13. La Biblia en la vida de la Iglesia (fin del Repaso 1)

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“Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”: difícilmente se podrá expresar con mayor fuerza y con menos palabras la importancia de la Biblia en la vida de la Iglesia. La explicación de estas palabras de San Jerónimo, en su prólogo al libro de Isaías, señala la importancia que se ha dado a las Escrituras en la vida de la Iglesia. De una manera muy semejante lo expresaba Hugo de San Víctor, uno de los grandes teólogos medievales, que también es citado en CCE 134: “Toda la Escritura divina es un libro y este libro es Cristo, porque toda la Escritura divina habla de Cristo y […] se cumple en Cristo”.

1. Aspectos generales

El primer documento del magisterio que ha tratado de modo sistemático sobre la Biblia en la vida de la Iglesia es la Constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II. En su capítulo VI establece el primer estudio orgánico sobre la relación vital que une la Escritura al pueblo de Dios y puede ser calificado como auténtica charta magna del encuentro de cada cristiano con la divina revelación, contenida esencialmente en la Palabra escrita.

Los fieles, al acercarse a la Biblia con actitud humilde, descubren en ella no solamente el conjunto de verdades en las que se debe creer, sino también el proceso histórico en el que se desarrolló la comunicación entre Dios y los hombres, fruto de la iniciativa divina de manifestarse al género humano. Al mismo tiempo descubren en la Palabra inspirada una fuente continua de meditación, de oración y especialmente de encuentro personal con Dios.

2. Lectura científica

Como hay que interpretar correctamente el contenido de la Escritura, se debe fomentar una dinámica y armónica conjunción, un continuo intercambio entre el uso práctico de la Biblia en la Iglesia y su profundización científica en el campo de la exégesis y de la hermenéutica.

a. Exégesis e Iglesia

La lectura de la Escritura, en efecto, se hace hoy con la profunda conciencia de ser Iglesia, de formar parte de la comunidad de creyentes. En ella cada uno, en su propia situación y en diversos grados, recibe el mismo espíritu y participa de la misma fe. La Iglesia, en el ejercicio del munus docendi, nutre la unión entre pastores y fieles, entre sacerdotes y seglares, entre exegetas y lectores de la Biblia, ayudando a aclarar los pasajes difíciles, a resolver las dudas, a escuchar en definitiva con humildad la Palabra de Dios sin perderse en estériles disputas humanas, sabiendo que “no está sobre la Palabra de Dios, sino que la sirve” (DV 10). En el único cuerpo de Cristo confluyen las funciones del Pastor, del mistagogo, del filólogo, del historiador y del hermeneuta para profundizar en el conocimiento de la Palabra y acrecentar la vida divina en la Iglesia.

La fe de la Iglesia acoge, custodia, interpreta y transmite la Palabra divina. A su vez, la Palabra suscita la fe y convoca a la Iglesia. De esta doble relación surgen los criterios de interpretación y de comprensión de la Sagrada Escritura que se apoyan, por una parte, en el carácter divino y humano del libro sagrado, y por otra, en su inserción vital en la totalidad de la fe de la Iglesia. La vida en el Espíritu dentro del Cuerpo místico de Cristo permite no pocas veces confrontar la propia interpretación del texto sagrado con aquella que surge, enriquecida, del sensus fidei. Se debe además tener en cuenta la profundización que proviene de las luces recibidas en el estudio atento de la Biblia.

b. Exégesis y teología

Por otra parte, la Teología se alimenta de la Palabra de Dios escrita junto con la sagrada Tradición, en la cual se consolida y rejuvenece, escrutando a la luz de la fe las verdades encerradas en el misterio de Cristo Las sagradas Escrituras, por ser inspiradas, contienen verdaderamente la Palabra de Dios y son Palabra de Dios. Por eso se entiende que la Iglesia haya indicado frecuentemente, a partir de León XIII, que el estudio de la Biblia debe ser como el alma de la teología. En fin, se puede afirmar que “es tanta la eficacia que radica en la Palabra de Dios que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida Espiritual” (DV 21).

Los principios que ayudan a comprender la Palabra de Dios y hacerla parte de la Propia vida, dentro de la legítima pluralidad metodológica que existe en la Iglesia, comportan los siguientes aspectos:

  1. En primer lugar, contemplar el misterio de la Encarnación como modelo analógico para la Palabra escrita. Se propone en primer término el uso del sentido literal-histórico, aquel que los diversos autores bíblicos han querido comunicar. Para ello se hace necesaria una correcta exégesis que evite interpretaciones arbitrarias y tenga presente, al mismo tiempo, el misterio de Cristo y de la Iglesia.
  2. En este aspecto, la búsqueda del sentido literal histórico, no se debe olvidar que Dios mismo ha querido intervenir en la historia humana con palabras y con hechos, que desde ese momento forman parte de la vida y de la historia de los hombres. Por tanto, forma parte de esta investigación descubrir, en la medida de lo posible la forma de los acontecimientos históricos evocados en el texto.
  3. Después, hay que poner el pasaje estudiado frente a otros textos de la Biblia de modo que cada parte sea leída en el todo, y en particular que el Primer Testamento sea leído a la luz del Segundo, donde encuentra su sentido pleno, y a su vez que el Nuevo Testamento sea leído a la luz del Antiguo en orden a reconocer la pedagogía divina que guía a la humanidad por el camino histórico de la Salvación.
  4. Leer el texto en el contexto eclesial y sacramental que permite compartir y vivir la fe de la Iglesia. Se puede decir que abriendo la Biblia encontramos al Padre que nos habla en Cristo mediante la fuerza del Espíritu. La actitud de fidelidad a la Palabra, al mismo tiempo, forma parte del misterio de la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Esposa del Espíritu, que se origina en el decreto salvador de Dios Padre;
  5. Además, hay que buscar en el texto la respuesta a los interrogantes de hoy; la Escritura es viva y eficaz (Hb 4,12) y por eso contemporánea a todos y a cada uno de los lectores, a los que llama, ilumina y conforta. Aunque generada en el pasado, la Palabra posee la fuerza del Espíritu que va dando respuesta a las inquietudes y problemas de nuestro tiempo.

3. Lectura eclesial

El documento de la PCB 1993 reconoce que toda interpretación de la Escritura, aun cuando sea tarea particular del exegeta, comporta una serie de aspectos que tienen una repercusión eclesial. La Biblia no es sólo un conjunto de documentos que ponen de relieve la historia de la Salvación; es al mismo tiempo Palabra de Dios que se dirige a la Iglesia misma y a toda la humanidad en el tiempo presente, como lo ha hecho en el pasado. Esta convicción implica la actualización de la Palabra, la inculturación del mensaje bíblico y el uso que de él se hace en la Lectio divina y en otras acciones litúrgicas, en el ministerio pastoral y en el diálogo ecuménico.

a. La actualización y las traducciones

La actualización es posible y legítima porque la riqueza permanente del texto bíblico comporta un valor que no se limita a una determinada época o cultura. Cada generación de la historia humana puede ilustrar su situación particular y sus coordenadas de comportamiento por medio de las Escrituras que, “inspiradas por Dios, escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del mismo Dios, y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los Profetas y de los Apóstoles” (DV 21).

Al mismo tiempo los libros están escritos dentro de un marco histórico condicionado por la cultura de otras épocas y corren el riesgo de convertirse en letra muerta; se hace necesario, por tanto, presentarlos en la corriente de la Tradición, en un lenguaje apto al tiempo presente. La actualización, que hace resonar la voz del Espíritu, tiene en cuenta tanto la relación Antiguo-Nuevo Testamento como el dinamismo de la Tradición en la comunidad de fe, en la cual la Sagrada Escritura ha nacido, se conserva y se transmite. Así se descubre en ella la luz perenne que se aplica a cada época de la humanidad. En el judaísmo, primero, y en la patrística después, aparecen no pocos ejemplos de métodos y esfuerzos por actualizar los textos bíblicos a la situación de los creyentes de su tiempo.

La inculturación encierra cierta semejanza con la actualización, en cuanto que asegura la implantación del mensaje bíblico en las situaciones más variadas. Esto es posible, por una parte, porque “toda cultura auténtica es portadora, a su manera, de los valores universales establecidos por Dios” (La interpretación de la Biblia en la Iglesia, IV, B). El fundamento teológico de la inculturación es la convicción de que la Palabra de Dios trasciende las culturas en las que ha sido enunciada y tiene la capacidad de extenderse a todas las personas, en el contexto cultural en que viven.

Un aspecto primordial del fenómeno de la inculturación es el de las traducciones, que permiten el acceso a la Biblia por parte de todos los cristianos. La traducción de un libro es, en cierto modo, su traspaso a otro contexto sociocultural. Esta realidad, sin embargo, sería insuficiente si no va acompañada de una interpretación que ponga el mensaje bíblico en una relación más estrecha y explícita con los modos de pensar, vivir y de expresarse propios de cada cultura local. De la interpretación se pasa a otras fases ulteriores de inculturación que comprenden las más variadas dimensiones de la existencia: trabajo, ciencia y arte, oración, principios filosóficos, vida social, etc. (PCB 1993 IV, B). La inculturación es, en fin, un proceso de enriquecimiento reciproco: las nuevas luces que se descubren en la Palabra de Dios iluminan, al mismo tiempo, las culturas en las que ella se integra, distinguiendo así valores útiles y nocivos.

b. La liturgia y la catequesis

La Biblia ha sido, desde los comienzos de la Iglesia, parte integrante del culto litúrgico: “la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo; además las ha considerado siempre, junto con la sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe” (DV 21). En la Eucaristía, vértice del servicio sacramental, se proclaman los textos bíblicos en medio de la comunidad de creyentes reunida en tomo a Cristo, que habla a su Iglesia cuando se lee la Sagrada Escritura y ora con Ella en la recitación de la Liturgia de las Horas.

Por ello, la proclamación de la Palabra ocupa un lugar especialísimo en todas las celebraciones litúrgicas; antes de partir el pan eucarístico, la Iglesia reparte el pan de la palabra. Y lo hace en forma de proclamación, manteniendo así el marco originario de bastantes textos de la Biblia, surgidos en la liturgia de Israel o de la Iglesia. En la liturgia, “Dios habla a su pueblo, Cristo sigue anunciando el evangelio, y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración” (SC 33). Para ello, Concilio dispuso que en el marco de la liturgia se ofrecieran a los fieles con mayor abundancia las riquezas de la palabra de Dios, disponiendo para ello un aumento y diversificación notables de las lecturas bíblicas en todas las celebraciones litúrgicas. Además, animó a que en el marco litúrgico, las lecturas de la palabra de Dios se hicieran en las lenguas vernáculas. Por eso también siguiendo el ejemplo del pueblo de Israel y de la misma Iglesia desde los orígenes, el Concilio animó a “que se hagan traducciones exactas y adaptadas en diversas lenguas” (DV 22), porque sólo así se puede lograr que la palabra de Dios esté disponible en todas las edades y que los fieles puedan tener fácil acceso a ella.

Como parte de la liturgia de la palabra está la homilía. La homilética ha representado, en la historia de la Iglesia, un punto de referencia importante en la edificación del Pueblo de Dios. Además, ya desde los primeros siglos del cristianismo la Biblia era el texto fundamental para la formación de los fieles. El De doctrina christiana de san Agustín es un buen ejemplo de instrucción teológica a partir de la Palabra inspirada.

4. Lectio divina o lectura orante de la Biblia

La Biblia no pertenece a la Iglesia solamente como testimonio escrito y soporte de su fe o como realidad que –junto al Cuerpo de Cristo– ilustra el misterio salvífico, que se transforma ulteriormente en experiencia de vida y en testimonio de servicio y de caridad. Ella es también objeto de meditación y de anuncio, de Interpretación, de reflexión Espiritual y de comunicación. Uno de los modos de llevarlo a cabo es la Lectio divina, donde se suscita un amor constante y efectivo por la Palabra de Dios -fuente de vida Espiritual y de fecundidad apostólica- y una mejor profundización y conocimiento del misterio revelado. El documento “La Interpretación de la Biblia en la Iglesia” habla de ella como de una lectura, individual o comunitaria, de un pasaje más o menos largo de la Escritura, acogido como Palabra de Dios, y que se desarrolla bajo la moción y el impulso del Espíritu Santo en meditación, oración y contemplación” (La interpretación de la Biblia en la Iglesia, IV, C).

La Lectio divina lleva a escuchar la Palabra de Dios en contacto directo con la Sagrada Escritura. Ella es al mismo tiempo el lugar fundamental en el que la exégesis científica se funde con el uso práctico de la Escritura en la Iglesia. El Concilio Vaticano II la describe como el ejercicio mediante el cual se aprende “el sublime conocimiento de Jesucristo, con la lectura frecuente de las divinas Escrituras” (DV 25). Es el momento en el que el contenido de una página bíblica llega a ser oración y transforma la vida. Es además un ejercicio metódico y ordenado, no casual, de escucha de la Palabra en el silencio del diálogo con Dios y que no excluye ninguna parte de la Biblia: toda ella lleva un mensaje salvífico.

En definitiva la Lectio es divina no sólo porque se ejercita sobre la Palabra de Dios escrita, con la que se mantiene una especial relación; es sobre todo divina porque pone en contacto el espíritu del lector, su mente y su corazón, con el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo. Ella nos coloca en una óptica trinitaria. Movidos por el Espíritu, buscamos a Cristo para contemplar al Padre.

a. Historia

Nacida en la antigüedad de los tiempos de la Biblia hebrea, la Lectio se consolidó en la primitiva comunidad cristiana y se difundió en la época medieval. En efecto, la preocupación de una lectura regular, más aún, cotidiana, de la Escritura, corresponde a una antigua práctica en la Iglesia. Ya Orígenes hacía la homilía a partir de un texto de la Escritura leído secuencialmente -lectura continua- durante la semana, en asambleas cotidianas de fieles consagradas a la lectura y a la explicación de la Escritura. La experiencia del maestro de Cesarea de Palestina se refleja en una carta a su discípulo, Gregorio Taumaturgo, donde dice: “Aplícate a la Lectio divina; busca con confianza y lealtad firmes en Dios el sentido de las divinas Escrituras que en ellas ampliamente se cela. Pero no te contentes con llamar y buscar; para comprender las cosas de Dios es necesaria la oración. El Salvador no sólo ha dicho: buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá, sino que ha añadido: pedid y se os dará (Mt 7,7; Lc 11,9)“ (SC 148, 192-194). Es aquí donde probablemente aparece por vez primera en el panorama de la Iglesia expresión Lectio divina. No es improbable que de allí pasara la expresión a la Iglesia latina a través de san Ambrosio, que aconseja nutrirse del Verbo celestial mediante la Lectio divina, de tal modo que se llegaría a olvidar el hambre corporal.

b. Descripción

En cuanto al proceso y al desarrollo de la Lectio divina en sí misma, se podría decir que se parte de la lectura atenta de un texto bíblico, seguida de un tiempo de reflexión sobre el alcance de ese pasaje para la vida cristiana (meditatio), tras el cual viene un tiempo de oración dirigida al Señor (oratio) y, finalmente, el momento de unión espiritual con Dios (contemplatio). A veces se completa el curso de la meditación con un propósito, un horizonte nuevo de vida que aparece: es la actio.

La Lectio implica en primer lugar búsqueda de Dios. Para Gregorio de Nisa el seguimiento continuo del texto- es el hilo conductor que permitirá estar constantemente buscando al Señor a través de la Escritura. Bien consciente de la imposibilidad de conocer y penetrar en la esencia divina por medio de la razón, sabe, sin embargo, armonizar, en el ámbito de su meditación personal, los esfuerzos conjuntos de razón y fe en su indagar paciente y perseverante para alcanzar la verdad. Se establece así una relación entre la realidad divina y la capacidad receptiva del hombre en la lectura bíblica. Agustín y Gregorio Magno seguirán sus pasos al afirmar el primero que la vida del verdadero cristiano es toda un santo deseo de Dios, mientras que el segundo hace ver que a veces ese deseo se queda sin realizar para estimular el ardor de la caridad y dilatar el corazón.

Esta lectura de la Escritura deben practicarla sobre todo los ministros de la palabra. El Vaticano II incluye entre los ministros tanto a los sacerdotes y diáconos como a los mismos catequistas; sobre todo ellos “han de leer y estudiar asiduamente la Sagrada Escritura” (DV 25), pues tienen el deber de ofrecerla al pueblo en la predicación pastoral, la catequesis, toda la instrucción cristiana y, en lugar privilegiado, la homilía” (DV 24). La necesidad de leer la Escritura alcanza de un modo especial a los religiosos, a la personas consagradas y, muy en particular, a los candidatos al sacerdocio, que, en su preparación para el ministerio de la Palabra, deben comprenderla mejor, buscar a Cristo meditándola y expresarla con la palabra y la conducta (Optatam totius 4 y 8)

En definitiva, la renovación en la investigación teológica y en la misma enseñanza de la teología ha sido quizá el resultado más significativo del interés creciente de los fieles por conocer y meditar la palabra de Dios escrita. Por otra parte, el deseo de acompañar por medio de la oración la lectura frecuente de la Biblia ha ampliado el conocimiento del mensaje revelado y enriquecido el diálogo entre Dios y la persona humana. Éstos son, entre otros, dos aspectos que vale la pena subrayar, a modo de conclusión, como frutos de la fecunda relación entre la Sagrada Escritura y la comunidad creyente.

Fuente Principal: Este trabajo está tomado de los “Apuntes de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, por el profesor D. Pablo Edo.”

BIBLIOGRAFÍA

DOCUMENTOS

  • Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum (1965)
  • Benedicto XVI, Exhortación Apostólica postsinodal Verbum Domini (2010)
  • Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (1993)
  • Pontificia Comisión Bíblica, El pueblo judío y sus Sagradas Escrituras en la Biblia cristiana (2001)
  • Pontificia Comisión Bíblica, Inspiración y Verdad de la Sagrada Escritura. La palabra que viene de Dios y que habla de Dios para salvar al mundo (2014)
  • Notas:
    • La Pontificia Comisión Bíblica, conforme a su nueva estructura después del Vaticano II, establecida por Pablo VI con el “Motu proprio” Sedula cura (1971), “no es un órgano del Magisterio, sino una comisión de especialistas que, como exegetas creyentes, y conscientes de su responsabilidad científica y eclesial, toman posición frente a problemas esenciales de interpretación de la Escritura, apoyados por la plena confianza que deposita en ellos el Magisterio” (J. Card. Ratzinger, Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe y, con ello, también Presidente de la Pontificia Comisión Bíblica, 1993). Los documentos aquí mencionados son bastante largos; en la práctica, son pequeños tratados de los temas que anuncian en el título.
    • Todos los Documentos citados se pueden encontrar en la página web del Vaticano [vatican.va]. Todos los documentos del Magisterio de la Iglesia, también los de la Pontificia Comisión Bíblica, anteriores a 2009, pueden encontrarse, con su traducción castellana, en C. Granados y L. Sánchez-Navarro (eds), Enquiridion Biblico. Documentos de la Iglesia sobre la Sagrada Escritura, BAC: Madrid, 2010. Los documentos posteriores también han sido publicados por esta misma editorial en castellano.

VOCES EN DICCIONARIOS Y ENCICLOPEDIAS

  1. Muchos de los contenidos de estos apuntes coinciden con las voces incluidas en C. Izquierdo y otros, Diccionario de Teología, Pamplona: Eunsa, 2006, 1050 pp. Se señalan aquí los autores, las voces y las páginas.
  • Aranda, G., “Canon bíblico”, 97-102; “Inspiración de la Sagrada Escritura”, 506-511; Ausín, S., y Jódar, C., “Antiguo Testamento”, 12-29; Ausín, S., Jódar, C., Estrada, B., y Díaz-Rodelas, J.M., “Biblia”, 76-96; Balaguer, V., “Jesucristo (Sagrada Escritura)”, 512-519; Caballero, J.L., y Elders, L., “Verdad”, 990-998; Chapa, J., “Nuevo Testamento” 723-743;, García de Jalón, S., “Exégesis”, 377-382; Izquierdo, C., Tejerina, G., y Fisichella, R., “Revelación”, 864-887; Izquierdo, C., “Tradición”, 970-982.
  1. Más extensos -aunque un poco más antiguos, sirven igualmente– son las voces de la Gran Enciclopedia Rialp (GER), especialmente las relativas a:
  • Inspiración y veracidad: Casciaro, J.M., “Biblia III. Introducción general”, vol. 4 (1971) 137-143; “Biblia IV. Inspiración divina”, vol. 4 (1971) 148-160; “Biblia V. Veracidad y Santidad”, vol. 4 (1971) 163-168.
  • Interpretación: Casciaro, J.M., “Heurística Bíblica”, vol. 11 (1972) 746-749; “Interpretación II. Hermenéutica bíblica”, vol. 12 (1973) 859-860; “Noemática”, vol. 16 (1973) 867-873; “Proforística vol. 19 (1974) 225-227; “Teología Bíblica”, vol. 22 (1975) 256-259.

MANUALES

  • Manuales clásicos en castellano con un esquema semejante al propuesto aquí son:
  • Artola, A.M y Sánchez-Caro, J.M., Introducción al estudio de la Biblia, v.2: Biblia y Palabra de Dios, Estella: Verbo Divino, 1992
  • Mannucci, V., La Biblia como Palabra de Dios. Introducción general a la Sagrada Escritura, Bilbao: Desclée, 1985.
  • Tábet, M.A., Introducción General a la Biblia, Madrid: Ediciones Palabra, 2003.

ESTUDIOS

Algunos artículos que pueden dar una información más precisa sobre los temas tratados, así como una bibliografía actualizada (la mayoría pueden encontrarse en versión digitalizada en el repertorio de la Universidad de Navarra: dadun.unav.edu):

  • Aranda, G., “Acerca de la verdad contenida en la Sagrada Escritura (una “quaestio” de Santo Tomás citada por la Constitución “Dei Verbum”)”, Scripta Theologica 9 (1977) 393-424; “Magisterio de la Iglesia e interpretación de la Escritura”, en Casciaro, J. M., Biblia y hermenéutica, Barañáin (Navarra): Eunsa, 1986, 529-562; “Inspiración: autor, libro, lector-oyente como inspirados. Implicaciones teológicas”, Estudios Eclesiásticos 83 (2008) 271-304.
  • Balaguer, V., “El sentido literal y el sentido espiritual de la Sagrada Escritura”, Scripta Theologica 36 (2004) 509-563; “La ‘economía’ de la Palabra de Dios. A los 40 años de la Constitución Dogmática Dei Verbum”, Scripta Theologica 37 (2005) 407-439; “La ‘economía’ de la Sagrada Escritura en Dei Verbum”, Scripta Theologica 38 (2006) 893-939; “La constitución dogmática Dei Verbum”, Annuarium Historiae Conciliorum 43 (2011) 31-71.

3 comentarios en “13. La Biblia en la vida de la Iglesia (fin del Repaso 1)”

  1. Su envío amerita una lectura y valoración concienzuda; gracias por este nuevo regalo.  FELIZ NAVIDAD 2016 Y AÑO NUEVO 2017Amparo

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