9. El texto de la Biblia (Repaso)

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1. Canon y texto de la Biblia

En la Iglesia, la Escritura inspirada la forman 72 libros –45 del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo, en el cómputo de Trento– que se diferencian de otros libros que también tuvieron mucha estima en la Iglesia apostólica y post-apostólica. Se diferencian en que solo estos libros se tienen como portadores de la palabra de Dios. La razón teológica quiere descubrir por qué estos libros son singulares: cómo lo podemos conocer y qué consecuencias tiene esto para la interpretación de la Escritura. Es lo que se ha tratado en las cuestiones relativas al canon. Pero el Concilio de Trento afirma que estos libros se han de recibir “íntegros con todas sus partes”. Esto es una cuestión particular de los libros: se refiere a “textos concretos”, no al nombre de los libros. Y estas cuestiones se tratan más bien en el estudio del texto de la Biblia.

No se ha conservado ninguno de los textos originales de la Biblia. Lo que está a nuestro alcance son copias manuscritas que, a su vez, copian textos anteriores. En consecuencia, presentan variaciones de unas a otras. Además, los manuscritos bíblicos nos han llegado en diversos idiomas antiguos: griego y hebreo, sobre todo, pero también en latín, arameo, siríaco, etc. También las copias de las versiones están llenas de variantes. A pesar de todo esto, el texto de la Biblia es, con mucha diferencia, el texto mejor conocido de la antigüedad. Veamos cómo, aunque sea superficialmente.

2. Las lenguas y la escritura de la Biblia

“Si hubiera sido sacerdote, habría estudiado a fondo el hebreo y el griego para conocer el pensamiento divino tal como quiso Dios expresarlo en nuestra lengua humana” (Santa Teresa de Lissieux). El Antiguo Testamento se escribió en hebreo, excepto algunos fragmentos en arameo y algún libro tardío en griego. En el siglo I casi todo estaba traducido al griego y esta traducción era conocida y usada en Palestina y entre los judíos extendidos por el imperio, es decir, la diáspora.

El hebreo era la lengua que se hablaba en Palestina cuando llegó allí el pueblo de Dios. Su escritura es consonántica. Las palabras tienen una raíz de tres letras a las que se añaden, con prefijos y sufijos, las preposiciones, los artículos, el género, el número, el tiempo verbal, el aspecto, etc. Es rico en el aspecto verbal. Además de la forma simple –por ejemplo, para el verbo qatal (matar)– tiene una forma intensiva, qittel (asesinar, matar con saña, con engaño) una causativa, hiqtil (hacer matar); además tiene las formas activa, pasiva y reflexiva. En otros aspectos de la gramática no es tan preciso: por ejemplo, para decir “santísimo” dice “tres veces santo”; el “Cantar de los cantares”, “el Santo de los santos”, para significar el cantar o el Santo por excelencia; “por los siglos de los siglos”, para decir eternamente. Las nociones abstractas, se hacen derivar de lo concreto: así “camino” es también el nombre de “conducta”.

El hebreo fue sustituido por el arameo como lengua común en el s. VI a.C., de modo que en el siglo I era solamente la lengua de la lectura litúrgica. Desde el s. IV a.C., con las conquistas de Alejandro Magno y la implantación del helenismo, el griego se convirtió en lengua común (koiné) de Oriente. Aunque no desplazó completamente al arameo, su difusión y su influencia fueron enormes. Todo el Nuevo Testamento está escrito en griego y probablemente también algunos libros del Antiguo —como Sabiduría o 2 Macabeos— fueron escritos originariamente en griego. La mayor parte del Antiguo Testamento, si no todo, estaba ya traducido al griego en el siglo I de nuestra era.

El hebreo adoptó los signos lingüísticos del arameo donde la escritura es cuadrada; se escribe de derecha a izquierda. La escritura griega de los manuscritos bíblicos antiguos es uncial (con mayúsculas). En los dos casos es continua (no tiene párrafos). Para escribir se utilizaban el papiro, un material barato pero efímero, y el pergamino, más caro pero más duradero. La escritura antigua se editaba en rollos. Desde el siglo I se utilizó mucho el códice, un predecesor de nuestro libro encuadernado. El codex fue muy utilizado por los cristianos pues permite unir varios libros. Es claro que incluso materialmente permitía subrayar la unidad de los libros de la Biblia.

3. El texto del Antiguo Testamento

El texto del Antiguo Testamento se ha conservado en hebreo y en griego. Sus vicisitudes históricas se reconstruyeron en gran parte gracias a los manuscritos antiguos y tardo-medievales. Sin embargo, en 1945 se descubrieron en Qumram, cerca del Mar Muerto, bastantes manuscritos bíblicos de los tres siglos anteriores a Cristo. Esto ha supuesto un cambio en el planteamiento de la investigación, que está más o menos así.

a. Variabilidad del texto hebreo hasta el 70 d.C.

Antes de la destrucción del Templo, había varios textos hebreos que diferían entre sí. La mayor parte de los que se descubrieron en Qumram son del tipo denominado proto-masorético, es decir, el texto hebreo que sería después transmitido por los rabinos y los masoretas judíos. Pero también hay testimonios de textos en hebreo que están en la base de los manuscritos medievales del Pentateuco samaritano. Finalmente también hay bastantes testimonios de un texto hebreo que es el que traduce al griego la versión de los LXX (hasta que se descubrieron los manuscritos de Qumram se pensaba que esta traducción era parafrástica respecto del hebreo).

b. Fijación del texto: consonántico (70-500 d.C.) y masorético

Después de la destrucción de Jerusalén los rabinos, al mismo tiempo que tendieron a fijar el canon, editaron el texto hebreo que se ha denominado proto-masorético. Desde el siglo VI d.C., aproximadamente, el texto ha ido acompañado de un conjunto de notas que se llaman masora (tradición): una especie de valla que protege el texto. Arriba y abajo de cada página, y también al final del texto, se introducen un conjunto de anotaciones que ayudan a leer el texto y que aseguran que se ha copiado bien. También se introducen signos diacríticos en el texto para las indicar las vocales con las que hay que pronunciar las palabras, las secciones para las lecturas de la sinagoga, etc. Pero siempre sin corregir el texto consonántico. El resultado es el llamado texto masorético. Los manuscritos más antiguos que se nos han conservado son el códice de Leningrado (1008 d.C.), el códice del Cairo (895 d.C.) que sólo contiene Profetas, lo mismo que el Códice de Profetas de Petersburgo (916 d.C.) y el códice de Alepo (910-930 d.C.), que está por editar en su mayor parte.

c. Los textos griegos del Antiguo Testamento

Hacia el s. III a.C. comenzó a traducirse la Biblia hebrea al griego. Según una leyenda recogida en la carta de Aristeas, la realizaron setenta (y dos) sabios en setenta días, para que estuviera en la Biblioteca de Alejandría. De ahí el nombre de LXX. Lo cierto es que fue haciéndose poco a poco, pero en el siglo I de nuestra era estaba ya completa. Es la versión de la que se sirvieron los cristianos. Durante un tiempo se pensó que se usaba sólo en la diáspora, pero en los descubrimientos del Mar Muerto han aparecido bastantes textos griegos en la misma cuna del judaísmo de Palestina.

Esta traducción, como se ha dicho, se realizó habitualmente desde un texto diferente del proto-masorético, de ahí que tenga variaciones. Por ejemplo, los libros de Daniel y de Ester son más largos en la versión griega; en cambio, los libros de Jeremías o Job son más largos en la versión masorética. Además, como se ha dicho al tratar del canon, la versión de los LXX incluye siete libros que no figuran en la hebrea (pero de los que se han encontrado también testimonios del siglo I en Palestina).

En el siglo II d.C. los rabinos encargaron traducciones al griego para revisar el texto de LXX de acuerdo el texto proto-masorético: son las llamadas versiones de Aquila, Símaco y Teodoción.

La versión griega del Antiguo Testamento se ha conservado en los códices cristianos que incluyen también el Nuevo Testamento. Los más importantes – el Vaticano (B 03), el el Sinaítico (S 01) y el Alejandrino (A 02)– son de los siglos IV-V.

d. Ediciones críticas modernas del Antiguo Testamento

La edición más corriente del texto hebreo es la Biblia Hebraica Stuttgartensia (eds. K. Elliger y W. Rudolph), de 1977. La base es el texto del Códice de Leningrado aunque en el aparato crítico recoge las variantes de los otros códices y de Qumrán.

La edición moderna más corriente del texto griego es: Alfred Rahlfs, Septuaginta id est Vetus Testamentum Graece iuxta LXX interpretes (1935). Es una edición semicrítica con el aparato crítico reducido. La base es el códice Vaticano.

4. El texto del Nuevo Testamento

Los testigos griegos del NT son más de 6000 y el número de copias que se descubren crece continuamente (se puede consultar la página actualizada de la Universidad de Bremen: uni-bremen). Se suelen distribuir del modo siguiente: a) Más de 100 fragmentos de papiro, b) Más de 300 manuscritos unciales, es decir, en mayúscula, con letras separadas y sin acentos, c) Alrededor de 3000 manuscritos en minúscula, d) Unos 2.500 leccionarios catalogados, para uso litúrgico público. Esto supone que no existe documento alguno de la antigüedad comparable al Nuevo Testamento en cuanto a la comprobación histórico-crítica de su texto. Ninguna otra obra de la antigüedad se acerca al millar de manuscritos conservados.

Obviamente, en una obra copiada tantas veces las variantes textuales son muchísimas. Sin embargo, solo algunas tienen relevancia. Con la ayuda de la crítica textual se puede reconstruir con claridad un texto bastante cercano al original. Los testigos más importantes del NT son:

a. Papiros

  • 1) Papiro de Roberts o Rylands (p52). Está fechado en la primera mitad del siglo II y es el testigo más antiguo del NT. Contiene varios versículos de Jn 18.
  • 2) Colección de Chester Beatty en Dublin: tres papiros designados p45 (comienzos del siglo III; unos 30 folios; contiene fragmentos de los cuatro Evangelios y Hechos, importante pues muestra que muy temprano los cuatro Evangelios estaban ya unidos en una única colección) p46 (del siglo III: 86 hojas con textos de las cartas paulinas), p47 (último tercio del siglo III: 10 hojas que contienen Ap 9,10-17,2)
  • 3) Papiros de la Colección Bodmer II de Colonia-Ginebra: p66 (siglo III: Jn 1-4 casi completo y el resto del evangelio fragmentariamente) y p75 (siglo III: Lc 3-24 y Jn 1-15).
  • 4) p67. Del siglo III. Contiene Mt 3,9.15; 5,20-22.25-28. Se conserva en la Fundación San Lucas Evangelista de Barcelona.

b. Códices

  • a) Vaticano (B 03). Es el más valioso por su antigüedad. Fue copiado en Egipto en el siglo IV. Contiene casi todo el Antiguo Testamento –en versión de los Setenta– y todo el Nuevo Testamento, excepto algunos capítulos de Hebreos, las Epístolas a Timoteo, Tito y Filemón, y el Apocalipsis. Se encuentra en la Biblioteca Vaticana. Su origen puedo estar en el encargo de Constantino a Eusebio de Cesarea (331 d.C.) de componer 50 copias de la Biblia. Según los estudiosos, B puede ser una de ellas. Lo mismo piensan otros autores sobre el Sinaítico.
  • b) Sinaítico (S 01). Escrito en el siglo IV ó V a partir de un manuscrito egipcio. Contiene el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento: incluye además la Carta de Bernabé y el Pastor de Hermas. Fue encontrado por Konstantin Von Tischendorf (1844) en el monasterio de Santa Catalina del monte Sinaí. Desde que se encontró, su historia ha sido un tanto rocambolesca. Dividido en varios trozos ha sido reconstruido (http://www.codexsinaiticus.org/en/).
  • c) Alejandrino (A 02). Escrito en el siglo V en Egipto, contiene el Antiguo y el Nuevo Testamento –excepto Mt 1-26– prácticamente completos. Se conserva en la British Library. Incluye también las dos cartas de Clemente de Roma.
  • d) Ephremi Rescriptus (C 04). De origen egipcio, fue escrito en el siglo V. En la edad media se rescató de un palimpsesto (pergamino en el que se ha borrado un escrito para escribir otro; con reactivos químicos se puede recuperar el texto primero). Contiene más de dos terceras partes del Nuevo Testamento y casi la mitad del Antiguo Testamento. Se encuentra en la Biblioteca Nacional de París.
  • e) Beza o Cantabridgensis (D 05). Del siglo V. Teodoro Beza lo regaló a Cambridge, donde se conserva en la University Library. Bilingüe griego y latino, contiene Jn, Mt, Lc, Mc, Hch y fragmentos de las cartas católicas. Es el representante más significativo del llamado texto occidental.

c. Otros testimonios

Además de estos textos en griego, y de los manuscritos minúsculos más tardíos, se conservan más de 40.000 documentos, con versiones parciales o completas del Nuevo Testamento. Fueron hechas con fines litúrgicos, catequéticos, teológicos, etc., a medida que el Evangelio se difundía entre nuevos pueblos. Se cuentan entre las más importantes las traducciones al latín, siríaco, copto, armenio, etíope, eslavo, gótico, árabe, etc. También ayudan en la comprensión del texto las numerosísimas citas de la escritura en los Padres de la Iglesia y los escritores eclesiásticos antiguos. Todo ello se tiene presente en las ediciones críticas modernas.

d. Recensiones y ediciones críticas modernas

Por el modo con que se repiten las variantes, los textos se suelen clasificar en lo que las llamadas recensiones. Las más importantes son:

  1. Texto alejandrino. Un conjunto de manuscritos en general muy antiguos y muy fiables ―los códices mayúsculos Vaticano (B), Sinaítico (S), y algunos papiros como el P45 P66 P75― provienen de Egipto. En general evitan las armonizaciones y las paráfrasis o explicaciones del texto. Suele ser considerado fiable y es la base de las ediciones críticas modernas. Bastante semejante es el texto cesariaense, aunque es un poco más elegante en las formas. Está muy cerca de los textos usados por Orígenes o Eusebio de Cesarea.
  2. Texto occidental. Extendido por Italia, Galia y el Norte de África. Es muy antiguo, como el alejandrino, aunque de tendencia contraria: tiende a armonizar y a la paráfrasis; también, en ocasiones, evita lo que puede desconcertar, y añade algunos sucesos maravillosos. Representado por el códice D, el texto se reconoce también en la Vetus latina. Para muchos críticos el texto es importante porque no ha sido objeto de una “revisión” recensional como los otros.
  3. Texto bizantino o koiné. Es un texto tardío, del siglo VII, aunque su origen es anterior. Presenta un texto bastante uniforme, con muy pocas variantes, y a veces con notables diferencias con los códices más antiguos. Este texto se ha usado en la Iglesia oriental, y en la liturgia bizantina, desde el medievo hasta hoy. Tiende a la elegancia, a la armonización en los textos paralelos, y a la claridad, llegando incluso a la fusión de los textos. Es el texto que pasó a ser el texto recibido en las ediciones impresas de humanistas como Erasmo o R. Estienne.

Ediciones críticas modernas asequibles –con una explicación de los principios que gobiernan el texto y el aparato crítico– para el lector castellano son:

  • M. Bover y J. O’Callaghan, Nuevo Testamento Trilingüe, Madrid: BAC, 1999. Incluye el texto de la Neovulgata latina y una traducción castellana.
  • Nestlé, E., Aland, K., Novum Testamentum Graece et Latine, Stuttgart: Sociedades Bíblicas, 1993. Además del texto griego con las variantes en el aparato crítico, incluye la Neovulgata con las variantes respecto de la Vulgata.

5. La Vulgata

Ya desde el siglo III –antes, incluso, para el AT– hubo traducciones de los textos bíblicos a diversos idiomas: arameo, siríaco, etc. La más importante, sin duda, al latín: la Vetus latina. No se tradujo de golpe, sino de manera no homogénea, de modo que había muchas variaciones en las traducciones: San Jerónimo, San Agustín, y otros, se quejan de estas faltas. El Papa Dámaso I encargó a San Jerónimo una versión latina fiable de la Sagrada Escritura. El trabajo lo realizó entre el 383 y el 406. San Jerónimo revisó el Nuevo Testamento de la Vetus latina, corrigiéndola cuando se apartaba excesivamente del griego; los libros protocanónicos del Antiguo Testamento los tradujo ex novo desde el texto hebreo masorético; en cambio, los libros deuterocanónicos son los de la Vetus, excepto Tobías y Judit que provienen de una apresurada traducción de San Jerónimo desde el arameo.

La traducción tuvo tanto éxito que se extendió enseguida por toda Europa. El uso fue tan constante que muchas estructuras gramaticales de las lenguas romances –las derivadas del latín– proceden del latín de la Vulgata. El nombre le viene precisamente de ahí, del uso común de esta versión. En el siglo XX, tras el descubrimiento de muchos manuscritos bíblicos desconocidos quince siglos atrás, se ha hecho una revisión de la Vulgata para usos litúrgicos: promulgada en 1985 es la Neovulgata.

Pero en la Iglesia católica la Vulgata no sólo es importante por su difusión sino también porque en cierta manera formó parte de la definición de Trento a propósito de los libros canónicos. En efecto, el decreto concluía así: “Y si alguno no recibiese como sagrados y canónicos los mismos libros [los que ha enumerado antes] íntegros con todas sus partes, tal como se han acostumbrado leer en la Iglesia Católica y se contienen en la antigua edición de la Vulgata latina, y despreciase conscientemente las tradiciones antes mencionadas, sea anatema” (EB 60). “La Iglesia, para saber claramente entre todas las ediciones latinas en circulación, cuál es la auténtica edición de los libros sagrados, establece y declara que la antigua edición de la Vulgata, aprobada en la misma Iglesia por todo un largo uso secular, debe tenerse como auténtica en la lectura pública, en las disputas, en la predicación y en las explicaciones. Nadie, por ninguna razón, puede tener la audacia o la presunción de rechazarla” (EB 61).

Con la expresión “íntegros y con todas sus partes”, el Concilio aludía a un conjunto de pasajes que no figuraban en algunos manuscritos, como los versículos finales de Marcos, o el pasaje de la mujer adúltera de Juan. A fortiori, se refiere también otros libros, por ejemplo Daniel o Ester, que en su forma hebrea, acogida por la reforma protestante, eran más breves. Pero en términos de texto, el Concilio toma partido por el texto que está debajo de la Vulgata y que es un texto con múltiples variantes. De hecho, la misma Vulgata vivía en variantes –San Jerónimo, por ejemplo, había realizado dos traducciones de los Salmos– y por eso el concilio estableció que se hiciera una “edición crítica” de la Vulgata. El principio que justifica la autenticidad de la Vulgata, como se ve claramente en los textos del Concilio, es la Tradición viva, el uso en la Iglesia.

6. La crítica textual

La Iglesia católica se sirvió del principio de la autenticidad de la Vulgata y la usó como lugar de estudio y de fundamento de la doctrina. Sin embargo, en 1943 Pío XII hizo notar que esta autenticidad era “de derecho”, es decir, implicaba que no contenía errores doctrinales. Pero la autenticidad de hecho pertenecía a los textos inspirados y utilizados en la Iglesia. Por eso, animó a servirse de los textos originales griegos y hebreos y a practicar la crítica textual, para conocer mejor el texto original.

La crítica textual nace, como se ha dicho, de que tenemos textos con variantes entre ellos. Las variaciones pueden ser:

  • a) Variaciones involuntarias o accidentales de los copistas. Se trata de erratas materiales de copia, por error visual o auditivo. Por ejemplo, la diptografía, que es la repetición de una letra, una palabra o un grupo de palabras o la haplografía, que consiste en que el copista salta de una palabra a otra igual o parecida, pero omitiendo el texto que estaba entre las dos. Otras veces es la confusión de una letra por otra, por ejemplo una vocal larga por una corta en el dictado, o la trasposición de dos letras en una palabra, que pueden, en los dos casos, dar lugar a palabras distintas.
  • b) Variaciones voluntarias de copistas cultos. Se producen al corregir el ejemplar por pensar que contiene error. Son de tipo lingüístico, cuando el copista, por ejemplo, sustituye una palabra que le parece arcaica por otra más comprensible; o cuando añade una palabra, a modo de glosa que evite la ambigüedad; o cuando descubre en los manuscritos variantes y copia las dos para no tener que elegir entre ellas. Otras veces son de tipo doctrinal, cuando, por ejemplo, se corrige el texto para adaptarlo a la capacidad del lector, y no desconcertarle con algo que le puede parecer un error teológico o moral; o cuando se armoniza el texto con los lugares paralelos.

La autenticidad textual ya está presente en textos de San Ireneo, Orígenes, etc. Con el tiempo, se han establecido unos principios básicos de crítica textual, que suelen tenerse en como criterios Estos principios son externos e internos.

  • Los principios externos se deducen de las pruebas documentales y del valor que se asigna a cada una de ellas:
    • a) Es preferible la lección apoyada por mejores, más ancianos, y más variados textos y códices. No basta, sin embargo, un apoyo meramente cuantitativo.
    • b) Ha de tenerse en cuenta el influjo de los textos paralelos. En el NT también hay que considerar la influencia de la versión de los LXX en las citas del Antiguo Testamento. En general se suele preferir la lección menos coincidente, porque podría haber existido armonización.
    • c) Entre varias lecturas diferentes debe atenderse a su mutua relación, porque efectuada una corrección en el texto, el copista puede haber olvidado efectuar las demás variaciones exigidas (concordancias de sujeto y verbo, etc.).

Por ejemplo, en el caso del Antiguo Testamento, lo normal será partir del texto masorético, que se ha conservado entero, y con la crítica que puede derivarse de lo que se ha conservado en Qumram y en las versiones griegas y arameas, intentar acceder a la forma o las formas textuales del siglo I. En el caso del Nuevo Testamento, la crítica suele preferir los manuscritos de la familia alejandrina

  • Principios internos, derivados de la experiencia, son:
    • a) La lectura más difícil se considera la más segura, porque el copista tiende a aclarar y simplificar las ideas. Sin embargo, no hay que confundir la dificultad con el descuido o el absurdo.
    • b) La lección más breve es preferible, dada la tendencia a incluir en el texto notas marginales que alargan las frases.
    • c) Parece más auténtica la lección, la variante, que mejor explica la aparición de las demás, cuando éstas aparecen fácilmente como corrección, aclaración o errata obvia de la primera.
    • d) Es preferible, en general, la lección que difiere de los paralelos, pues es más fácil que el copista haya tendido a la armonización que lo contrario
    • e) Sólo en casos extremos es admisible la conjetura, es decir, la corrección del texto no apoyada en prueba documental alguna. Una buena conjetura debe ser clara en sí misma y apta para esclarecer la verdadera lectura del texto.

Se suele afirmar que los principios de crítica textual son tan peligrosos como necesarios y que su aplicación tiene más de arte que de ciencia. Pero parece claro que es mejor tenerlos que prescindir de ellos.

Otra cuestión derivada de la crítica textual es la que se refiere al resultado. Los críticos saben que el resultado de un trabajo de crítica textual de un texto bíblico normalmente no puede ofrecer el texto original sino un texto que probablemente nunca ha existido, sino que es “ecléctico”, es decir, es el texto, que según las reglas de la crítica textual, se parece más al texto que han copiado los manuscritos que tenemos.

Por eso, sin prescindir de ese trabajo, y teniendo presente la historia del texto, los especialistas señalan que lo que más importante es tener presente que en el caso de la Biblia, el texto “vive en variantes” (C. Jódar). Esto tiene sus consecuencias. A propósito del texto del Antiguo Testamento afirmaba hace pocos años un conocido especialista: “Puesto que ahora el texto masorético ya no se ve necesariamente como la mejor forma del texto de cada libro, y puesto que no parece que el canon estuviera fijado en el primer siglo cristiano (…), se podría preguntar por qué los cristianos han de usar un texto establecido por los escribas judíos en los siglos VIII-IX d.C., (…) cuando incluso los judíos en la época del nacimiento del cristianismo no consideraban esos textos como superiores y cuando además tenemos manuscritos y traducciones alternativos que presentan lecturas superiores” (E. Ulrich). Otro, sugería una solución: “Me basta con proponer, con San Agustín, como forma del Antiguo Testamento cristiano una Biblia en dos columnas: una contendría la Septuaginta de los dos primeros siglos de nuestra era, la otra el texto hebreo tal como lo han canonizado los escribas de Israel” (D. Barthelemy O. P.). Los dos establecen, como se ve, el principio de la pluralidad de textos y el principio de la tradición como lugar de comprensión.

Bibliografía básica

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