c) El perfil moral de Jesucristo

jesus.jpgEsta entrada pertenece a la serie “El retrato de Jesús“. Esta modesta aproximación a la fisonomía moral de Jesús se propone echar una rápida ojeada sobre sus cualidades más características y señalar solo algunas de ellas.

Como se ha escrito de Jesucristo: «Nada ha habido en la tierra ni más inocente, ni poderoso, ni más sublime, ni más santo que su conducta, su vida y su muerte… El soplo del mismo Dios alienta en cada una de sus palabras» (Ninck, Jesus als character), y también, añadimos nosotros, en cada uno de sus actos. Desde el punto de vista moral es, y a mucha distancia del resto, el hombre más perfecto que haya existido jamás. Nunca ha poseído esta tierra nuestra modelo tan acabado de todas las virtudes, ejemplo tan excelente de santidad.

Santidad inmaculada

No se descubre en los Evangelios el menor rasgo que pueda suponer en Él existencia de una imperfección: por eso el Santo que va a nacer (Lc 1, 35), había dicho el arcángel San Gabriel a la bendita Virgen. Desde su concepción fue el «santo» por excelencia. Es el modelo perfecto de la santidad: «¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?» (Jn 8, 46). Nadie pudo aceptar el reto. Más aun: cuando le condenaron, a pesar de todos sus esfuerzos y de los falsos testigos, no pudieron descubrir contra Él cargo alguno de acusación; y tuvieron que fundar su sentencia de muerte en el hecho de presentarse como el Mesías (Mt 26, 60). También Pilato (Mt 27, 24) y antes Judas (Mt 27, 4) proclamaron su inocencia. San Pedro dice de él: «no hizo pecado» (1P 2, 22), y de modo semejante se expresa la carta a los Hebreos cuando afirma que: ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado (Hb 4, 15).

El espíritu de abnegación y sacrificio

Destaca en su perfil moral el espíritu de abnegación y de sacrificio: Cristo no buscó su propio agrado (Rm 15, 3). Son dudó en sacrificar gloria, riquezas y bienestar, por el cumplimiento de la Voluntad del Padre. Rechazó con prontitud la triple tentación del diablo en el desierto. Practicó ejemplarmente el desprendimiento de sí: un camino áspero y estrecho que le condujo hasta el Calvario: «Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame.» (1).

A continuación desarrollamos esta idea del espíritu de abnegación y sacrificio de Jesús, desde las virtudes de la pobreza, el ascetismo o mortificación, la humildad y la obediencia.

La pobreza de Jesús

La vida austera en Nazaret da testimonio de su espíritu de mortificación. Y desde el comienzo de su vida pública destaca la vida de pobreza que se impuso. Aunque recibió alguna ayuda de las santas mujeres galileas para las necesidades materiales de Él y sus apóstoles (2), con frecuencia pasaban necesidad; un día no tuvieron para aliviar el hambre otra cosa que unas espigas recogidas del campo (3). Lo único que tuvo propio fue su túnica que era sin costura, y que los verdugos romanos se repartieron ante su vista. Su sepulcro fue un sepulcro prestado. Le era grata la pobreza, como lo confirma la primera de las bienaventuranzas (4). En el Padrenuestro, se mencionan los bienes temporales de forma muy modesta: danos hoy nuestro pan de cada día (Mt 6, 11). En diferentes ocasiones se refirió al riesgo de las riquezas para la salvación (5). O cuando dice que el afanarse por las riquezas es propio de los paganos (Mt 6, 32). Tres de sus parábolas hablan del peligro que puede suponer apegarse a los bienes materiales en exceso: la del rico avariento (Lc 16, 19-31), la del administrador infiel (Lc 16, 1-13) y la del rico propietario cuyos graneros son insuficientes para guardar sus cosechas (Lc 12, 13-21).

Un ascetismo discreto pero generoso

Sin embargo, aun viviendo de forma mortificada y pobre, no practico la austeridad de su precursor Juan el Bautista ni la de los judíos contemporáneos. Es interesante estudiar esta actitud respecto al ascetismo. La ley mosaica no imponía a los hebreos más que un solo ayuno anual, el de la Fiesta de la Expiación (Yóm kippur). Tras el destierro, las autoridades religiosas instituyeron otros cuatro más, como recuerdo de los grandes duelos de la nación. En la época del Señor, las personas más piadosas ayunaban con mucha frecuencia (6). Pero la actitud de Jesús con los suyos fue la de dispensarlos de ellos (7), y lo más seguro es que Él tampoco los practicase. Por otro lado, asistía a las comidas que le ofrecían personas de buena posición (8), o con publicanos (9) o fariseos (10), incluso a un banquete de bodas (Jn 2, 3-10); todo lo cual era mal visto por sus enemigos que lo acusaban por eso de ser «un hombre voraz y bebedor de vino» (Mt 11, 19; Lc 7, 34). En dos ocasiones (11) permitió que derramasen sobre Él ungüentos perfumados.

Dicho esto, conviene aclarar que dejo dicho que cuando Él faltase ayunarían (Mt 9, 15.). Y por su parte, inauguró con  un ayuno de cuarenta días su ministerio, y no retrocedió ante privaciones ni fatigas, prodigando sin tasa sus fuerzas, privándose muchas veces del sueño (12), renunciando antes de dejarse clavar en la cruz al vino que hubiera aliviado un poco sus padecimientos (13), etc.

La humildad de Jesús

La humildad, esa virtud casi desconocida de los paganos y bastante mediocremente practicada en el pueblo israelita, brilló en Jesús. La honró con su palabra y con su ejemplo: en la elección de sus padres, en el lugar de su nacimiento, en su huida a Egipto, en las ordinarias circunstancias de su vida oculta (Flp 2, 7). Él se autodefine como «manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Él aun siendo su Maestro y Señor, se había hecho su siervo (14), y en la tarde del Jueves Santo se puso a lavarles los pies (Jn 12, 1-11). Su pasión fue también una larga serie de humillaciones (15). Cuando le dedicaban elogios, los refería a su Padre (16). Su solemne entrada en Jerusalén, estuvo marcada con sello de humildad (Mt 21, 2-5), y apenas la realizó se retiro discretamente a Betania (17). Solía ocultarse de las aclamaciones de la muchedumbre (Jn 6, 14-15.).

Duramente condenó el orgullo (18). No buscó su propia gloria (19); saboreó las humillaciones: la de la ingratitud de las muchedumbres, la del momentáneo abandono de sus discípulos, la del fracaso parcial de su sacrificio, la del triunfo y desprecio de sus enemigos… Y todo por amor (Hb 12, 2).

Sin embargo sabía hacerse respetar y no era insensible a una falta de cortesía (Lc 7, 44 46), y sentía ensancharsele el corazón ante una muestra de afecto (Mc 14, 8). Sufrió en silencio (20) al ser abofeteado, escupido e injustamente acusado, y si responde es con dignidad (Jn 18, 23). Sus mismos jueces se asombraban por la nobleza de su actitud y por la firmeza de sus respuestas (21).

La paciencia de Jesús

A la par con su humildad iba la paciencia. Ni el orgullo de algunos, ni los prejuicios, ni la ignorancia de las turbas, ni la refinada malicia de los fariseos consiguieron turbar su serenidad. Tampoco la fatiga y el mucho trabajo; siempre estaba dispuesto a acoger a los enfermos, a los afligidos, a los curiosos, a los enemigos, a las turbas que acudían a Él. Sus mismos apóstoles, por su lentitud en comprender su misión y sus lecciones, por su ideal mesiánico enteramente opuesto al suyo, le fueron más de una vez ocasión de sufrimiento. Supo advertirles con firmeza, pues era su educador (22). Durante su pasión fue Jesús modelo de paciencia, como ya lo había predicho Isaías: «Fué maltratado y oprimido, y no abrió su boca. Como cordero que es llevado al matadero, como oveja que no bala delante del que la trasquila, no abrió su boca» (Is 53, 7). Y San Pedro añade: «Ultrajado, no devolvía el ultraje; maltratado, no amenazaba» (1P 2, 23). Sentía, sin embargo, continuamente una santa impaciencia que expresaba con estas palabras: «Con bautismo es menester que yo sea bautizado, y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!» (Lc 12, 10). Pero enseguida sabía moderar pacientemente estos ardores hasta que llegara «la hora» determinada por el Padre (23). Por eso, a veces, en vez de hacer frente a sus enemigos, no vacila en retirarse discretamente (24).

Los retiros y silencios de Jesús

Practicó el recogimiento y los ratos de soledad ya solo (25), ya con sus apóstoles (26). En esos retiros le vemos entregado a la oración, donde recobraba su alma nuevas fuerzas: solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración (Lc 5, 16). Los aprovechaba también para formar a los Doce. Varios de los más importantes misterios de la vida de Cristo, como el bautismo, las tentaciones, la agonía de Getsemaní, tuvieron lugar en sitios más o menos solitarios. Y a este amor al retiro asoció siempre Jesús grande amor al silencio, aun en aquellos períodos en que había de multiplicar sus discursos.

La sencillez y la serenidad de un alma valiente

Era viril y nada complicado; de carácter, recto y franco. Sus palabras carecen de afeites y ornatos que puedan falsear el sentido; son siempre claras y puras como su alma. Lo mismo con sus enemigos que con sus amigos; procede siempre con lealtad. Le molesta profundamente la hipocresía de los fariseos y de los escribas (27). Ellos mismo le reconocen su sinceridad: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios en verdad sin preocuparte de personas» (28). Con pleno derecho dijo a Pilato que había venido a dar testimonio de la verdad (Cfr. Jn 18, 37).

Esta verdad la tuvo que anunciar bajo formas nuevas, delicadas, difíciles de expresar y de dar a entender; tuvo que enfrentarse contra un sistema religioso cuyo tiempo había pasado ya, y contra prejuicios inveterados; tuvo que reformar a un pueblo sometido a la influencia de hombres poderosos, enseñar dogmas revelados, establecer su propia misión sobre las ruinas de lo pasado; pero su rectitud y su sencillez se juntaron a su valor, y sin dejarse intimidar hizo oír en toda la Palestina el Evangelio del reino de los cielos, y lo que es más, consiguió que lo aceptasen muchos de sus compatriotas.

Despreciando la vana y nociva popularidad, siguió derechamente su camino, como caballero sin miedo y sin tacha, atacando el error y el mal dondequiera que los halló. Como dijo San Pedro (1P 2, 22), citando a Isaías (Is 53, 9.): nadie pudo hallar en sus labios ni una palabra mentirosa, ni aserción hecha a la ligera, ni la más leve adulación (29).

Una armonía de contrastes

En este carácter se descubre también, con agradable sorpresa, toda una serie de contrastes, cuyo conjunto equivale a una nueva perfección. Son aspectos diversos de su rica naturaleza. Vemos mezclarse la dulzura con la energía, la bondad con una adecuada severidad. La humildad se completa con su noble dignidad. Tiernamente afectuoso y a la vez capaz de romper los lazos más íntimos y estrechos si impiden cumplir la Voluntad del Padre. Siendo Señor se hace servidor con gracia que cautiva. Sumiso a la autoridad, sabe obrar con independencia; pacífico, propone la guerra (ascética). Desconfía de los hombres, cuya inconsecuencia conoce, y los ama hasta morir por ellos en una cruz. Quiere que se acate la ley mosaica hasta en la letra más pequeña, y da recios golpes a las tradiciones que la mal interpreta. Busca la soledad y frecuenta el bullicio de las gentes. Su vida de rigurosa mortificación no le impide asistir a grandes banquetes. Queriendo atraer a todos hacia sí, despide con una palabra a quienes vacilan en seguirle. Desasido de todo, exige que todo se abandone para unirse a su persona. Es contemplativo y hombre de acción.

Estas diferentes virtudes en Él forman un conjunto delicadamente armónico, pues como escribe San Juan al principio de su Evangelio (Jn 1, 16): poseía la «plenitud», la plenitud de lo humano y de lo divino. Resulta, pues, de todos estos contrastes una concertada multiplicidad de dones y virtudes de Nuestro Señor Jesucristo.

  1. Mc 8, 34; Cfr. Mt 10, 34-38; Lc 9, 55-62; Lc 14, 26-27; Lc 18, 22,28-29, etc
  2. Lc 8, 2-3; Lc 23, 49,55-56.
  3. Mt 12, 1; Mc 2, 23; Lc 6, 1.
  4. Mt 5, 3; Lc 6, 20.
  5. Mt 19, 23-26; Mc 10, 23-27; Lc 6, 24; Lc 16, 9-13; Lc 18, 24-27; etc.
  6. Mt 9, 14; Mc 2, 18; Lc 2, 37; Lc 5, 33; Lc 18, 12
  7. Mt 9, 15-17; Mc 2, 19-22; Lc 5, 34-39.
  8. Mt 26, 6; Mc 12, 3; Lc 10, 38-42; Jn 12, 2.
  9. Mt 9, 10-11; Mc 2, 15-16; Lc 5, 29-30.
  10. Lc 7, 36; Lc 11, 37; Lc 14, 1; etc.
  11. Mt 26, 7; Mc 14, 3; Lc 7, 36; Jn 12, 3
  12. Mc 6, 45-51; Lc 6, 12; Lc 22, 39; Jn 18, 2.
  13. Mt 27, 34; Mc 15, 23.
  14. Mt 10, 24-25; Lc 22, 24-27; Jn 12, 13; etc.
  15. Mt 26, 55; Mc 14, 48; Lc 22, 52.
  16. Mt 19, 16-17; Mc 10, 17-18; Lc 18, 18-19.
  17. Mt 21, 17; Mc 11, 11.
  18. Mt 6, 2, 5, 16; Mt 18, 1-4; Mt 23, 5-12; Lc 14, 7-11; Lc 18, 9-14; etc.
  19. Mt 17, 9; Mc 9, 8; Jn 8, 50; etc.
  20. Mt 26, 62-63; Mt 27, 12-14; Mc 14, 48-49,60-61; Mc 15, 4-5; Lc 22, 52-53,67-69; Lc 23, 9; Jn 19, 3.
  21. Mt 26, 55-56; Jn 18, 19-21, 34, 36-37, Cfr. Orígenes, Contr. , 2, 34.
  22. Mt 15, 16; Mt 16, 8-11, 22-23; Lc 9, 55, etc.
  23. Mc 14, 41; Jn 2, 4; Jn 4, 21, 23; Jn 5, 25, 28; Jn 7, 30; Jn 8, 20; Jn 12, 23, 27; Jn 13, 1; Jn 17, 1.
  24. Mt 14, 13; Mc 3, 7; Mc 7, 24; Jn 7, 1; Jn 8, 59; Jn 10, 39-40; Jn 11, 54-56.
  25. Mc 1, 35; Mc 6, 46; Lc 6, 2; 9, Lc 18; Lc 11, 1; etc.
  26. Mt 17, 1; Mc 4, 35 ; Mc 6, 31; Mc 7, 24; Mc 8, 27; etc.
  27. Mt 6, 1-18; Mt 7, 15-20; Mt 23, 23-28; Lc 13, 17; etc.
  28. Mt 22, 16. Cfr. Mc 12, 14; Lc 20, 21
  29. Elocuentemente ha desenvuelto este rasgo MONS. LANDRIOT en una hermosa página de su celebrada obra Le Christ de la tradition, 2.°, t. 2, pp. 307-308. «Nada hay tan notable en el carácter de Jesucristo como esta franqueza, esta lealtad de alma que va siempre de frente, que ignora los subterfugios, y cuya palabra es luz que sale del interior, y cuya conducta es la expresión de un sentimiento íntimo. Gobernada por el Verbo, que es la verdad de Dios, esta alma santa caminó siempre por el sendero de la rectitud y de la sencillez. Jamás un rodeo, jamás uno de esos manejos ocultos que los políticos llamarían manejos hábiles, táctica feliz. El no tiene menester de estos expedientes de la prudencia humana: la verdad, he ahí su política; la rectitud, he ahí su habilidad. Jamás, sin embargo, se le podrá echar en cara un paso en falso, una palabra imprudente. La sabiduríaeterna que le dirige, le retiene siempre en esa línea tan difícil en que la sencillez de la paloma se compadece con la prudencia de la serpiente, en que la prudencia de la serpiente es complemento de la sencillez de la paloma. Inflexible siempre en el término medio, igualmente alejado de los extremos, a igual distancia de la astucia política y de la falta de sagacidad, camina siempre en la verdad; la verdad es su elemento
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