a) Sensibilidad del alma de Jesús

Esta entrada pertenece a la serie “El retrato de Jesús

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Serenidad: paz y alegría

Al repasar los Evangelios observamos que Jesús experimentó una gran cantidad de afectos: alegrías y tristezas; dulzuras y amarguras; y en especial dolores y sufrimientos… Pero de entre todos los estado de su ánimo destaca la serenidad: sucediera lo que sucediese en el fondo de su alma siempre encontramos paz y alegría. Incluso en aquellas ocasiones que los evangelistas refieren que sintió cierta turbación, le vemos recuperarse inmediatamente (1) y hacerse dueño de la situación que parece dominar sin esfuerzo (Jn 12, 27-28). Siempre le vemos seguro de sí mismo y de su misión, nunca manifiesta duda: le vemos ir derecho, sin vacilaciones, al cumplimiento de la voluntad de su Padre. Pero tampoco se acelera o impacienta en exceso, ni se precipita o agita; su determinación es tranquila e inalterable. Ya pueden presionarle sus enemigos que le espían y le acusan continuamente, que Él se mantiene sereno y señor de sus palabras y actos. Durante la tempestad del lago, tan violenta, que, incluso los apóstoles pescadores de profesión se asustaron y se llenaron de miedo, Él duerme apaciblemente en la popa de la barca. Cuando le despiertan gritando sus discípulos, se levanta sin prisa, les reprocha cariñosamente su falta de calma, y después, con majestad divina, pone fin a la tormenta (2). Tampoco perdía la serenidad cuando los endemoniados le interrumpían sus discursos (3), ni cuando sus adversarios le insultaban groseramente (4), ni siquiera cuando intentan golpearlo o mal tratarlo (5) consiguen que pierda la calma. Y si ha de ocultarse momentáneamente por prudencia, lo hará siempre sin miedo y con paz (6). Nada ni nadie pudo hacerle perder su sosiego (7): ni las aclamaciones populares ni la ingratitud de los hombres le alteran; no es que no las sienta, pero su alma parece estar muy por encima… En su entrada triunfal en Jerusalén es tan dueño de sí mismo como ante los tribunales, y el Hosanna al Hijo de David deja su alma tan serena como los gritos de la turba ante el Pretorio. Llama la atención, en este sentido, la respuesta que da a las amenazas del tetrarca Herodes Antipas (Lc 13, 32-33); o su respuesta al orgulloso Pilato (Jn 19, 11); la calma tranquila con que se adelanta hacia sus verdugos (Mt 26, 45-46); la paz con que exhaló su último suspiro, a pesar de la amargura que causara en su alma el abandono aparente en que le dejaba su Padre (Mt 27, 45-46; etc., etc).

Emociones fuertes

Pero también conoció Jesús emociones fuertes e intensas. Entre los evangelistas, solamente San Marcos le atribuye la ira, cuando a propósito de la odiosa conducta de los fariseos, que espiaban cierto día al divino Maestro con el fin de acusarle, escribe el evangelista (Mc 3, 5): Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón. También en otros pasajes vemos a Jesús con sentimientos de indignación, y pronunciando palabras vehementes (8) y hasta de castigo (9). Pero, siempre que permite a las emociones apoderarse de su alma por unos instantes, lo hace libremente y nunca en interés personal; las tenía siempre bajo su eficaz vigilancia.

Experimentó también, sobre todo en Getsemaní y en el Calvario, el temor que deprime, el horror que estruja el corazón, la tristeza y desgana engendradoras de desaliento: «Mi alma está triste hasta la muerte» (Mt 26, 38). Los Evangelios han empleado expresiones punzantes: empezó a sentir tristeza y angustia (Mt 26, 37); empezó a sentir espanto y angustia (Mc 14, 33); en su agonía (Lc 22, 44). Y poco antes de expirar exhaló hacia el cielo un grito angustioso, que revela un terrible sufrimiento: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46).

Su tono era alegre y vitalista de ordinario

Pero dicho lo anterior, hemos de advertir que de ordinario mostraba una actitud animosa y sonriente. Es fácil imaginarle riendo o con una habitual sonrisa en su rostro. La contemplación de la naturaleza, las flores, los niños, la bondad de la gente, las alegrías de la amistad, la conciencia de la dicha que traía a las almas, eran para Él fuente de felicidad. ¿No dijo un día a sus discípulos al ayunar no pongáis cara triste, sino perfúmate la cabeza y lávate la cara (Mt 6, 16-18)? Caras alegres quiere. O cuando San Lucas refiere que los setenta y dos discípulos volvieron de sus correrías apostólicas a juntarse con Él su alma se se llenó de alegría (Lc 10, 21). O el gozo que experimenta aquella otra vez cuando exclama: «Cuando yo fuere alzado de la tierra, todo lo atraeré a mí mismo» (Jn 12, 32), viendo lleno de esperanza el futuro.

También descubrimos sentimientos de admiración y de asombro. Como cuando sintió admiración de la fe manifestada por el centurión (Mt 8, 10) y cuando se asombró de la incredulidad de sus paisanos de Nazaret (Mc 6, 6).

  1. Tal fue el caso de Getsemaní, donde tan dramáticas fueron las emociones de Jesús: cfr. Mt 26, 36-46; Mc 14, 32-42; Lc 22, 39-46. En una circunstancia particular, expresa este mismo hecho San Juan por medio de una expresión bien significativa: «Se turbó a sí mismo.» (Jn 11, 33).
  2. Mt 8, 24-26; Mc 4, 37-39; Lc 8, 23-25
  3. Mc 1, 22-26; Lc 4, 33-35; etc
  4. Mt 9, 3; Lc 7, 49; Lc 11, 45; Lc 13, 14; Jn 7, 20; etc.
  5. Lc 4, 28-30; Jn 7, 30; Jn 8, 59; etc.
  6. Mt 15, 21; Mc 7, 24; Jn 7, 1; etc.
  7. Lc 13, 32; Jn 11, 7-10.
  8. Mt 9, 30; Mt 11, 20-24; Mt 16, 23; Mt 21, 19; Mt 23, 1-39; Mc 1, 25; Mc 8, 33; Mc 9, 24; Mc 10, 14; Mc 11, 14; Lc 4, 35; Lc 9, 55; Lc 11, 39-52; Lc 13, 15.
  9. Se trata de la expulsión de los vendedores en el Templo; Mt 21, 12-13; Mc 11, 15-16; Lc 19, 45-46; Jn 2, 14-17.
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3 comentarios en “a) Sensibilidad del alma de Jesús”

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