10. La interpretación y la interpretación de la Biblia (Repaso)

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LA INTERPRETACIÓN DE LA BIBLIA

La interpretación en general –la hermenéutica– es un asunto de gran importancia hoy en día, hasta el punto de que entre los nihilistas hay quien llega a afirmar: no hay hechos sino interpretaciones. Desde el primer momento en que algo ocurre –un hecho bruto– éste toma forma de interpretación en quien(es) lo percibe(n), y toma otra forma –una forma que está determinada por los condicionantes previos o por las expectativas de futuro del receptor– en quienes comprenden el hecho y la interpretación que de él había hecho otro.

Todo ello es cierto, pero no es toda la verdad. Los hombres tenemos la capacidad y los medios suficientes de proponer un sentido y comprender lo nuclear del sentido recibido. Este es un tema más propio de la Teoría del conocimiento; desviaría excesivamente nuestra atención si nos detuviéramos a explicarlo aquí. De todas formas, es necesario tenerlo presente a la hora de elaborar la hermenéutica de los textos sagrados.

1. La hermenéutica del texto: tres actitudes

Genéricamente los textos bíblicos se han interpretado con tres actitudes distintas a lo largo de la historia.

  1. Interpretación en la Tradición. Es la manera habitual de interpretar el texto bíblico desde la antigüedad y en la teología medieval. La interpretación en la Tradición se hizo modelo de comprensión de los textos bíblicos en la Iglesia católica después del Concilio de Trento. Un texto, según el principio de la Tradición, viene ya interpretado desde su inicio: la tradición transmite ese sentido. Esto no supone desatender el estudio del texto para profundizar en su sentido, ni tampoco supone dejar de ser crítico con la tradición que lo transmite. Supone, por el contrario, confianza en la Tradición. En cambio, tiene el peligro de diluir el significado del texto en la Tradición, y en convertir a los textos bíblicos en una suerte de dicta probantia, meras pruebas de que lo que se afirma –por ejemplo, en el magisterio o en la teología– tiene una evidencia en el texto bíblico.
  2. Interpretación positiva e historicista. Frente al principio de la Tradición católica, los hombres de la Reforma protestante propusieron la hermenéutica de la Sola Scriptura. Los textos se interpretan desde sí mismos, y con la sospecha de que la Tradición, especialmente la tradición de la Iglesia romana ha traicionado su sentido. Más adelante, en el siglo XIX, los protestantes liberales –influidos, obviamente, por los planteamientos de la Ilustración– propusieron una interpretación de los textos bíblicos, “liberada” del dogma, meramente secular. Los textos tenían el sentido –religioso, porque los textos bíblicos son religiosos– que su autor les quiso dar en el momento en que los compuso. Ir más allá de ese sentido es traicionar la condición histórica del hombre y, por tanto, también el significado del mismo texto. Las dificultades que tiene esta interpretación están a la vista en la descripción que hemos hecho. Sin embargo, salvados los prejuicios inmanentistas del planteamiento, una interpretación originaria del texto permite concederle la entidad que tiene como norma de la Tradición, sin diluirse en ella. Este modelo interpretativo ha sido común en la exégesis del siglo XX.
  3. Finalmente, desde mediados del siglo XX, la filosofía hermenéutica ha puesto entre paréntesis la pretendida objetividad de la interpretación positivista de los textos del pasado. Interpretamos los textos desde nuestra pre-comprensión de los textos y de la vida. Es decir, interpretamos desde nuestros pre-juicios. La Ilustración, por ejemplo, interpretaba desde el prejuicio de no tener prejuicios; y se llenaba de ellos. Por eso, los autores que han seguido esta corriente han abogado por corregir los presupuestos de interpretación del positivismo: así, junto al examen positivo de carácter positivo, han realzado el valor de la tradición y la autoridad (la auctoritas, no la potestas), porque estas instancias también son críticas consigo mismas (Gadamer) o el valor sustantivo que tiene el mismo texto y que le permite distanciarse por su textualidad respecto de la interpretación (Ricoeur).

2. Orientaciones de la hermenéutica católica

Con estas actitudes presentes, en las que se descubre que todas tienen sus valores, la interpretación de la Biblia en la Iglesia tiene su charta magna en DV 12:

Habiendo, pues, hablado Dios en la Sagrada Escritura por medio de hombres y a la manera humana, el intérprete de la Sagrada Escritura, para comprender lo que El quiso comunicarnos, debe investigar con atención qué pretendieron expresar realmente los hagiógrafos y plugo a Dios manifestar por sus palabras.

Para descubrir la intención de los hagiógrafos, entre otras cosas hay que atender a “los géneros literarios”, porque la verdad se propone y se expresa de una manera o de otra en los textos de diverso modo históricos, proféticos, poéticos o en otras formas de hablar. Conviene, además, que el intérprete investigue el sentido que intentó expresar y expresó el hagiógrafo en cada circunstancia, según la condición de su tiempo y de su cultura, por medio de los géneros literarios usados en su época. Pues para entender rectamente lo que el autor sagrado quiso afirmar en sus escritos, hay que atender cuidadosamente tanto a las acostumbradas formas nativas de pensar, de hablar o de narrar vigentes en los tiempos del hagiógrafo, como a las que en aquella época solían usarse en el trato mutuo de los hombres.

Y como hay que leer e interpretar la Sagrada Escritura con el mismo Espíritu con que se escribió para descubrir el correctamente el sentido de los textos sagrados, hay que atender con no menor diligencia al contenido y a la unidad de toda la Sagrada Escritura, teniendo en cuenta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe. Toca a los exegetas esforzarse según estas reglas por entender y exponer más a fondo el sentido de la Sagrada Escritura, para que, como con un estudio previo, vaya madurando el juicio de la Iglesia. Porque todo lo que se refiere a la interpretación de la Sagrada Escritura está sometido en última instancia a la Iglesia,  que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la palabra de Dios

El párrafo primero (DV 12a) expresa los principios generales de la interpretación de la Biblia, los otros dos párrafos los desglosan. El párrafo segundo (DV 12b) se dedica a los medios para investigar la “intención de los hagiógrafos”. El párrafo tercero (DV 12c) a los medios para proponer el “sentido” de los textos sagrados. Como todas estas afirmaciones tienen adjuntas una serie de nociones que están expresadas en DV y que se han tratado de proponer en estos apuntes, toca ahora desarrollarlas.

LA INTERPRETACIÓN Y LA INTERPRETACIÓN DE LA BIBLIA

1. Los libros de la Sagrada Escritura

Los libros de la Biblia presentan unas características especiales. Son inspirados, tienen a Dios por autor. Esto significa en primer lugar que constituyen una “colección” de escritos que, como confiesa la fe cristiana, no son meras palabras de hombres sino la Palabra de Dios. Son libros sagrados que “escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor y como tales han sido entregados a la Iglesia” (DV 11); esto quiere decir que Dios es autor de “toda” la Escritura.

Además de ser autor de toda la Escritura, Dios es también autor de cada uno de los libros sagrados. Los libros han sido redactados por hombres determinados que han vivido en sus respectivas épocas, lejanas a la nuestra, y cuyos nombres no siempre conocemos. La fe nos enseña que sus autores, los hagiógrafos, escribieron “obrando Dios en ellos y por ellos”, de tal forma que “como verdaderos autores pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería” (DV 11), hasta el punto de que “todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo” (DV 11).

Finalmente, el contenido de la Biblia, tal como la Iglesia la ha recibido del pueblo judío y de los Apóstoles, es humano y divino al mismo tiempo, comparable de algún modo al misterio de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. “Porque las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres” (DV 13).

Para comprender la figura de Jesucristo hay que partir de sus aspectos humanos que, una vez captados, nos invitan a reconocerle en la verdadera identidad de su Persona: Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre. De una forma parecida, para comprender en profundidad la Sagrada Escritura, hay que ir más allá de sus concreciones humanas de orden histórico, literario, etc., y captar, a través de esos aspectos semejantes a los de los demás libros, el verdadero sentido de lo que Dios quiere manifestarnos en la Biblia. De ahí que, para interpretar la Sagrada Escritura, haya que tener en cuenta una serie de principios conformes con la naturaleza propia de los libros que la componen. Estos principios serán aplicados de forma coherente con la condición de estos escritos, si están informados y orientados por la fe en el carácter humano y divino de esos libros, de forma similar a como la consideración de cualquier aspecto humano de nuestro Señor Jesucristo –por ejemplo, su forma de hablar, su comportamiento social, etc.–, sólo adquiere la debida relevancia a la luz de la fe en su condición de Hijo de Dios hecho hombre.

Esto no quiere decir que una persona sin fe no pueda captar aspectos verdaderos de la figura del Señor, o que no pueda aportar luz sobre cuestiones de orden literario, gramatical o histórico concernientes a los libros sagrados. Lo que se afirma es que sin una visión de fe no es posible integrar esos aspectos concretos en la verdad plena de Cristo Salvador, ni alcanzar la profundidad del mensaje que encierran, con sólo la utilización de recursos humanos: conocimiento de las lenguas bíblicas, origen y estructura de los escritos, etc. Por ello, aunque los principios para la verdadera interpretación de la Biblia sean de diversa índole, todos ellos se integran y son impulsados por la fe en el carácter divinamente inspirado de los libros. Esta fe da unidad a la variedad de principios que han de tenerse en cuenta en la interpretación de la Sagrada Escritura. El estudio sistemático de esos principios constituye el contenido de la ciencia denominada Heurística Bíblica, una parte de la Hermenéutica.

2. Dos clases de principios para interpretar la Biblia

En el primer párrafo de DV 12 se apuntaba: “Habiendo hablado Dios en ella por hombres y a la manera humana, para que el intérprete de la Sagrada Escritura comprenda lo que El quiso comunicarnos, debe investigar con atención qué pretendieron expresar realmente los hagiógrafos y Dios quiso manifestar mediante sus palabras” (DV 12a).

El objetivo, por tanto, de la interpretación bíblica no se alcanza con determinar solamente lo que los autores humanos tuvieron intención de transcribir y cómo lo transcribieron, sino que se logra al comprender lo que ahí se nos manifiesta de parte de Dios. Ambos aspectos son inseparables, pero no se identifican completamente. Con todo texto escrito sucede de hecho que se produce un cierto desglose entre lo que el autor quiere decir en él, y lo que el texto una vez escrito dice realmente al lector. Un escrito no expresa siempre todo lo que su autor pretende, debido a la limitación del lenguaje humano, y ciertamente escapa al autor la comprensión que el lector pueda tener de lo que él quiso decir. Por otra parte, un texto escrito, leído a larga distancia de su composición y tras repetidas interpretaciones, puede decir más que lo que el autor pretendió. Lo decía un conocido renovador de la Teoría literaria moderna: “Podemos decir que ni Shakespeare ni sus contemporáneos conocían al “gran Shakespeare” como nosotros lo conocemos. Comprimir a nuestro Shakespeare en la edad isabelina es absolutamente imposible” (M. Bajtin). O con un ejemplo más cercano: es posible que al leer El Quijote podamos descubrir ciertas dimensiones del carácter español que quizá Cervantes no quiso proponer de forma explícita. Pero siempre será una interpretación ajena al texto si se prescinde de lo que su autor quiso comunicar, si se distorsiona su verdadera intención. Como señalaba San Jerónimo, “es oficio del comentador no decir lo que a él se le antoje, sino exponer el sentir de aquel a quien interpreta” (Epist. ad Pammachium, 48,17). Aplicando esas consideraciones a la Sagrada Escritura, y teniendo al mismo tiempo en cuenta su carácter de libro divinamente inspirado, es lógico que los principios para su interpretación se sitúen a un doble nivel:

  1. La investigación literaria e histórica sobre lo que los hagiógrafos quisieron expresar, y
  2. La captación de lo que Dios quiere comunicar mediante las palabras de la Escritura tal como la Iglesia la lee en cada momento de su historia, profundizando en sus sentidos. Y esto, desde la recepción de un libro, hasta su reunión con otros en una colección y hasta el significado que ha tenido en la tradición viva de la Iglesia.

En el primer nivel se sitúan los llamados principios generales de interpretación; en el segundo los principios específicos de la hermenéutica bíblica. Pero estos niveles no son separables: lo que Dios ha querido comunicar en la Escritura no puede ser ajeno a la intención del hagiógrafo, sino que nos llega a través de ella y de su expresión en el escrito.

3. Principios generales de interpretación

Suelen llamarse también “reglas racionales de interpretación”, y son las comunes para todo estudio literario, histórico y crítico de cualquier texto. Implican todas las cuestiones filológicas y lingüísticas, con su cortejo de disciplinas colindantes: lexicografía, semántica, semiología, etc.; así como el instrumental para situar el texto en su marco histórico: historia, arqueología, circunstancias personales del autor y de su situación cultural, destinatarios inmediatos, fecha de composición del escrito, crítica histórico-literaria de sus fuentes, género literario en que puede encuadrarse, etc. Desde este punto de vista, el estudio crítico de la Biblia utiliza, en cada época de la historia, los mismos recursos culturales que para cualquier monumento literario. Un mínimo de sintonía entre el lector y el mundo del autor es imprescindible para entender lo que se lee. Por tanto, todas las disciplinas científicas que concurren en la interpretación de un texto cualquiera, pueden e incluso deben ser aplicadas a la interpretación de la Biblia, siempre que haya presunción de su utilidad. A ello hay que sumar otros elementos más subjetivos, como la sensibilidad del lector, desigual según su capacidad especulativa, artística, psicológica, espiritual, moral, etc. Las varias cualidades de los diversos intérpretes se complementan, y la historia de la exégesis bíblica se ha ido enriqueciendo con un verdadero tesoro de comentarios a los textos sagrados, que facilitan una variada y profunda comprensión de los libros de la Sagrada Escritura.

La investigación escriturística contemporánea ha alcanzado un desarrollo considerable en cuanto a las técnicas de carácter racional, en especial por lo que atañe a los auxilios suministrados por la filología, lingüística y algunos métodos de crítica literaria.

  1. En este ámbito hay que mencionar, en primer lugar, el mejor conocimiento de los géneros literarios de la Biblia, que es necesario tener muy en cuenta para descubrir la intención de los autores sagrados al escribir, pues “la verdad se presenta de modo diverso en obras de diversa índole histórica, en libros proféticos o poéticos o en otros géneros literarios” (DV 12b).
  2. Junto al género literario de una obra es necesario también determinar con la mayor precisión posible “el modo de pensar, de expresarse y de narrar que se usaba en tiempos del escritor y las expresiones que entonces se empleaban más en la conversación ordinaria” (DV 12b). Así, la investigación se ha esforzado en aclarar cómo se han formado pasajes concretos dentro de los diversos libros, según formas de expresión utilizadas en diversos lugares y tiempos. El método denominado Historia de las Formas”*, aun descuidando a veces la unidad global de un libro, ha aportado luz para comprender el contexto vital concreto en que surgieron y se desarrollaron pequeñas unidades literarias, como cantos, bendiciones, oráculos, exhortaciones, himnos litúrgicos, etc.
  3. Por otra parte, se estudia también la Historia de la Redacción* de los diversos libros, intentando aclarar el proceso por el que se llegó a su formación definitiva, es decir, qué fuentes literarias ya existentes utilizó el autor, cómo las integró o reinterpretó al servicio del propósito que tenía al escribir su libro, cuál es su aportación original, etc.

*Estos dos últimos métodos, aunque con ciertos prejuicios y errores históricos, filosóficos y teológicos en sus principios, han ido siendo depurados por los exegetas católicos, hasta ser empleados con utilidad para ahondar en el proceso de formación literaria de algunos libros o conjuntos de libros de la SE (especialmente el Pentateuco, los Salmos y los Evangelios Sinópticos), y en las peculiaridades del mensaje revelado en ellos (1 cf. por ejemplo la Instrucción Sancta Mater Ecclesia de la Pontificia Comisión Bíblica, publicada en 1964, sobre la formación de los Santos Evangelios. Las ideas se recogen después en DV 19 y CCE 126.).

Sin embargo, el enorme esfuerzo de la investigación contemporánea, en los dominios de la crítica racional, no se ha visto coronado en general por un fruto paralelo desde el punto de vista de la profundización teológica (cf. Verbum Domini, n. 35). La causa de ello radica seguramente en no haber tenido en cuenta la fe, de modo suficiente, al interpretar los textos sagrados. Por esto se hace ahora especialmente necesario fijar de nuevo la atención en los criterios específicos de interpretación para la Biblia. (ver siguiente lección 11)

Bibliografía básica

2 comentarios en “10. La interpretación y la interpretación de la Biblia (Repaso)”

  1. ¿Por qué a cada concepto no incluye ejemplos, por favor?
    Terminé con teoría general de la hermenéutica, con inquietudes relacionadas entre un Dios trinitario o un “Jesús solo”, que no tengo claro. Además si fuere palabra de Dios, los originales que no existen ¿Cómo sus recopilaciones, versiones, traducciones pueden seguir siendo ello?

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