Del cuerpo del Hombre-Dios: Verbum caro factum est!

Esta entrada forma parte de la entrada más general: “El retrato de Jesús“.

¿Cómo era Jesús? ¿cómo se formó su carácter? ¿cómo se desarrolló su naturaleza humana mientras crecía en Nazaret? No está de más estudiar las cualidades y notas distintivas de su humanidad que nos permitirán, con seguridad, apreciar mejor las extraordinarias cualidades humanas que dispuso para realizar sus obras y para comprender mejor la extensión y rapidez de sus éxitos.

Constitución perfecta

salio-a-predicar.jpgPor el modo sobrenatural de su formación y como órgano e instrumento del Verbo divino, gozaba el cuerpo de Jesús de constitución perfecta (7). Los Evangelios lo confirman cuando narran la incesante actividad de Nuestro Señor durante su vida pública, sobre sus frecuentes viajes, sobre sus duras y frecuentes privaciones, sobre su predicación de todos los días; todo lo cual exigía un gasto considerable de fuerza física, y presuponen un cuerpo sano y robusto (1). Nunca se da a entender que padeciera alguna enfermedad. Sin embargo, tenía una gran sensibilidad y capacidad para sufrir (2). Así vemos por los evangelios que padeció hambre (3), sed (4), fatiga (Jn 4,6), agotamiento por falta de sueño (5). Por último, padeció la muerte, cuya visión anticipada le causó una gran repugnancia (6).

  1. Los detalles que da San Marcos en dos circunstancias diferentes, Mc 3, 20 (de manera que no podían ni siquiera comer) y Mc 6, 31 (…Porque eran muchos los que iban y venían, y ni siquiera tenían tiempo para comer), son muy significativos, pues demuestran que durante períodos enteros no tuvo Jesús un instante de reposo.
  2. Lc 9, 23; Lc 17, 15; Lc 24, 26, 46; Hch 17, 3; 1P 2, 21; 1P 4, 1, etc.
  3. Mt 4, 2; Mc 3, 20 y Mc 6, 31
  4. Jn 4, 7 y Jn 19, 28.
  5. Mt 8, 24; Mc 4, 38; Lc 8, 23.
  6. Mt 26, 37-42; Mc 14, 33-39; Lc 22, 41-44
  7. Nota: La sabana santa, para muchos una auténtica reliquia de Jesús, corrobora de algún modo la constitución perfecta del cuerpo del Señor

Actitudes habituales

juan-211-25-jesc3bas-y-pescadoresTambién nos han conservado los evangelistas el recuerdo de sus actitudes de Jesús más frecuentes. Le vemos de pie (1) o sentado (2) hablando a las muchedumbres y a sus discípulos. O recostado sobre un diván comiendo (3), según costumbre de entonces. O tendido en el puente de una barca durmiendo (Mc 4,36). Le vemos arrodillado (Lc 22,41) y hasta echado completamente en tierra para orar (4).

  1. Mc 4, 39; Lc 8, 24; Jn 7, 37 y Jn 14, 31
  2. Mt 5, 1; Mt 13, 2; Mt 24, 3; Mt 26, 55; Mc 4, 1; Mc 12, 41; Mc 13, 3; Lc 4, 20; Lc 5, 17; Jn 4, 6; Lc 8, 2.
  3. Mt 26, 7; Mc 14, 3; Lc 7, 37; Jn 13, 14.
  4. Mt 26, 39; Mc 14, 35

Gestos con las manos

pescadores-de-hombresLos gestos del Salvador más frecuentemente descritos por los evangelistas son los de sus manos cuando: parten los panes antes de distribuirlos (1), toman el cáliz consagrado y lo pasa a los apóstoles (2), bendiciendo a los pequeños (3) y a los discípulos (Lc 24, 50), tocando a los enfermos para curarlos (4), o a los muertos para resucitarlos (5), arrojando a los vendedores del Templo y volcando las mesas de los cambistas (6), lavando los pies de los apóstoles (Jn 13, 5).

  1. Mt 14, 19; Mt 15, 36; Mt 26, 26 y los pasajes paralelos de S. Mc y S. Lc. Cfr. también Lc 24, 30.
  2. Mt 26, 27; Mc 14, 29; Lc 22, 17.
  3. Mt 19, 13, 15; Mc 10, 16; Lc 18, 15.
  4. Mt 8, 3; Mc 1, 41: Lc 5, 13, extiende su mano y toca al leproso. Mt 8, 15; Mc 1, 31, toma la mano de la suegra de San Pedro. Mt 9, 29, toca los ojos a dos ciegos antes de devolverles la vista. Otro día, en Jericó, Mt 20, 34, toca la lengua y los oídos a un sordomudo antes de darle el habla y el oído, Lc 22, 51, toca la oreja de Malco. Jn 9, 6, pone en los ojos de un ciego de nacimiento un poco de barro. Cfr. también Mc 8, 23, Lc 4, 40, etc.
  5. Mt 9, 5; Mc 9, 41; Lc 8, 54, toma Jesús por la mano a la hija de Jairo para levantarla suavemente. Lc 7, 14, toca el féretro del hijo de la viuda (de Naim) para indicar que se detuviesen los que lo llevaban.
  6. Mt 21, 12; Mc 11, 15; Jn 2, 15.

Sus movimientos

A veces vemos moverse todo su cuerpo, como cuando se inclina para coger a San Pedro, que se hundía en las aguas del enardecido lago (Mt 14, 31), o cuando, para dar una lección a los doce, coloca a su lado a un niño a quien abraza suavemente (1), o cuando se inclina y escribe con su dedo en el suelo frente a los acusadores de la mujer adúltera (Jn 8, 8), o cuando vuelve con viveza la espalda a alguno de sus interlocutores para expresar así su descontento (2), o cuando se vuelve hacia sus oyentes para dar más peso a su palabra (3). El más conmovedor de todos sus gestos fue ciertamente el que hizo en la cruz cuando inclinó su cabeza en el momento de exhalar el último suspiro (Jn 19, 30).

  1. Mt 18, 2; Mc 9, 35; Lc 9, 47; Cfr. Mc 13, 16.
  2. Mt 16, 23; Mc 8, 33; Cfr. Lc 9, 55
  3. Lc 7, 9; Lc 10, 23; Lc 14, 25; Lc 23, 28. Cfr. Mt 9, 22; Lc 7, 44; Jn 1, 38

Su mirada

jesc3bas-en-la-sinagogaSe complacen también los evangelistas, particularmente San Marcos, en señalar ciertos movimientos característicos de los ojos del Salvador, que exteriorizaban y acentuaban en cierto modo sus sentimientos íntimos. Como cuando vio por primera vez a Simón, le miró de hito en hito (1) como para leer hasta en el fondo de su alma. Otra mirada penetrante, pero dolorosa, le dirigió también en el atrio del palacio de Caifás tras la traición (2). Con la misma intensidad y con particular ternura miró Jesús (3) a aquel joven rico que rehusó cobardemente su invitación. Antes de empezar el discurso de la Montaña levantó Jesús los ojos sobre su numeroso auditorio, como lo hacen de ordinario los oradores al momento de comenzar su discurso. También  gustaba de mirar a sus apóstoles y discípulos (4). En sus ojos, tan dulces de ordinario, podía brillar también la cólera (5). O la mirada cariñosa que dirigió a Zaqueo cuando estaba subido en la higuera (6). San Marcos nos muestra también a Jesús mirando con bondad a la hemorroísa (7); o mirando con tristeza a los ricos que para ser vistos arrojaban ruidosamente sus limosnas en el gazofilacio, y con admiración a la pobre viuda que tímidamente depositaba en ellos su ofrenda (8); o contemplando con indignación, la tarde del día de su entrada triunfal, los abusos que se hacían en el Templo (9). ¡Qué bondad habría en su ojos cuando dirigía su mirada hacia el cielo antes de ponerse a orar, para que se hagan tantas referencias de ello en los evangelios! (10).

  1. Jn 1, 42: έμβλέψας ύτώ… se le quedó mirando
  2. Lc 22, 61: νεβλεψεν… le echó una mirada
  3. Mc 10, 21: έμβλέψας … se quedó mirándolo
  4. Mt 19, 26; Lc 6, 20
  5. Mc 3, 5
  6. Lc 19,5
  7. Mc 5, 32: Y miraba a su alrededor para ver a la que había hecho esto.
  8. Mc 12, 41-42: … Sentado Jesús frente al gazofilacio, miraba cómo la gente echaba en él monedas de cobre…
  9. Mc 11, 11: Y entró en Jerusalén en el Templo; y después de observar todo atentamente..
  10. Mt 14, 19; Mc 6, 41 y Mc 7, 34; Jn 11, 41 y Jn 17, 1.

Su voz

Debía de ser su voz habitualmente dulce y modesta, como Él mismo, aunque, llegada la ocasión, sonora para que auditorios numerosos pudiesen oír sus palabras (1). ¡Cómo nos hubiera gustado escucharle proclamar las «Bienaventuranzas» del reino de los cielos (2), o aquella sublime invitación: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y abrumados bajo el peso de la carga, que yo os aliviaré» (Mt 11, 28-30), o el discurso de despedida en la última cena (3) o la plegaria sacerdotal! (4). Su voz sabía hacerse armoniosa y acorde con las diversas situaciones y reproduciendo eficazmente todas las emociones de su alma: severa a la hora de dirigir un reproche (5) o firme al dar una orden (6); terrible para pronunciar una denuncia o un anatema (7); irónica y desdeñosa (8), alegre (9) o triste (10), imperiosa (11) o tierna (12)… Sabía ajustarse a todas las entonaciones y a todos los matices.

  1. Mt 5, 1-2; Mc 4, 1-2, etc.
  2. Mt 5, 3-12
  3. Jn 13-16.
  4. Jn 17
  5. Mt 4, 4, 6, 10; Mt 16, 1-4, 23
  6. Mc 1, 25, 43; Mc 4, 39
  7. Mt 23; Mt 25, 41
  8. Mt 4, 4-10; Mt 21, 27; Mc 3, 17; Lc 13, 15-16, 32
  9. Mt 21, 19; Mc 5, 41; Lc 7, 14; Jn 11, 43.
  10. Mt 8, 10-11; Mc 10, 29-31.
  11. Mt 11, 20; Mc 10, 23-25; Jn 13, 27.
  12. Mt 25, 34-40; Jn 19, 26-27.

Su rostro

rostro de CristoY sobre todo, cómo nos gustaría poder contemplar su rostro, tener al menos un esbozo auténtico de su cara y en especial de su fisonomía. Pero no podemos. Algunos intentos se han hecho con la sábana santa. Por ahora, sólo en el cielo podremos ver a Jesús cara a cara, pues ni los Evangelios, ni los demás libros del Nuevo Testamento, ni los escritores eclesiásticos más antiguos nos han transmitido noticias ciertas sobre su aspecto. Pero podemos imaginarnos como sería según se afirma de Él en el Sal 44, 3: es «el más hermoso de los hijos de los hombres». En los Evangelios aflora con frecuencia el atractivo que Nuestro Señor ejerció sobre millares de personas de todo tipo clases sociales. Este atractivo provenía sobre todo de su santidad, pero no puede negarse que también influyeron sus modales y la gracia de todo su ser. Era la suya una belleza viril y espiritual. Podemos imaginarle de fisonomía noble y distinguida, amable y graciosa, grave e inteligente, que inspiraba a la vez respeto y afecto y atraía dulce y religiosamente los corazones. En su semblante se reflejaban el esplendor de su alma, y en cierta manera el de su divinidad.

Poco más podemos decir y debemos contentarnos como San Pablo diciendo que no conocemos a Cristo según la carne (2Co 5, 16). Aun así existe una descripció del siglo XII que le describe así: «Es de elevada estatura, distinguido, de rostro venerable. A quienquiera que le mire inspira (a la vez) amor y temor. Son sus cabellos ensortijados y rizados, de color muy oscuro y brillante, flotando sobre sus espaldas, divididos en medio de la cabeza al modo de los nazarenos. Su frente, despejada y serena; su cara, sin arruga ni mancha, es graciosa y de encarnación no muy subida. Su nariz y su boca son regulares. Su barba, abundante y partida al medio. Sus ojos son de color gris azulado, y claros. Cuando reprende es terrible; cuando amonesta, dulce y amable y alegre, sin perder nunca la gravedad. Jamás se le ha visto reír, pero sí llorar con frecuencia. Se mantiene siempre derecho*. Sus manos y sus brazos son agradables a la vista. Habla poco y con modestia. Es el más hermoso de los hijos de los hombres.» (1).

  • *Según otra variante habría llevado habitualmente inclinada la cabeza.
  • (1) Se citan tres principales descripciones de la fisonomía de Nuestro Señor: la que San Juan Damasceno, en el siglo VIII, insertó en una carta dirigida al emperador Teófilo (Epist. ad Theophil, 3-4); la que cierto Publio Léntulo, que se presenta como antecesor de Pilato en Palestina, esboza en un supuesto mensaje oficial, que habría sido enviado por él al Senado romano (FABRICIO, Codex apocryph. Novi Testamenti, t. 1, pp. 301-310), y la que se atribuye a Nicéforo Calixto (Hist., 1, 40. Cfr. 2, 7, 43; 2Co 6, 15), historiador griego del siglo XIV. Como hay entre estas descripciones cierta semejanza, cabe sospechar que dependen de una fuente común más antigua. La más completa y conocida es la segunda; pero se cree que no es anterior al siglo XII y es la que acabamos de poner en esta entrada.

Bibliografía

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