b) La categoría intelectual del Salvador

Esta entrada pertenece a la serie “El retrato de Jesús“.

Las palabras y vida del Señor llevan el sello de una de las inteligencias más abiertas, más rápidas y más vigorosas que hayan existido. Para Él, ningún problema presentaba dificultades. Se cernía sobre todos los temas del pasado, del presente y del futuro. Veamos:jesc3bas-en-la-sinagoga

Luz del mundo

Desde este punto de vista, el alma de Jesús se presenta aún más atractiva si cabe: «Yo soy la luz del mundo», dijo Nuestro Señor (Jn 8, 12). El evangelista San Juan, al recordar a su Maestro lo describe con entusiasmo así: «era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1, 9). La inteligencia de Jesucristo es como un gran faro que irradia su brillante luz sobre toda la tierra. Sí, Jesús amaba la luz y se apenaba de aquellos que prefiriesen las tinieblas (1) o anduviesen en ellas porque: «no hay luz en él» (Jn 11, 10). A los que le apresaron en Getsemaní, les dijo que estaban bajo un impulso tenebroso, el de satán: «esta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas». (Lc 22, 53)…

Seguridad en su juicio

Llama también la atención la perfecta seguridad de su juicio; su apreciación siempre acertada acerca de la verdad, la belleza y el bien en el aspecto moral; la viva y dominada imaginación de sus discursos, y sobre todo de sus parábolas; su penetración e ingenio agudísimo a la hora de responder a preguntas difíciles; su objetivo don de observación; su lenguaje, siempre ajustado a su pensamiento; su gran memoria para recordar todo lo que había visto y oído.

Pensador realista 

Pensador creativo y profundo, que meditaba con calma sus grandes ideas. Pero no es un teórico, observaba con espíritu penetrante y atento cuanto pasaba a su alrededor, con una de aquellas miradas escudriñadoras a las cuales nada se escapaba; captaba hasta los detalles en apariencia más insignificantes. Él sabe lo que pasa en las aguas del lago (Mt 13, 47-48.) y en la montaña (Mt 18, 12), y en el campo (2), y en las ciudades (3), en las casas de los ricos (4) y en las de los pobres (5), y en otras tantas referencias. Ha observado como un padre de familia reserva en su tesoro cosas nuevas y viejas (Mt 13, 5), que los fariseos buscan, en los festines, los puestos más honoríficos (Lc 14, 7). Gracias a este don de observación aplicaba a cada uno el consejo moral que mejor se le ajustaba. Como cuando dio tres respuestas diferentes a tres candidatos que le pidieron ser discípulos suyos (Lc 9, 57-63).

Su inteligencia era muy penetrante, concreta, meticulosa, realista (6). ¡Qué cuadros más vivos y atrayentes le vemos pintar en sus parábolas! Con unas pocas palabras describe una escena entera. Por ejemplo, cuando dice a propósito de Juan Bautista: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña movida del viento? Pero ¿qué salisteis a ver? ¿Un hombre regaladamente vestido? Ved que los que visten ropas delicadas habitan en las casas de los reyes.» (Mt 11, 7-8) Todo un cuadro en miniatura esboza también Jesús en este versículo con realismo total: «No deis lo santo a los perros ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las huellen con sus pies y que, revolviéndose, os desgarren.» (Mt 7, 6).

Esta facultad de ver y expresar de forma clara y sencilla las realidades espirituales contribuyó a hacer muy asequibles sus enseñanzas. Incluso cuando se eleva a las más altas cimas del pensamiento, como lo muestran sus discursos del cuarto Evangelio, se hace entender con facilidad.

Su vivísima imaginación

Tan admirable como la precisión y vigor de su inteligencia es su imaginación. En su predicación recurre con frecuencia a las figuras y siempre las escoge hermosas, verdaderas y atractivas. Ellas comunican a su lenguaje un brillo, un relieve, un cierto hechizo, a los cuales se debe gran parte del éxito de sus predicaciones. Acuden espontáneamente a su pensamiento, o las extrae del recuerdo de algo que ha visto u oído: el soplo rápido y misterioso del viento (Jn 3, 8.), la fuente de agua viva (Jn 4, 10), el vaso de agua fresca (Mt 10, 42), el labrador que guía el arado (Lc 9, 62); el hombre fuerte y armado que guarda la casa (Lc 11, 21), los servidores que, lámpara en mano, esperan la vuelta de su señor, muy adelantada ya la noche (Lc 12, 35-36), el rico vestido de púrpura y lino finísimo (Lc 16, 19), la vestidura nupcial (Mt 22, 11), el ciego que guía a otro ciego (Lc 6, 39), los pescadores de hombres (Mc 1, 17), la grandiosa descripción del fin de los tiempos (Mt 24-25), los hipócritas semejantes a sepulcros blanqueados (Mt 23, 27), la fe que transporta las montañas (Lc 16, 6), los cristianos comparados a hombres que llevan su cruz tras un crucificado (Mt 10, 38). Así aparecen los aspectos materiales más sencillos junto a los rasgos espirituales más sublimes, comunicándose mutua eficacia. Aflora también su imaginación en los apelativos, perfectamente apropiados, que Jesús da a varios de sus discípulos: Cephas, o mejor, Kefa, «Piedra»; Boanerges, «Hijo del Trueno». ¡Qué imaginación tan espléndida y a la vez tan práctica y realista!

La respuesta improvisada y perfecta

Sus consejos, sus réplicas, sus reproches dan siempre en el clavo y resultan sabias y oportunas. En su vida pública se encontró en las más diversas situaciones, y trató con todas las clases de la sociedad judía y extranjera, de modo que con frecuencia tenía que responder a las preguntas más imprevistas, más delicadas y más embarazosas. Siempre salió del trance con tal habilidad que se admiraban sus propios enemigos (7) y que embelesaba a las turbas (8). Ante un Juan Bautista que duda en bautizarle, Jesús le dice: «Conviene que cumplamos toda justicia» (Mt 3, 15), y cuestión zanjada. Tres veces seguidas hizo callar al demonio tentador con sus respuestas (9). Cuando los fariseos le preguntan maliciosamente por qué daba tan poca importancia a las tradiciones relativas a la pureza e impureza legales, responde con argumentos irresistibles (10). Y lo mismo aconteció en otras muchas ocasiones, en que sus palabras produjeron asombrosos resultados (11).

  1. Jn 3, 19. Cfr. Mt 6, 22-23.
  2. Mt 13, 1-9, 24-30; Mt 25, 1-12; etc.
  3. Mt 24, 45-51; Mt 25, 14-30; Lc 16, 19-22.
  4. Mt 22, 1-13; Lc 14, 16-21; Mt 16, 1-8, 19-22.
  5. Mt 9, 16; Mt 13, 33; Mc 15, 8-9, etc.
  6. Mt 19, 10-12; Mc 7, 18-19; Lc 15, 8,-9; Lc 16, 19-31.
  7. Lc 20, 26, etc
  8. Mt 22, 46; Mc 12,37, etc.
  9. Mt 4, 4, 7, 10.
  10. Mt 15, 3-11; Mc 7, 1-12.
  11. Estos son solo unos ejemplos tomados casi al azar: Mt 16, 2-4; Mt 21, 16, 24; Mt 22, 15-21,29-32; Mt 26, 64; Mc 2, 8-11; Mc 6, 5; Mc 10,42-45; Lc 10, 41-42; Jn 18, 33-37; Jn 19, 11
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