conocimiento y el lugar en el que los libros son Evangelio.

Bibliografía básica

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