12. Los sentidos bíblicos (Repaso)

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La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios que nos llega por escrito, y, como todo documento escrito, puede ser susceptible de diversas interpretaciones. Ahora bien, no todas las interpretaciones penetran con la misma profundidad en la riqueza del texto bíblico, ni todas ellas son igualmente correctas. Cualquier texto escrito se ha de interpretar según su propia naturaleza, que viene marcada por una serie de factores como son el carácter de dicho escrito, la condición del autor y las formas que emplea para expresar su pensamiento, el contexto en que tal escrito surge y el ambiente en que se va a leer, etc.

En el caso de la Biblia, estamos evidentemente ante un libro de carácter religioso, cuyo autor último, como enseña la fe común a judíos y cristianos, es el mismo Dios que ha inspirado a los hombres que lo escribieron. De ahí que la verdadera interpretación de la Sagrada Escritura deba estar orientada de forma ineludible por el hecho de que se trata de los libros inspirados por Dios, en los que, a través del lenguaje humano, Dios habla al hombre.

Este dato, la divina inspiración de la Escritura, tiene consecuencias decisivas en orden a la interpretación. En primer lugar hay que señalar que la riqueza de significado de esa Palabra, que procede de Dios, es inagotable por parte del lector humano. Por ello puede decirse que la Biblia tiene pluralidad de sentidos, o como lo expresaban los rabinos del tiempo de nuestro Señor, que la Biblia tiene setenta caras. En segundo lugar, hay que partir de que si Dios en la Sagrada Escritura habla a través de hombres, de los hagiógrafos que la escribieron, la primera regla para interpretarla será tener en cuenta lo que los hagiógrafos quisieron decir en sus respectivos escritos, para no distorsionar sus afirmaciones. El sentido que los autores humanos, bajo distintas formas, quisieron reflejar al escribir, es el sentido literal o histórico. Comencemos por éste.

1. El sentido literal

“Es el sentido significado por las palabras de la Escritura y descubierto por la exégesis que sigue las reglas de la justa interpretación. Omnes sensus (sc. sacrae Scripturae) fundentur super litteralem” (S. Tomás de Aquino., s.th. 1,1,10, ad 1). Todos los sentidos de la Sagrada Escritura se fundan sobre el sentido literal” (CCE 116). Sólo del sentido literal, seguía santo Tomás, se podían sacar los argumentos en teología.

A esta definición, el documento PCB 1993, le añade unas precisiones muy significativas sobre cómo debe orientarse la investigación del sentido literal:

  1. “La tarea principal del exégeta es (…) definir el sentido literal de los textos bíblicos con la mayor exactitud posible (cf. Divino Afflante Spíritu, EB 550). Con este fin, el estudio de los géneros literarios antiguos es particularmente necesario (ibid. 560)”.
  2. Pero respecto de la manera de proceder en concreto, señala que sería una imprudencia limitar el sentido literal a lo que el intérprete mismo juzga que significó un texto en su origen:Conviene en particular estar atento al aspecto dinámico de muchos textos. El sentido de los salmos reales, por ejemplo, no debería estar limitado estrechamente a las circunstancias históricas de su producción. Hablando del rey, el salmista evoca a la vez una institución concreta, y una visión ideal de la realeza, conforme al designio de Dios, de modo que su texto sobrepasa la institución monárquica tal como se había manifestado en la historia. La exégesis histórico-crítica ha tenido, con demasiada frecuencia, la tendencia a limitar el sentido de los textos, relacionándolos exclusivamente con circunstancias históricas precisas. Ella debería, más bien, procurar precisar la dirección de pensamiento expresada por el texto; dirección que, en lugar de invitar al exégeta a detener el sentido, le sugiere, al contrario, percibir las extensiones más o menos previsibles”.

Con estos presupuestos se puede ya describir qué entendemos como sentido literal. El sentido comúnmente llamado literal es el sentido que se desprende del texto según el tenor de sus frases. Citemos un pasaje; por ejemplo, el que narra el paso de los israelitas por el Mar Rojo (cf. Ex 14,15 s.). ¿Cuál es el primer sentido de este texto? Los israelitas, al huir de los egipcios se enfrentan con el obstáculo del Mar; entonces Dios hace el milagro de secar un brazo de mar para que ellos puedan vadearlo, y cuando lo han cruzado vuelven las aguas otra vez a su situación normal, de modo que el ejército egipcio no puede continuar la persecución y de esta manera Dios salva. El sentido literal es el que, de por sí, tienen las palabras.

  • Este sentido a su vez se divide en propio e impropio, pero esto es común a todos los libros de literatura.
  • El literal propio se da cuando las palabras se emplean en su significación propia o precisa.
  • E impropio es cuando se emplean según alguna fórmula literaria; cuando nosotros decimos, por ejemplo, que los “prados ríen”, no empleamos las palabras en sentido literal propio, sino impropio; estamos empleando una metáfora. Y, lo mismo sucede, por ejemplo, cuando se dice: “beber el cáliz”; aquí se ha tomado el continente por el contenido. Estas son figuras retóricas del lenguaje comunes a todos los idiomas y no ofrecen ninguna dificultad de interpretación.

Hay que tener en cuenta que la Sagrada Escritura, como toda obra literaria, está sometida a los estilos literarios correspondientes a la época en que se escribió. Por ejemplo, los orientales emplean mucho la hipérbole, y por lo tanto, cuando San Juan dice que si fueran a relatarse todas las cosas que hizo Jesús no cabrían en el mundo los libros que habrían de escribirse (cf. Jn 21,25), está empleando una hipérbole literaria que no debe tomarse al pie de la letra.

En resumen, en la Sagrada Escritura aparecen los diversos estilos que son corrientes en el lenguaje escrito, y que son propios de la lengua hebrea y griega: narraciones literarias, poesía, parábolas, hipérboles, etc.

2. Más allá del sentido literal de un texto

Conociendo lo que los autores humanos querían decir, al leer la Biblia se ha de buscar también lo que Dios quería dar a conocer con tales palabras. Para ello hay que tener muy en cuenta “el contenido y unidad de toda la Escritura, la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe” (DV 12).

Por tener un autor divino y también un autor humano, la Sagrada Escritura presenta peculiaridades respecto de los demás libros; en este caso particular nos enfrentamos con la posibilidad de que un autor humano, aunque guiado por Dios, no haya visto con toda claridad ciertas cosas que años más tarde, después de otros acontecimientos de la Revelación, aparecerán más claras.

En general los autores del Antiguo Testamento tienen una visión incompleta de la Revelación, y esto se nota comparándolos con los del Nuevo Testamento. Por ejemplo, el concepto de Mesías que tuvieron los israelitas en el siglo VI antes de Cristo era muy imperfecto respecto de la idea de los evangelistas. Pero el problema es que cuando el escritor sagrado habla del Mesías, en unas frases que él entiende de manera no perfecta, Dios ha querido expresar algo que nosotros podemos ver una vez ocurridos los acontecimientos salvíficos que los antiguos anunciaban.

Por este motivo la Iglesia interpreta pasajes del Antiguo Testamento con un sentido mesiánico; pero difícilmente podríamos pensar que el autor sagrado se dio cuenta de todo aquello que él había escrito. Y a la hora de interpretar el texto, podemos plantearnos la pregunta: ¿cómo es posible ver más de lo que dijo el autor humano del libro? Las palabras escritas por el hagiógrafo en un determinado momento, estaban abiertas a llenarse posteriormente de un sentido más profundo, pero que, de alguna forma, estaba ya contenido en ellas. Este sentido se percibe a la luz del contenido de la unidad de toda la Sagrada Escritura, como el sentido pleno de una frase pronunciada en el primer acto de una obra teatral se comprende al ver el desenlace. Algunos autores llaman a este sentido, sentido pleno.

a. El sentido pleno

Según la interpretación que da la Iglesia a determinados pasajes del Antiguo Testamento, la existencia de este sentido pleno parece una doctrina fundada en la propia Sagrada Escritura y coherente con la doctrina católica. Como Dios es el autor principal de las Sagradas Escrituras, Él puede insinuar una verdad en un momento determinado de la Revelación, y acabar de revelarla más tarde, aclarando así el sentido precedente. Pero este sentido no puede ser propuesto por el solo ingenio de cualquiera, sino que tiene que constar en la Revelación.

Un ejemplo. En el capítulo III del Génesis, en el relato del pecado original, dice Dios a la serpiente: “Pondré enemistades entre ti y la mujer. Y entre tu linaje y el suyo. Éste (el linaje de la mujer) te hará una herida en la cabeza (una herida mortal), mientras que tú le harás una herida en el pie (herida leve) al linaje de la mujer”. El autor sagrado pudo no entender estas palabras misteriosas en toda su profundidad; Dios aludía, al inspirar al autor sagrado, al desarrollo posterior de la historia de la salvación. La interpretación, hecha por la Iglesia, ve que esas palabras contienen ya la Profecía Mesiánica; ese linaje de la mujer, es de modo eminente Cristo y de modo subordinado la Virgen María. No es necesario que el autor sagrado comprendiera de modo pleno todo el alcance de las palabras que escribía bajo la inspiración divina.

¿Cómo llega la Iglesia a la interpretación de un pasaje mesiánico? En el momento de escribirse el texto, solamente Dios podía tener ese conocimiento de él; la Iglesia descubre el sentido pleno de la Escritura a la luz de los acontecimientos posteriores de la Revelación, y apoyada en datos que constan en otros pasajes de la Biblia o de la Sagrada Tradición.

Esto ocurre con muchísimas profecías mesiánicas; por este motivo es probable que los Profetas no acertaran a ver todo el alcance de lo que ellos mismos decían; y sin embargo, nosotros lo vemos con claridad a la luz de la Revelación posterior; los autores del Nuevo Testamento, con el carisma de la inspiración, han interpretado los textos del Antiguo y nos han facilitado así su comprensión.

Algunos autores incluyen este sentido pleno en el sentido literal, aunque lo cierto es que las palabras encuentran ese sentido pleno no en el texto originario sino en la plenitud de la revelación, normalmente en el Nuevo Testamento. Por eso, a la luz de la los principios de la Encarnación y de la inspiración de la Sagrada Escritura esbozados más arriba de modo que los autores humanos son “verdaderos autores” de la Escritura, para muchos autores, este sentido pleno cae más bajo el paraguas del sentido espiritual. En uno o en otro caso, lo cierto es que la verdad de la revelación que se manifiesta en el Nuevo Testamento y en la Tradición de la Iglesia, se enriquece de significación con lo señalado por el texto del Antiguo Testamento. Por eso es un verdadero sentido bíblico.

b. El sentido espiritual

El Catecismo de la Iglesia Católica apunta a que la interpretación de la Biblia en la Tradición viva de la Iglesia ha encontrado una armonía de la Sagrada Escritura mediante la conjunción del sentido literal con el espiritual: “Según una antigua tradición, se pueden distinguir dos sentidos de la Escritura: el sentido literal y el sentido espiritual; este último se subdivide en sentido alegórico, moral y anagógico. La concordancia profunda de los cuatro sentidos asegura toda su riqueza a la lectura viva de la Escritura en la Iglesia” (CCE 115)

Del sentido literal se ha tratado más arriba. El sentido espiritual se funda en que “gracias a la unidad del designio de Dios, no solamente el texto de la Escritura, sino también las realidades y los acontecimientos de que habla pueden ser signos”. El más importante de los sentidos espirituales, por el uso que ya el NT hace de ellos es el sentido alegórico, llamado también sentido típico, mediante el cual “podemos adquirir una comprensión más profunda de los acontecimientos reconociendo su significación en Cristo; así, el paso del Mar Rojo es un signo de la victoria de Cristo y por ello del Bautismo (cf. 1 Cor 10,2)” (CCE 117).

b.1. El sentido típico o alegórico

Más allá también del sentido del texto escrito, se puede percibir del mismo modo que las realidades descritas en él, es decir, las cosas, las personas o los acontecimientos narrados, además de la significación propia, tienen una significación figurada o “típica”. La palabra “tipo” significa figura, imagen, que representa una cosa. Así, el cordero pascual del Antiguo Testamento es tipo, es figura de una realidad que iba a venir después; el cordero es figura de Cristo; y Cristo es el antitipo, es la realidad prefigurada en el tipo. Estos símbolos no los podemos crear nosotros, sino que tienen que haber sido dados por la misma Revelación. En este caso, Juan el Bautista que es Profeta y que habla bajo la inspiración de Dios, afirma que el verdadero Cordero de Dios no era el que sacrificaban, sino Cristo.

  • El sentido “típico” puede explicar una serie de profecías que narran los sufrimientos del Siervo del Señor; algunas de estas profecías afirman, por ejemplo, que es como un cordero que llevan al matadero (cf. Is 53,7), etc. Cristo acepta esa imagen, que significa que El es el Salvador, que muere víctima por los pecados de la humanidad, salvándola mediante su sacrificio.
  • El paso del Mar Rojo en sentido típico significa la manifestación por antonomasia del deseo divino de salvación del hombre. Gracias a este suceso maravilloso el pueblo israelita consiguió la libertad, y de manera semejante el cristiano se salva a través del paso por las aguas del Bautismo. De este modo, las aguas del Mar Rojo adquieren un valor típico: representan las aguas del Bautismo cristiano que producen la salvación del hombre.
  • Otro pasaje característico es el que relata el rito del cordero pascual (cf. Ex 12,1-28; Dt 16,1-8). En el Éxodo, antes de salir de Egipto, Dios manda que todas las familias israelitas sacrifiquen un cordero, que lo coman de un modo determinado y que con su sangre rocíen las jambas y el dintel de las puertas de su vivienda. Así, cuando pase el Ángel Exterminador a castigar a los habitantes de Egipto, al ver la sangre del cordero sobre las puertas, pasará de largo y se salvarán los israelitas. Pues bien, al comienzo del Evangelio de San Juan, hay una escena en la que Juan el Bautista ve acercarse a Jesús y dice: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Lo mismo que el cordero pascual era sacrificado para salvar a los israelitas, Jesús muere para salvar a todo el pueblo (cf. Is 53,7). Así hemos visto que en el cordero pascual se superpone un sentido típico al sentido literal de la palabra.
  • En resumen, el sentido típico representa la prefiguración que los acontecimientos, personas o cosas del Antiguo Testamento tienen respecto del Nuevo. Las aguas del Mar Rojo son “tipo” de las aguas del Bautismo cristiano; el cordero pascual del Antiguo Testamento es “tipo” de la realidad fundamental de salvación, que es Cristo, verdadero Cordero Pascual (cf. 1 Co 5,7).
b.2. Otros sentidos espirituales

Junto con el sentido alegórico o típico, la tradición se ha servido de otros dos: “El sentido moral. Los acontecimientos narrados en la Escritura pueden conducirnos a un obrar justo. Fueron escritos “para nuestra instrucción” (1 Cor 10,11; cf. Hb 3-4,11). El sentido anagógico. Podemos ver realidades y acontecimientos en su significación eterna, que nos conduce (en griego: “anagoge”) hacia nuestra Patria. Así, la Iglesia en la tierra es signo de la Jerusalén celeste (cf. Ap 21,1-22,5)” (CCE 117)

3. El Espíritu Santo y la lectura de la Biblia

Los sentidos mencionados –literal, pleno y espiritual– se encuentran en la misma Sagrada Escritura y nos muestran la perspectiva con que se ha de interpretar. El Concilio Vaticano II enseña que la “Escritura ha de leerse con el mismo Espíritu con que fue escrita” (DV 12c). Se refiere en último término al Espíritu Santo, ya que Él inspiró el Antiguo y el Nuevo Testamento, llevó a los Apóstoles a comprender la verdad acerca de Cristo, y anima y guía a la Iglesia a vivir y transmitir esa verdad.

Cristo y los Apóstoles, sobre todo por lo que se refiere a la interpretación del Antiguo Testamento, nos enseñan el camino para llegar al sentido profundo de la Biblia. Un episodio de la vida de Jesús, relatado por San Lucas en su Evangelio puede mostrarnos cómo Jesucristo enseñaba el sentido del Antiguo Testamento, y cuáles son las bases de la doctrina cristiana sobre la interpretación de la Biblia. El pasaje dice así: “Vino (Jesús) a Nazaret… y entró en la sinagoga el día de sábado… Le entregaron el volumen del profeta Isaías, y… encontró el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido; para evangelizar a los pobres… Enrollando el volumen…, comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4,16 ss.).

La idea fundamental es que el Antiguo Testamento se ha cumplido en Jesús. Los tiempos se han cumplido (Jn 19,30). En los diversos acontecimientos de la vida de Jesús se cumplen las profecías y las figuras del AT (cf. Mt 1,22; 2,15; 4,14; etc.). Todo ello quiere decir que el sentido profundo no sólo de las profecías mesiánicas, sino de la Ley y de la historia sagrada, no se puede alcanzar sin Jesucristo.

San Pablo distinguió la letra y el espíritu de la Escritura (cf. 2 Cor 3,45; Rm 2,29). La letra significa para él el sentido del AT, tal como lo entendían los judíos antes de la Revelación plena de Jesucristo. Por el espíritu en cambio, designaba la Escritura entendida a la luz de la fe en Jesucristo. Ese espíritu por tanto, no es perceptible sino dentro del ámbito de la fe cristiana. Una vez más “se han cumplido” las Escrituras y el Espíritu Santo abrió las inteligencias de los apóstoles para que “entendieran las Escrituras”.

Jesús y sus Apóstoles fijaron, pues, definitivamente los principios básicos de la exégesis cristiana: Cristo es la clave de la Escritura, de su sentido, tanto del Antiguo Testamento que anuncia al Mesías, como del Nuevo que nos lo muestra en su realidad. Este principio se sitúa por encima de cualquier análisis racional de los textos, orientando tal análisis, juzgando de la idoneidad de su aplicación, y librando al lector de la Biblia de toda miopía exegética que se base en la pura letra. Por consiguiente, la interpretación de la Biblia, para ser verdaderamente cristiana, deberá conseguir que la razón y sus medios auxiliares humanos, filosofía, historia, filología, etc., queden informados y vitalizados por el Espíritu, o lo que viene a ser lo mismo, por la fe cristiana.

Bibliografía básica

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