11. Principios específicos de la hermenéutica bíblica (Repaso)

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Estos “principios específicos” se fundamentan directamente en la fe en que es un libro inspirado por Dios y, como tal, entregado a la Iglesia. Sin embargo, no hay que perder de vista que se aplican a la Biblia precisamente en cuanto que ésta constituye un texto escrito, y, como tal, susceptible de diversas interpretaciones. Esta cuestión se hace más delicada si cabe por tratarse de libros como la Sagrada Escritura, compuestos en un pasado lejano, y con un contenido de capital trascendencia por versar sobre Dios, el hombre y el mundo. Precisamente para evitar interpretaciones arbitrarias, ajenas a lo que el autor quiso decir, es necesario el recurso a los principios específicos de la hermenéutica bíblica.

En los tiempos modernos, el historicismo ha planteado la dificultad de discernir lo que pertenece a la verdad contenida en un escrito, de lo que no son más que representaciones de la cultura de la época en que fue compuesto, ya superadas por una visión más científica de las cosas. Este discernimiento va por tanto más allá de la averiguación de lo que quisieron decir los autores humanos de los libros bíblicos, y entra en el ámbito de lo que efectivamente Dios quiere manifestar por medio de esas palabras escritas. Por otra parte, a la hora de determinar cuál es la verdad profunda de un texto surge la cuestión de si el intérprete puede captar realmente esa verdad contenida en el escrito, o más bien proyecta inevitablemente sobre él su forma de pensar y de entender el mundo. En realidad, ambas cosas se dan al mismo tiempo. Toda interpretación de un texto está marcada por la condición del intérprete, que se enfrenta al texto desde su propia situación, con una actitud previa y un bagaje de experiencias de los que no puede prescindir y que van a incidir en el sentido que encuentra en el escrito (lo que en hermenéutica se ha llamado la “precomprensión”). Pero también es verdad que si está realmente abierto a escuchar lo que un texto le dice, éste puede enriquecer o modificar la visión previa que tenía el intérprete. Se establece así entre los dos una especie de circularidad: la comprensión total que el intérprete tiene previamente se proyecta sobre el texto concreto, y lo particular que éste aporta, revierte a su vez en la comprensión total del intérprete.

1. Principios católicos de interpretación de la Escritura

Aplicados estos datos a la Sagrada Escritura, para interpretarla correctamente se ha de acceder desde una comprensión previa que esté en consonancia con la naturaleza de esos libros y la realidad que en ellos se contiene, y, al mismo tiempo, con una actitud de aceptación y obediencia por ser la Palabra de Dios.

a. Principios especificados en Dei Verbum

El Concilio Vaticano II enseña a este respecto que: “Como la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se escribió, para sacar correctamente el sentido de los textos sagrados hay que atender no menos diligentemente (que a los principios generales) al contenido y unidad de toda la Sagrada Escritura, teniendo en cuenta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe” (DV 12c).

En este párrafo quedan señalados tres principios específicos para la interpretación de la Biblia: 1) la unidad de toda la Escritura, 2) la Tradición viva de la Iglesia y 3) la analogía de la fe. Utilizando estos principios, el intérprete se sitúa en la perspectiva adecuada para captar el verdadero sentido de los libros sagrados. De esta forma, entre hagiógrafo e intérprete se da una sintonía, no tanto en el ámbito cultural o en el mundo de las representaciones, cuanto a nivel espiritual, en el sentido de que ambos están abiertos a la acción del mismo Espíritu de Dios, que inspira a los hagiógrafos y asiste a la Iglesia para llegar a la comprensión de la verdad plena (cf. Jn 16,13). De ahí que estos principios específicos sólo sean comprensibles y aplicables desde la fe en el carácter sagrado de la Biblia y en que la Iglesia es la auténtica depositaria de tales libros.

b. Descripción en Pontificia Comisión Bíblica (PCB) 1993

Al señalar las Dimensiones características de la interpretación católica de la Sagrada Escritura el documento de la PCB 1993, señala estos puntos:

  1. La exégesis católica no procura distinguirse por un método científico particular. Ella reconoce que uno de los aspectos de los textos bíblicos es ser obra de autores humanos, que se han servido de sus propias capacidades de expresión y de medios que su tiempo y su medio social ponían a disposición… Lo que la caracteriza es que se sitúa conscientemente en la tradición viva de la Iglesia, cuya primera preocupación es la fidelidad a la revelación testimoniada por la Biblia”.
  2. Por ello propone un recorrido que consta de los varios pasos:
    1. Interpretación en la Tradición bíblica. Incluye la interpretación de un libro en la tradición bíblica que le precede y le sigue (porque aceptar un libro en una colección también supone en cierta manera orientar la interpretación de los anteriores), y singularmente la interpretación del AT en el NT y viceversa.
    2. Interpretación de la Biblia en la Tradición de la Iglesia. Incluye la interpretación de un libro en la totalidad del canon y la interpretación de los textos bíblicos en la Tradición viva de la Iglesia: Liturgia, Padres de la Iglesia, Magisterio.
    3. Actitud correcta de la exégesis. Los exegetas católicos deben tomar verdaderamente en serio el carácter histórico de los textos bíblicos y tienen que explicar también el alcance cristológico, canónico y eclesial de los escritos bíblicos.

Estos presupuestos, tomados desde las orientaciones de DV 12c, podrían desglosarse en los apartados que proponemos a continuación.

2. La unidad de toda la Sagrada Escritura

Este principio se fundamenta en que Dios es el Autor, junto con los hagiógrafos, de todos los libros de la Biblia, por lo que todos ellos tienen una profunda unidad, que puede no descubrirse a primera vista dada la variedad de autores humanos y la diferencia de tiempo en que se escribieron.

  • a) De esa unidad se desprende la interna coherencia de las verdades religiosas contenidas en la Revelación escrita, coherencia que suele designarse con el nombre deanalogía de la fe bíblica”.
    • Esta regla ofrece un aspecto positivo: merced a la unidad y continuidad de la Revelación, unos textos proyectan luz sobre otros y ayudan al lector a una más honda inteligencia.
    • Ofrece, a su vez, un enunciado negativo: ningún texto de la Sagrada Escritura puede verdaderamente contradecir a otro; cualquier apariencia de contradicción sería sólo efecto de la limitación del lector.
    • Puede la Sagrada Escritura mostrar diversos acentos, subrayar aspectos diversos de un mismo objeto (sea éste un relato o un pasaje doctrinal), como consecuencia del desarrollo progresivo de la Revelación y de la distinta personalidad de sus respectivos autores humanos; se puede dar progreso, como por ejemplo, de ciertas imperfecciones morales de las leyes del Pentateuco hasta la perfección suma de la moral evangélica, predicada y vivida por Cristo: pero progreso y crecimiento no significan contradicción. Desde la unidad de toda la Sagrada Escritura se comprende el desarrollo progresivo y homogéneo de la Revelación. Dios no ha mostrado de una sola vez al hombre toda la verdad: usando de una divina pedagogía, ha ido desvelando nuevos contenidos, revelándose progresivamente a Sí mismo en acontecimientos de la historia bíblica y en palabras que explican el acontecimiento, hasta llegar a su Revelación suprema, Jesucristo, el Verbo Encarnado. Existen, pues, textos más antiguos que pueden ser mejor entendidos a la luz de textos posteriores.
  • b) Del principio básico de que Dios es el autor de toda la Biblia se desprende también un nuevo aspecto: la interna armonía de los dos Testamentos”.
    • Es un principio que está íntimamente unido con los anteriores y fundamenta, a su vez, la “interpretación cristiana del Antiguo Testamento” y los sentidos “pleno” y “típico” de la Sagrada Escritura. Con arreglo a tal armonía, las nociones, acontecimientos, cosas y personas del Antiguo Testamento tienen una cierta correlación o “cumplimiento” en el Nuevo Testamento, de modo que, según fórmula feliz de San Agustín, Novum Testamentum in Vetere latet et Vetus in Novo patet: “El Nuevo Testamento está latente en el Antiguo y el Antiguo se hace patente en el Nuevo” (Quoest. in Hept., 2,73). Este modo de entender el Antiguo Testamento fue ya iniciado por Jesucristo y los Apóstoles, a quienes “abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras” (cf. Lc 24,44-45); y fue cultivado por la exégesis tipológica de los Santos Padres. Así, “los libros del Antiguo Testamento, recibidos íntegramente en la proclamación evangélica, adquieren y manifiestan su plena significación en el Nuevo Testamento (cf. Mt 5,17; Lc 24,27; Rom 16,25-26; 2 Cor 3,14-16), ilustrándolo y explicándolo al mismo tiempo” (DV 16).

3. La Tradición viva de toda la Iglesia

La Sagrada Escritura es el testimonio divinamente inspirado de que Dios se revela para salvar al pueblo de Israel, y después a toda la humanidad, por medio de su Hijo hecho hombre, nuestro Señor Jesucristo. La salvación, realizada de una vez para siempre por la muerte y resurrección de Jesucristo, continúa actualizándose mediante la Iglesia. En efecto, “Jesucristo envió a los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, no sólo a predicar el Evangelio a toda criatura (…), sino también a realizar la obra de salvación que proclamaban, mediante el Sacrificio y los Sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica” (SC 6). Todo ello constituye la Tradición viva, “cuyos tesoros van pasando a la práctica y a la vida de la Iglesia que cree y ora” (DV 8), y por la que la misma Sagrada Escritura se hace incesantemente operativa.

La Iglesia recibe de Jesucristo y de los Apóstoles los libros del Antiguo Testamento, como cumplidos en Cristo, y recibe al mismo tiempo también el Evangelio, que, “prometido por los profetas, cumplió el mismo Cristo y promulgó con su boca” (DV 7). Y este Evangelio fue comunicado fielmente, por mandato de Cristo, por los Apóstoles, quienes “con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó; además los mismos Apóstoles y otros varones de su generación pusieron por escrito el mensaje de la Salvación inspirados por el Espíritu Santo”. Así, pues, junto a los libros escritos, y aun antes de que se escribiesen, existía y siguió existiendo la Tradición, que incluye la fe, la predicación y la vida de la Iglesia. Esta tradición no es estática o inerte, sino que “derivada de los Apóstoles va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian ponderándolas en su corazón (cf. Lc 2,19.51), cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando los proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad. La Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios” (DV 8).

En el Nuevo Testamento queda consignada por escrito, bajo la inspiración divina, la Traditio apostólica tal como se entregó y era vivida en los tiempos apostólicos. Pero por ser algo vivo va desplegando toda su riqueza a lo largo de la historia, con la fuerza del Espíritu Santo. Así, en aquel momento originario en que se escribieron los libros, no se hacían plenamente patentes todas las virtualidades que implicaba la Traditio. Por ello, para comprender el Nuevo Testamento, hay que contemplar el desarrollo y la vida de la Iglesia en toda su riqueza. Es necesario tener en cuenta, además, que para el desarrollo de la Iglesia y “para que el Evangelio se conservara siempre vivo e íntegro en la Iglesia, los Apóstoles nombraron como sucesores a los obispos, confiándoles su propio oficio de magisterio” (DV 7). El Magisterio de la Iglesia tiene, por tanto, una función propia y específica en la conservación y transmisión de la Tradición viva, que incluye el reconocimiento, la interpretación y la proclamación de la Sagrada Escritura, pues, en efecto, “los obispos han sucedido, por institución divina, a los Apóstoles como pastores de la Iglesia, de modo que quien los escucha, escucha a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió (cf. Lc 10,16)” (LG 20).

Los criterios o reglas que el intérprete ha de tener en cuenta al aplicar este principio de la Tradición viva de la Iglesia, son los siguientes:

  1. Atender a la interpretación que hicieron los Santos Padres, pues “su enseñanza atestigua la presencia viva de esta Tradición, cuyos tesoros van pasando a la práctica y a la vida de la Iglesia que cree y ora” (DV 8).
    • Al considerar la interpretación de la Sagrada Escritura hecha por los Santos Padres, hay que distinguir, como enseñaba el papa León XIII, entre su interpretación unánime acerca de un texto bíblico “como perteneciente a la doctrina de la fe y de las costumbres”, y la interpretación como doctores privados sin que coincidan entre ellos. En el primer caso su interpretación es de suma autoridad, en el segundo corresponde al intérprete hacer una elección inteligente, respetando siempre otras interpretaciones patrísticas.
  2. Armonía con la enseñanza del Magisterio de la Iglesia. “Todo lo que se refiere a la interpretación de la Sagrada Escritura —enseña el Concilio Vaticano II—, está sometido en última instancia a la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la Palabra de Dios (DV 12).
    • Y dentro de la Iglesia “el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida, ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo” (DV 10). Si bien el Magisterio sólo en contadas ocasiones se ha pronunciado solemnemente por la interpretación concreta de un texto, el uso habitual que hace de la Sagrada Escritura y su enseñanza ordinaria marcan el camino de la interpretación correcta.
  3. El uso que la Sagrada Liturgia hace de la Biblia.
    • Es especialmente en la Liturgia donde la Iglesia distribuye a sus hijos el alimento de la Palabra de Dios, al mismo tiempo que el del Cuerpo del Señor (DV 21). Es el momento en que la Palabra, al ser proclamada, se sitúa en su verdadero contexto. De ahí que el intérprete no deba pasar por alto la forma en que la Biblia es usada en la Liturgia.
  4. La vida y enseñanzas de los santos.
    • Los santos lo han sido por vivir según el Evangelio. Ellos han experimentado “la percepción íntima de las cosas espirituales” (DV 8), y la han manifestado en su forma de vida de manera práctica: con su palabra, sus escritos y su ejemplo interpretan la Escritura, acentuando unos aspectos u otros según el carisma que recibieron de Dios. El intérprete de la Biblia no puede dejar de fijarse en ellos para percibir la fuerza y la actualización de la Palabra de Dios.

4. La analogía de la fe

Es el tercer gran principio específico de la hermenéutica bíblica. Significa que las verdades de la fe tienen entre sí conexión, más o menos inmediata. Por ello, ante un texto concreto, el intérprete debe poner en confrontación, de alguna manera, todo o parte del discurso general de la fe. En cualquier caso, ha de mantener el principio de la analogía de la fe católica: es decir, como es lógico, ninguna interpretación particular de la Sagrada Escritura puede estar en oposición con la doctrina católica; si tal contradicción se produjese, sería indicio de error, y el intérprete deberá reandar el camino de su investigación.

5. Tradición y Magisterio en la interpretación de la Biblia

La fe cristiana se fundamenta en la Tradición apostólica, que incluye la predicación de los Apóstoles, su enseñanza, las instituciones con que dotaron a la Iglesia, y los escritos que ellos mismos, u otros de su generación, inspirados por el Espíritu Santo, nos dejaron: el Nuevo Testamento. Esta Tradición apostólica “va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo, es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón (cf. Lc 2,19.51), cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los Obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad” (DV 8). De esta forma, la Tradición y la Escritura “están estrechamente unidas y compenetradas; manan de la misma fuente, se unen en un mismo caudal y corren hacia el mismo fin” (DV 9). Por esa razón la interpretación de la Sagrada Escritura ha de realizarse en el seno de la Tradición eclesial.

Cada uno de los fieles al leer la Biblia de forma personal y al aplicarla a su vida ha de recordar que: “en los libros sagrados, el Padre que está en los cielos sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos” (DV 21), pero la comprensión de la Escritura, para ser acertada, ha de estar en consonancia con la interpretación auténtica que compete únicamente a la Iglesia. En efecto, la Iglesia recibe a través de nuestro Señor Jesucristo y los Apóstoles los libros del Antiguo Testamento y su verdadero sentido; en el seno de la Iglesia fueron inspirados por Dios los libros del Nuevo Testamento; y, con la asistencia del Espíritu Santo, la Iglesia pudo reconocer cuáles eran los libros sagrados y establecer el canon de las Escrituras. Es, por tanto, la Iglesia la depositaria de la Biblia, que se la ha entregado Dios para que la conserve, la medite y la entregue como alimento espiritual a los fieles.

Los tesoros que la Biblia encierra, como Palabra de Dios, son inagotables. Para transmitir y exponer la fe, Cristo ha dotado a su Iglesia de un ministerio cualificado que es el Magisterio: “El mismo (Cristo) puso a unos como apóstoles, a otros como profetas, a otros como evangelizadores, a otros como pastores y maestros” (Eph 4,11). De esta suerte, sólo el Magisterio tiene, asistido por el Espíritu Santo, la función de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, y por encargo divino la escucha con devoción, la custodia santamente y la expone con fidelidad.

Las formas con las que el Magisterio interpreta la Sagrada Escritura son varias:

  1. La primera y más importante la realiza al proponer solemnemente, con toda la autoridad que ha recibido de Cristo, la verdad de fe para ser creída, es decir, mediante los dogmas de la fe contenidos en el Credo. Este es como el resumen de la Sagrada Escritura y la clave para su correcta interpretación. Cualquier interpretación de la Biblia, por tanto, que esté en contradicción con el contenido del Credo, ha de tenerse por errónea. Por ejemplo, el Concilio de Calcedonia define a Jesucristo como perfecto Dios y perfecto hombre: esta definición se convierte en regla hermenéutica para interpretar los evangelios.
  2. La segunda forma de interpretar la Sagrada Escritura, la realiza el Magisterio cuando en su enseñanza ordinaria y universal acude a textos de la Biblia para mostrar la conformidad de lo que él enseña con la Palabra de Dios. Este es el procedimiento más habitual, reflejado en todos los documentos del Magisterio.
  3. Como forma extraordinaria, el Magisterio sale al paso de algunas interpretaciones erróneas de textos concretos, como ha sucedido especialmente frente a quienes negaban que algunas palabras del Señor o de los Apóstoles se refiriesen a determinados sacramentos. Pero en estos casos no cabe decir que el Magisterio coarte la libertad para interpretar la Biblia: lo único que hace es señalar que tal interpretación está en desacuerdo con el verdadero sentido del texto. Por ejemplo, el concilio de Trento condenó la interpretación calvinista que veía en la alusión al agua para el bautismo de Jn 3,5 una mera metáfora: lo que se indica es una interpretación errónea, al tiempo que muestra el camino para la recta interpretación de este texto. Pero es importante precisar que la Iglesia no define el sentido que le dio el hagiógrafo a las palabras, sino el sentido que tienen estas en el marco de la fe de la Iglesia. Otro ejemplo, también el Concilio de Trento dice que las palabras de nuestro Salvador (Jn 20,22ss) se han de entender referidas a la potestad de perdonar o retener los pecados en el sacramento de la Penitencia; la definición recae sobre el sentido de esas palabras en la Iglesia, no en si el evangelista pensó en un sacramento como tal.
  4. Finalmente, como forma extraordinaria también, en ciertas ocasiones el Magisterio ha ofrecido interpretaciones de carácter prudencial y disciplinar válidas para el momento en el que se propusieron, pero de carácter temporal. Es el caso de las respuestas de la Pontificia Comisión Bíblica y de otros documentos del Magisterio de comienzos del siglo XX.

El Magisterio de la Iglesia, por otra parte, ha impulsado con fuerza, sobre todo en los últimos siglos, los estudios bíblicos, dando en cada momento las orientaciones oportunas para realizarlos.

6. Métodos de interpretación

La interpretación de los textos para poder ser compartida tiene que ser metódica, sujetarse a un camino que sea posible recorrer por muchos. Como se ha apuntado más arriba, con PCB 1993, IV, “la exégesis católica no procura distinguirse por un método científico particular… Utiliza, sin segundas intenciones, todos los métodos y acercamientos científicos que permiten captar mejor el sentido de los textos en su contexto lingüístico, literario, sociocultural, religioso e histórico”.

Pero, al mismo tiempo, el carácter instrumental de cada método le permite vislumbrar unas cosas sólo a condición de esconder otras. Así por ejemplo, parece evidente que un microscopio sirve para ver las formas elementales de vida y un telescopio para ver las estructuras lejanas del cosmos. Evidentemente el objeto determina el método: no sirve para nada utilizar el microscopio para conocer las formas generales del cosmos. Pero, además, como advirtieron los medievales al distinguir entre el objeto formal quod y el objeto formal quo, también el método determina el conocimiento que se adquiere con él. Así tanto el microscopio como el telescopio exigen dejar de lado aspectos de la realidad cercana para obtener resultados relevantes. En estas condiciones, la tarea de la exégesis de acuerdo con el objeto que examina:

  1. “La naturaleza misma de los textos bíblicos exige que, para interpretarlos, se continúe empleando el método histórico-crítico, al menos en sus operaciones principales. La Biblia, en efecto, no se presenta como una revelación directa de verdades atemporales, sino como el testimonio escrito de una serie de intervenciones por las cuales Dios se revela en la historia humana. A diferencia de doctrinas sagradas de otras religiones, el mensaje bíblico está sólidamente enraizado en la historia. Los escritos bíblicos no pueden, por tanto, ser correctamente comprendidos sin un examen de sus condicionamientos históricos” (PCB 1993, Conclusiones)

El método histórico crítico, como se ha expuesto más arriba, es más bien una amalgama de metodologías –crítica textual, literaria, de las formas de comunicación del momento en que se compusieron los libros, de la manera de expresarse en contextos determinados, etc.– que intenta poner en claro el sentido de los textos en el momento en que se compuso cada uno de ellos. En cuanto examina también acontecimientos históricos, el método tiene que intentar también poner en claro el hecho histórico que se propone en un relato.

  1. Pero por la misma naturaleza instrumental que tiene todo método, el método histórico sabe de sus límites (J. Ratzinger). Por eso, necesita ser complementado. Así, por ejemplo, el método histórico crítico es esencialmente diacrónico: trabaja sobre el presupuesto de que los libros bíblicos se han compuesto desde fragmentos anteriores, y, desde su origen, descuida el significado de los textos en su totalidad, en lo que tienen de significativos en su origen y también para el presente. Por eso tiene que ser complementado con otros métodos de análisis literario (sincrónicos) –como el narrativo, el retórico, etc.– más capacitados para analizar los textos como un todo.
  2. Pero estos métodos de análisis literario, sean diacrónicos o sincrónicos, no son capaces de alcanzar el significado de los libros en la comunidad que los recibe: Israel y la Iglesia. Para esta labor, más que servirse de métodos de análisis, el exegeta se tiene que servir de acercamientos: es decir de propuestas metodológicas que no parten del texto mismo sino de perspectivas que poner de manifiesto una dimensión del texto. Los más importantes, en lo que se refiere a los textos bíblicos los acercamientos basados en la tradición. Los más significativos son:
    • Acercamiento canónico. Se han dado dos acercamientos, la exégesis canónica y la lectura canónica.
      • La exégesis canónica propuesta por J. A Sanders examina cómo un libro, al ser incluido en el canon, modifica ligeramente su significado, adaptándose al significado que ofrecen los libros ya canonizados antes, al tiempo que el significado del libro modifica el sentido de la tradición en la que se canoniza. Por ejemplo, cuando el evangelio de Lucas se une a la colección de los cuatro evangelios, se separa del libro de los Hechos y se lee como evangelio; al mismo tiempo supone una comprensión más polifónica de cada uno de los evangelios.
      • La lectura canónica de B. S. Childs propone la comprensión de cada uno de los libros en el contexto del canon como literatura autoritativa. Por ejemplo, los cuatro evangelios en el orden canónico, con Lucas separado de Hechos, implica una lectura donde el final del Evangelio de San Juan –cuando Jesús entrega a su madre como madre de los discípulos– conecta con el comienzo del libro de los Hechos, donde los discípulos aparecen reunidos en torno a la madre de Jesús. De la misma manera, los apóstoles que aparecen en el libro de Hechos son los autores del resto del NT. El libro aparece así como un puente entre los evangelios y el resto del NT, entre la proclamación de Jesús y la proclamación del Evangelio.
    • Acercamiento según la historia de los efectos del texto. La teoría de la recepción ha puesto de manifiesto los mecanismos por los que un texto se va llenando de significados a lo largo de su historia, después de ser publicado. Normalmente, estos significados nacen de potencialidades del texto y de necesidades de la sociedad en un momento determinado. Analizan así las preguntas a las que responde el texto originalmente y las preguntas a las que ha dado respuesta en la historia. Estamos ante una dialéctica entre el texto autoritativo y las necesidades de la historia. Las interpretaciones patrísticas y las interpretaciones magisteriales se pueden analizar desde esta perspectiva.

PCB 1993 expone otros métodos y acercamientos, recalcando siempre que la “exégesis bíblica cumple, en la Iglesia y en el mundo una tarea indispensable. Querer prescindir de ella para comprender la Biblia supondría una ilusión y manifestaría una falta de respeto por la Escritura inspirada”.

Bibliografía básica

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