4. La naturaleza de la resurrección y su significación historia

Esta entrada pertenece a: “Acerca de la resurrección de Jesús de entre los muertos”.

Tras todo este estudia detallado en torno a la resurrección ha llegado el momento de contestar a la pregunta clave: De qué género fue el encuentro con el Señor resucitado.

Para dar una respuesta adecuado son importantes las siguientes distinciones:

1) Jesús no es alguien que haya regresado a la vida biológica normal y que después, según las leyes de la biología, deba morir nuevamente cualquier otro día.

Jesús no es una fantasma, no es un «espíritu». Lo cual significa: no es uno que, en realidad, pertenece al mundo de los muertos, aunque éstos puedan de algún modo manifestarse en el mundo de la vida.

2) Los encuentros con el Resucitado son también algo muy diferente de las experiencias místicas.

En la experiencia mística el espíritu humano viene por un momento elevado por encima de sí mismo y percibe el mundo de lo divino y lo eterno, para volver después al horizonte normal de su existencia. La experiencia mística es una superación momentánea del ámbito del alma y de sus facultades perceptivas. Pero no es un encuentro con una persona que se acerca a mí desde fuera. Pablo ha distinguido muy claramente sus experiencias místicas — como, por ejemplo, su elevación hasta el tercer cielo, descrita en 2 Corintios 12,1-4—, del encuentro con el Resucitado en el camino de Damasco, que fue un acontecimiento en la historia, un encuentro con una persona viva.

Entonces y según los datos bíblicos, ¿qué podemos decir realmente sobre la naturaleza peculiar de la resurrección de Cristo?

Podemos decir, que es un acontecimiento dentro de la historia que, sin embargo, quebranta el ámbito de la historia y va más allá de ella. Podríamos considerar la resurrección algo así como una especie de «salto cualitativo» radical en que se entreabre una nueva dimensión de la vida, del ser hombre. Más aún, la materia misma es transformada en un nuevo género de realidad. El hombre Jesús, con su mismo cuerpo, pertenece ahora totalmente a la esfera de lo divino y eterno. De ahora en adelante —como dijo Tertuliano en una ocasión—, «espíritu y sangre» tienen sitio en Dios (cf. De resurrect. mort. 51,3: CC lat., II 994). Aunque el hombre, por su naturaleza, es creado para la inmortalidad, sólo ahora el lugar de su alma inmortal encuentra su «espacio», esa «corporeidad» en la que la inmortalidad adquiere sentido en cuanto comunión con Dios y con la humanidad entera reconciliada. Las Cartas de la Cautividad de san Pablo a los Colosenses (cfr. 1,12-23) y a los Efesios (cf. 1,3-23) pretenden decir esto cuando hablan del cuerpo cósmico de Cristo, indicando con ello que el cuerpo transformado de Cristo es también el lugar en el que los hombres entran en la comunión con Dios y entre ellos, y así pueden vivir definitivamente en la plenitud de la vida indestructible. Puesto que nosotros mismos no poseemos una experiencia de este género renovado y transformado de materialidad y de vida, no debemos maravillarnos de que esto supere lo que podemos imaginar.

Es esencial que, con la resurrección de Jesús, no ha sido revitalizada una persona cualquiera fallecida en algún momento, sino que con ella se ha producido un salto ontológico que afecta al ser como tal, se ha inaugurado una dimensión que nos afecta a todos y que ha creado para todos nosotros un nuevo ámbito de la vida, del ser con Dios.

A partir de esto hay que afrontar también la cuestión sobre la resurrección como acontecimiento histórico. Por una parte, hay que decir que la esencia de la resurrección consiste precisamente en que ella contraviene la historia e inaugura una dimensión que llamamos comúnmente la dimensión escatológica. La resurrección da entrada al espacio nuevo que abre la historia más allá de sí misma y crea lo definitivo. En este sentido es verdad que la resurrección no es un acontecimiento histórico del mismo tipo que el nacimiento o la crucifixión de Jesús. Es algo nuevo, un género nuevo de acontecimiento.

Pero es necesario advertir al mismo tiempo que no está simplemente fuera o por encima de la historia. En cuanto erupción que supera la historia, la resurrección tiene sin embargo su inicio en la historia misma y hasta cierto punto le pertenece. Se podría expresar tal vez todo esto así: la resurrección de Jesús va más allá de la historia, pero ha dejado su huella en la historia. Por eso puede ser refrendada por testigos como un acontecimiento de una cualidad del todo nueva.

De hecho, la predicación apostólica, con su entusiasmo y su audacia, es impensable sin un contacto real de los testigos con el fenómeno totalmente nuevo e inesperado que los llegaba desde fuera y que consistía en la manifestación de Cristo resucitado y en el hecho de que hablara con ellos. Sólo un acontecimiento real de una entidad radicalmente nueva era capaz de hacer posible el anuncio apostólico, que no se puede explicar por especulaciones o experiencias interiores, místicas. En su osadía y novedad, dicho anuncio adquiere vida por la fuerza impetuosa de un acontecimiento que nadie había ideado y que superaba cualquier imaginación.

Al final, sin embargo, permanece siempre en todos nosotros la pregunta que Judas Tadeo le hizo a Jesús en el Cenáculo: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te muestres a nosotros y no al mundo?» (Jn 14,22). Sí, ¿por qué no te has opuesto con poder a tus enemigos que te han llevado a la cruz?, quisiéramos preguntar también nosotros. ¿Por qué no les has demostrado con vigor irrefutable que tú eres el Viviente, el Señor de la vida y de la muerte? ¿Por qué te has manifestado sólo a un pequeño grupo de discípulos, de cuyo testimonio tenemos ahora que fiarnos? Pero esta pregunta no se limita solamente a la resurrección, sino a todo ese modo en que Dios se revela al mundo. ¿Por qué sólo a Abraham? ¿Por qué no a los poderosos del mundo? ¿Por qué sólo a Israel y no de manera inapelable a todos los pueblos de la tierra? Es propio del misterio de Dios actuar de manera discreta. Sólo poco a poco va construyendo su historia en la gran historia de la humanidad. Se hace hombre, pero de tal modo que puede ser ignorado por sus contemporáneos, por las fuerzas de renombre en la historia. Padece y muere y, como Resucitado, quiere llegar a la humanidad solamente mediante la fe de los suyos, a los que se manifiesta. No cesa de llamar con suavidad a las puertas de nuestro corazón y, si le abrimos, nos hace lentamente capaces de «ver».

Pero ¿no es éste acaso el estilo divino? No arrollar con el poder exterior, sino dar libertad, ofrecer y suscitar amor. Y, lo que aparentemente es tan pequeño, ¿no es tal vez —pensándolo bien— lo verdaderamente grande? ¿No emana tal vez de Jesús un rayo de luz que crece a lo largo de los siglos, un rayo que no podía venir de ningún simple ser humano; un rayo a través del cual entra realmente en el mundo el resplandor de la luz de Dios? El anuncio de los Apóstoles, ¿podría haber encontrado la fe y edificado una comunidad universal si no hubiera actuado en él la fuerza de la verdad? Si escuchamos a los testigos con el corazón atento y nos abrimos a los signos con los que el Señor da siempre fe de ellos y de sí mismo, entonces lo sabernos: Él ha resucitado verdaderamente. Él es el Viviente. A Él nos encomendamos en la seguridad de estar en la senda justa. Con Tomás, metemos nuestra mano en el costado traspasado de Jesús y confesamos: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28).

Bibliografía:

  • La fuente, básicamente ha sido el libro de Benedicto XVI: Jesús de Nazaret.
  • Como bibliografía complementaria:
    • P. M. BENOIT, Passion et Résurrection du Seigneur, Cerf, Paris 1969.
    • J. CABA, Resucitó Cristo, mi esperanza., BAC, Madrid 1986. 47. CEC, N. 655.
    • G. DE ROSA, Gesü di Nazaret: La vita, il messaggio, il mistero, Elle di Ci, Leumann 1996.
    • E. DHANIS (ed.), Resurrexit. Act.es du Symposium International sur la résurrection de Jésus (Roma 1970), Librería Editrice Vaticana, Cittá del Vaticano 1974.
    • R. FABRIS, Jesús de Nazaret. Historia e interpretación, Sigúeme, Salamanca 1985.
    • G. O’COLLINS, Jesús resucitado, Herder, Barcelona 1988.
    • S. SABUGAL, Anástasis. Resucitó y resucitaremos, BAC, Madrid 1993.
    • H. SCHÜRMANN, ¿Cómo entendió y vivió Jesús su muerte? Reflexiones exegéticas y panorámica, Sigúeme, Salamanca 1982.
    • J. A. SAYÉS, Señor y Cristo, EUNSA, Pamplona 1995.
    • M. SERENTHÁ, Gesü Cristo ieri, oggi. e sempre, Elle di Ci, Leumann (Torino) 1991.
    • B. SESBOÜÉ, Pédagogie du Christ. Eléments de christologie fonda-mentale, Cerf, Paris 1996.
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2 comentarios en “4. La naturaleza de la resurrección y su significación historia”

  1. 21.“…resucitado (Jesús) por Dios (Mc 16:1-8; Hch 2:24,31-33; 3:13s; 4: 10b; 5:30 ;10:39;13:27¿ Ro10:9; I Co 15:3-8,12-19?), según ángel (Mc 16:6; Hch 4:10b)¿o el mismo Jesús, texto espúreo (Mc 16:9); quedando el sepulcro vacío (Mt 28:1-10; Lc 24:1-12; Jn 20:1-9; Hch 2: 29 retomas de Sl 16:9-11; 110:1); como eterno, atravesando paredes, desapareciendo, género literario (Vélez Olga. 23 IV /17¿Nos esta cambiando la fe? Evangelizadorasdelosapostoles. Imágines, símbolos)?¿Resucitó en cuerpo (Lc 24:39; Jn 21:4,7,12) o en espíritu (Cf I Sm 28:7-14)? (La tradición de la resurreccción de Jesús en forma de confesión. 16 VI/17. Escritura_Sagrada) ¿Por qué se manifestó a pocos y no al mundo (Jn 14:22)?

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