d) La voluntad humana de Jesús

314ef319-da9b-43dd-99ba-71c3731c3d92Esta entrada forma parte de la serie “El retrato de Jesús”. La voluntad es el yo en lo que tiene el hombre de más profundo, de más verdadero, de más elevado. Ella actúa en la formación del carácter y, en general, en la historia de cada individuo.

La voluntad humana de Jesús

En varios pasajes del Evangelio encontramos expresiones que hacen referencia a la voluntad humana de Jesús. El mismo Jesús habla expresamente de su voluntad cuando dice: «Yo he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de Aquel que me envió» (Jn 6, 38); o en la oración de Getsemaní. «Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz. Mas no sea como yo quiero, sino como quieres Tú» (1); o cuando afirma: «Sí, Padre, porque es tu agrado» (2). Estas expresiones nos revelan en Él una profunda aceptación del querer de su Padre.

En este sentido, encontramos también en el cuarto Evangelio expresiones como: «Lo que a Él le agrada eso es lo que hago siempre» (Jn 8, 29); cuando dice: «Mi manjar es hacer la voluntad de Aquel que me envió» (4, 34); o también esta: «No busco la voluntad mía, sino la voluntad del que me envió» (5, 30).

La obediencia de Jesús

San Pablo Lo expresa de modo magistral cuando le representa haciendo su entrada en el mundo y dirigiendo a Dios con el Salmo esta sublime plegaria, tomada del Sal 39, 7-9: «No has querido ni sacrificio ni ofrenda, sino que me formaste un cuerpo; no te complaciste en el holocausto ni en el sacrificio. Heme aquí que vengo… para hacer, oh Dios, tu voluntad» (Hb 10, 5-7). Esta actitud es la marca toda su vida hasta su muerte, cuando pudo decir con entera verdad que había cumplido hasta el fin el plan divino: Consummatum est: «todo se ha cumplido» (Jn 19, 30). La obediencia fue una de las virtudes más características del Salvador. San Pablo, que tan hondo penetró en el alma de Cristo, encarece esta perfección con palabras admirables: Factus obediens usque ad mortem, mortem autem crucis: hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz (Flp 2, 8).

Su fuerza de voluntad

Es de admirar en Jesús su fuerza de voluntad. Jesús, para permanecer fiel al querer de Dios, tuvo que hacer constantes actos de voluntad; con su conducta y con sus palabras realizó un generoso: Sí, Padre (ita, Pater). Ni las tentaciones el diablo, ni Pedro (Mt 16, 20-23); ni los «hermanos» o parientes de Jesús (Jn 7, 1, 10); ni sus enemigos pudieron apartarle fuera de su camino (Cfr. Lc 13, 31-33). Dando cumplimiento a la profecía de Is 50, 7: «El Señor es mi auxiliador, por eso no he sido confundido; puse mi rostro como piedra durísima, y sé que no seré confundido». Y así le vemos, llegado el momento, marchar decidido hacia Jerusalén: la ciudad «que mata a los profetas» (3).

Un querer que nace del amor

«Querer es poder», se ha dicho, pero puede añadirse: «Querer es amar». Esta transición nos conduce al sagrado corazón de Jesús: fuente de «riquezas impenetrables» (Cfr. Ef 3, 8). Desde el punto de vista moral, el corazón humano es considerado como símbolo del amor.

Cuando escuchamos su predicación vemos el lugar eminente que ocupan el amor de Dios y el amor del prójimo. Podemos afirmar que el amor de Dios fue su pasión dominante a lo largo de su vida: «con todo su corazón, con toda su alma y con toda su mente» (Mt 22, 37).

Amor filial

Este amor de Jesús a Dios era un sentimiento filial. Ante el amor manifestado por el Padre: «Tú eres mi Hijo muy amado, en quien me he complacido» (4), su corazón de Hijo único respondía: Abba, «Padre» (Mc 14, 36), apelativo cariñoso que tenía con frecuencia en sus labios (5): «¡Padre mío!». Su amor filial resuena en todas sus palabras, resplandece en todos sus actos. Se lo siente palpitar en todas las descripciones que hace de Dios, a quien se complace en representar como el mejor y el más misericordioso de los padres (6).

Pensaba constantemente en Dios, vivía constantemente en Dios, tenía una sed insaciable de Dios: «A la manera que el ciervo desea las corrientes de las aguas, así te desea el alma mía, oh Dios» (Sal 41, 2). Expresiones parecidas son recogidas frecuentemente por los Evangelios (7). Llama la atención la confianza que, en el momento de su muerte, tras exclamar aquel doloroso lamento: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt 27, 46), le lleva a añadir con dulzura: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46). Esta misma confianza se manifestó en Getsemaní: «Padre, todas las cosas te son posibles» (Mc 14, 36); o enla resurrección de Lázaro: «Padre, yo bien sé que siempre me escuchas» (Jn 11, 41-42); o en su plegaria sacerdotal (Jn 17, 1-26).

Su amor al prójimo

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo» es «semejante al primero»? (8), había dicho y tanta importancia le dio que vino a ser su mandamiento por excelencia: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; a lo que añade: como yo os he amado (Jn 13, 22). Esa «filantropía» (Tt 3, 4) del Señor, se manifiesta durante toda su vida: «el amor de Cristo que sobrepuja a toda ciencia» (Ef 6, 18-19), pues «no hay amor más grande que el de quien da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13), y como buen pastor sacrificará su vida por sus ovejas (9).

Este amor de Jesús por los demás se manifiesta: en los milagros; en sus llamamientos llenos de ternura: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré (Mt 11, 28); en sus indicaciones continuas: «Amaos los unos a los otros…; amad a vuestros enemigos…; sed misericordiosos…», etc. (10); en su compasión que a veces le arrancaba gemidos (Mc 7, 34), lágrimas (11) y hasta sollozos (Lc 19, 41); en el perdón que otorga a sus enemigos (Lc 23, 34), etc. Los evangelistas expresan con frecuencia ese amor por medio de una palabra griega: el verbo σπλαγχνίζεσθαι conmoverse las entrañas (12).

Su misericordia

Duros y orgullosos, los fariseos y sus discípulos castigaban a cierta especie de ostracismo a determinados pecadores, llegando hasta fijar matemáticamente la distancia a que era preciso apartarse de una mujer de mala vida. No actúa así Jesucristo, aunque tal conducta escandalizase a sus adversarios (13). Así le vemos: conversar con la Samaritana (Jn 4, 7-26.), o en el episodio de la pecadora (Lc 7, 36-50), o el de la mujer adúltera (Jn 8, 7-11), y el de Zaqueo (Lc 19, 1-10.); o en algunas de sus parábolas: la de la oveja perdida (14) y la del hijo pródigo (Lc 15, 11-32) que nos descubren el fondo de su corazón. Como ya había profetizado Isaías (15), se guardó bien de romper por completo la caña quebrada y de apagar la mecha que humeaba todavía; mas, al contrario, enderezaba suavemente aquélla y reavivaba la llama de esta otra.

Los amigos de Jesús

El corazón de Jesús también conoció la amistad humana. Fueron las amistades de Jesús, sinceras, profundas, fieles, generosas y –no es necesario decirlo– siempre varoniles, sin dulzonería.

Célebres son varias de sus amistades. La primera se nos recuerda por aquella expresión del cuarto Evangelio: «El discípulo a quien Jesús amaba» (16). ¡Qué tesoro de cariño en esta sencilla frase!: «Uno de sus discípulos, aquel a quien Jesús amaba, estaba recostado sobre el pecho de Jesús» (Jn 13, 23), y más todavía en el Calvario: «Y como viera Jesús a su madre, y junto a ella al discípulo a quien amaba, dijo a su Madre: ¡Mujer, he ahí a tu hijo! Después dijo al discípulo: ¡He ahí a tu madre!» (Jn 19, 26-27).

Otra amistad de Jesús se pone de manifiesto en el mensaje que las hermanas de Lázaro le hacen llegar: «Señor, mira que aquel a quien amas está enfermo» (Jn 11, 3). Pero también Marta y María tenían buena parte en esa amistad, como lo indica esta frase: «Y Jesús amaba a Marta y a María su hermana y a Lázaro» (Jn 11, 5). Estas amistades Jesús las había cultivado desde hacía tiempo (17).

También experimentó Jesús la decepción en la amistad. Como la de aquel joven rico al que «Jesús, dirigiéndole una mirada penetrante, le amó» (Mc 10, 21). Pero la prueba a la que le sometió: «Anda, vende cuanto tienes, y dáselo a los pobres; después, ven y sígueme», provocó una reacción negativa: «El, afligido por estas palabras, se fué triste, porque tenía mucha hacienda». O la traición de Judas; la triple negación de Simón Pedro; la huida de todos los apóstoles en Getsemaní…

Mucho quedaría por decir, pero hasta aquí llegamos este modesto estudio del retrato de Jesús.

  1. Mt 26, 39; Cfr. Mc 14, 36, y Lc 22, 42.
  2. Mt 11, 26; Lc 10, 21.
  3. Mt 20, 17-19; Mc 10, 32-34; Lc 18, 31-34; Jn 11, 7-10.
  4. Mt 3, 17; Mc 1, 11; Lc 3, 22. Casi idénticas palabras resonaron, desde el cielo durante la transfiguración del Salvador. Mt 17, 5; Mc 9, 6; Lc 9, 35.
  5. Mt 7, 21; Mt 10, 32-33; Mt 11, 25-27; Mt 12, 50; Mt 15, 13; Mt 16, 17; Mt 18, 19, 35; Mt 20, 23; Mt 26, 29, 39, 42, 53; Lc 2, 40; etc., y con más frecuencia en el cuarto Evangelio.
  6. Por ejemplo, Mt 5, 45; Mt 6, 4, 6, 18, 26-33; Mt 10, 29-32; Mt 11, 25; Mt 18, 10, 14; etc.
  7. Lc 3, 21; Lc 6, 12; Lc 9, 18; Lc 11, 1; Lc 22, 41-46 (y los pasajes paralelos de Mt y Mc); 23, 34, 46 Cfr. también Mc 1, 35, Jn 11, 41-42; Jn 17, 1-26, etc.
  8. Mt 22, 39; Mc 12, 31.
  9. Jn 10, 11. Cfr. 10, 15, 17, 18; etc.
  10. Mt 5, 21-24, 39-47; Mt 18, 23-33; Mc 11, 25; Lc 6, 31, 38; Lc 10, 25-37; etc.
  11. Jn 11, 39. Cfr. Hb 5, 7-8.
  12. Mt 9, 36; Mt 14, 14; Mt 15, 32; Mt 20, 34; Mc 1, 41; Lc 7, 17; Lc 10, 33; etc.
  13. Mt 9, 10-13; Mt 11, 19; etc.
  14. Mt 18, 12-14; Lc 15, 3-7.
  15. Is 42, 3. Cfr. Mt 12, 20.
  16. Jn 13, 23; Jn 19, 26; Jn 20, 2; Jn 21, 7-20.
  17. Lc 10, 38-42. Cfr. también Jn 12, 1-11, y Mt 27, 6-13; Mc 14, 3-9.

Conclusión

Conclusión de este estudio es, pues, que el Salvador debe ser colocado en categoría aparte, muy por cima de los hombres de mayor talento y muy por cima de los mayores santos. Aunque por siglos enteros camine el linaje humano de progreso en progreso, de perfección en perfección, jamás conseguirá darnos un segundo Jesús.

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3 comentarios en “d) La voluntad humana de Jesús”

  1. Muchas gracias por esta nueva entrega que me permite conocer más de Jesús, mi Señor.  Un buen día, Amparo

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