4. Composición y recepción del libro de los Salmos [2/3]

El mensaje religioso y la teología de los Salmos.

Aunque la historia de la formación del libro puede delatar sucesivos acentos religiosos a medida que se fue configurando la colección (relación del individuo con Dios, aspectos cultual y sapiencial, dimensión litúrgica), el libro, tal como ha sido recibido, constituye una unidad en la que quedan reflejadas, mejor que en ningún otro libro del Antiguo Testamento, la fe y la espiritualidad de Israel. Una fe que se fue fraguando a lo largo de la historia y al hilo de la meditación de las intervenciones divinas; y una espiritualidad que surgió de la vivencia de esa fe en las más diversas circunstancias por las que atravesó el hombre y el pueblo. Por eso se puede afirmar que el libro de los Salmos es el lugar por excelencia dentro del Antiguo Testamento para conocer la manera de actuar de Dios y para percibir quién es Él, y qué es el hombre ante Él.

El libro de los Salmos es fundamentalmente un libro de oración y de alabanza a Dios, en donde en cada poema, de una forma u otra, se habla a Dios o se habla de Él.

Cada salmo, además, es una composición completa en sí misma, que expresa quién y cómo es Dios para el orante, cómo éste se comprende a sí mismo y al mundo que le rodea ante Dios, y cuál es su relación con Él.

Por otra parte, los salmos recogen el sentir religioso del pueblo elegido desde la época de la monarquía hasta la última etapa del Antiguo Testamento, y lo hacen siempre en armonía con la Ley y los Profetas, pues de otra manera no hubiesen pasado a formar parte del canon.

Mediante los salmos Dios habla a su pueblo, no sólo en los oráculos recogidos en algunos de ellos o en la invitación a seguir su Ley presente en otros, sino también en cuanto que los salmos son la oración inspirada que Dios pone en la boca y en el corazón de quienes los componen y los recitan«El Salterio es el libro en el que la Palabra de Dios se convierte en oración del hombre. En los demás libros del Antiguo Testamento “las palabras proclaman las obras” (de Dios por los hombres) “y explican su misterio” (C. Vat. II, Dei Verbum, 2). En el Salterio, las palabras del salmista expresan, cantándolas para Dios, sus obras de salvación. El mismo Espíritu inspira la obra de Dios y la respuesta del hombre. Cristo unirá ambas. En Él, los salmos no cesan de enseñarnos a orar» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2587)… Comenta San Ambrosio: «La historia instruye, la ley enseña, la profecía anuncia, la reprensión corrige, la enseñanza moral aconseja; pero el libro de los Salmos es como un compendio de todo ello y una medicina espiritual para todos» (Comentario sobre los Salmos, CSEL 64 ).

En los salmos queda reflejada toda la Revelación de Dios al antiguo Israel y la respuesta de éste a Dios. En su conjunto el libro ofrece las constantes de esa Revelación, al tiempo que en cada uno de los salmos resuenan modalidades propias de cada momento de salvación y de cada situación humana. La dimensión religiosa de los salmos sólo puede percibirse por tanto en la lectura y meditación detenida de cada poema. Pero hay aspectos que de una manera u otra están presentes en todo el conjunto y que intentaremos sintetizar a continuación. El que en los salmos estos aspectos hayan sido hechos oración contribuye a situarlos en la perspectiva que les es más propia, el diálogo entre Dios y el hombre, pues la Revelación de Dios tiene como fin «invitar a los hombres a la comunicación con Él y recibirlos en su compañía» (Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 2).

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Soberanía universal del Dios de Israel.

En los salmos se contempla a Dios a través de las acciones que manifiestan su serEsas acciones se despliegan en la creación, en la historia y, de forma más inmediata, en la vida personal y social del hombre. El punto decisivo en esa contemplación es que el único y verdadero Dios es el Señor, Yahweh, que ha revelado su «Nombre» a Israel. El «Nombre», término que recurre unas cien veces en los salmos, significa el Dios que se ha dado a conocer a su pueblo y al orante. Otras denominaciones —Dios, Señor de los ejércitos, Altísimo, Omnipotente, etc.— siempre convergen en el «Nombre», es decir, sirven para resaltar aspectos del Dios de Israel.

En los salmos se contempla en primer plano la absoluta soberanía de Dios sobre todo lo creado, animado o inanimado, porque todo es obra de sus manos y Él lo mantiene en la existencia y lo cuida (Sal 24,1-2; 33,6-9; 65,7-8; 74,12-15; 87,7-15; 104,2-9). Dios está por encima del universo visible; es trascendente a todo. La representación de Dios habitando en los cielos, o expresiones como «Señor de los ejércitos» o «soberano de todos los dioses», formadas sin duda a partir de concepciones religiosas más primitivas, sirven para poner de relieve la trascendencia y señorío absolutos del Dios de Israel. La soberanía de Dios abarca, por tanto, a los cielos con todos sus elementos, a todas las naciones y reinos de la tierra que subsisten porque Él quiere, y a todo hombre y todo ser vivo a los que Él cuida con su providencia, y a los que muestra su grandeza y su gloria mediante el ritmo de los astros y la fecundidad de la tierra.

La actuación de Dios con su pueblo.

La absoluta soberanía de Dios a la que se acaba de hacer referencia se ha manifestado en la historia de Israel. Dios lo eligió como su pueblo, lo formó y lo mantiene como tal a pesar de las vicisitudes por las que ha atravesado y, sobre todo, a pesar de que el pueblo no ha sido fiel a la Alianza (Sal 33,12; 50,7; 53,6; 60,30; Sal 105; 106).

En el actuar de Dios con su pueblo se manifiesta no sólo su poder, sino también su misericordia, pues es un Dios que perdona una y otra vez. La misma existencia de Israel manifiesta a todas las naciones el poder y la bondad del Señor. El cuidado de Dios por su pueblo se ha manifestado guiándolo, dándole su Ley y, sobre todo, estableciendo a David, su siervo, como rey y haciéndole la promesa de un linaje perpetuo.

  •  El rey puede llamar a Dios «Padre mío» (Sal 2,7; 89,27).
  •  A través del rey, y de las victorias que Dios le otorga sobre los pueblos, éstos pueden conocer el poder y la salvación que despliega el Dios de Israel.
  •  También mediante el rey, y la justicia y el derecho con los que gobierna, brilla la bondad —justicia— del Señor.

La elección de la dinastía davídica por parte del Señor va acompañada de la elección de Sión como ciudad del gran rey, y como lugar en el que está el Santuario donde el Señor se ha hecho presente, pues Él, al mismo tiempo que habita en los cielos, ha querido poner su morada en el Templo, sobre los querubines del Arca. No importa que en los salmos se encuentren ecos de la Jerusalén predavídica y del culto que allí, o en otras partes de Canaán, se ofreciera al Dios de la naturaleza. Con la elección de la ciudad como sede del rey y con la llegada del Arca al Templo allí construido, Jerusalén se ha convertido en Ciudad Santa. El Templo es el lugar de refugio y de súplica, de acción de gracias y de alabanza, para quien confía en el Señor y para todo el pueblo, e incluso para todos los pueblos de la tierra.

Soberanía de Dios sobre cada persona.

El Dios soberano es, al mismo tiempo, y especialmente, el Dios de cada persona:

  • Ha dado la vida a cada hombre en el seno materno, y puede arrebatarla cuando quiera.
  • Dispone su duración (Sal 39,5).
  • Da el éxito o el fracaso a las acciones humanas. Por eso se apela a Él en la enfermedad y en las situaciones de angustia a causa de la persecución de los enemigos.
  • Es justo con todos, y a cada uno da su merecido, si bien cuando el hombre reconoce su pecado y acude a Él, Éste le perdona y salva (Sal 112,4; 116,5). De este modo muestra su justicia: salvando al humilde y castigando al soberbio. Siempre actúa así, pues es fiel a Sí mismo, y su fidelidad, en cuanto que actúa conforme a lo que Él es, lo llena todo y es eterna.
  • Es compasivo y misericordioso (Sal 86,15; 103,8; 145,8); y está lleno de una bondad que se manifiesta en su constante disposición al perdón.
  • Es fiel, y muestra en todo su actuar fidelidad a su Palabra. Tal fidelidad divina —que procede del cielo, llena la tierra y no tiene fin— puede verse en la historia de Israel y en la promesa hecha a David (Sal 89,50; 98,3; 106,7.45). Por lealtad a su Palabra, Dios protege y perdona siempre y en todas partes, e incluso hace que el hombre le busque y cumpla sus mandatos. No obstante, a veces manifiesta su ira, sin que esto sea incompatible con su misericordia y lealtad, ya que su cólera se ordena precisamente a que se manifiesten esa misericordia y lealtad, bien mediante el arrepentimiento de quienes sufren el castigo por sus pecados, bien mediante la salvación de quienes acuden a Él con confianza de perdón, o convencidos de su inocencia cuando sufren la persecución de sus enemigos.

Esta absoluta soberanía de Dios no queda mermada por el hecho de que las naciones de momento no la reconozcan (Sal 79,6), pues son invitadas a hacerlo y llegará el día en que la reconocerán (Sal 68,32; 67,2; 102,22). Tampoco queda oscurecida por el hecho de que la vida de todos los hombres, incluso los justos, acabe en la muerte, pues, aunque en los salmos no aparezca expresamente la esperanza en una recompensa divina más allá de este mundo, la muerte no es entendida como límite ni al poder de Dios ni a su misericordia hacia el hombre. La muerte es el designio divino sobre todo ser vivo, algo connatural al hombre cuando ha cumplido sus días. Por encima del valor de la vida está la misericordia divina: «Tu misericordia vale más que la vida» (Sal 63,4).

El hombre en el mundo.

El hombre es definido en los salmos por su relación con Dios y su capacidad de elección entre vivir en la presencia divina o al margen de Dios.

  •  Ante todo, el hombre es criatura que, desde el vientre materno hasta la muerte, es sostenido por Dios y está bajo su mirada (Sal 139,13-16).
  •  Posee una dignidad superior a los demás seres de la tierra, porque le ha sido otorgada por el Creador (Sal 8,6-7). Esa dignidad consiste en el dominio del mundo y en la capacidad de admirar las obras del Creador y de alabarle. De ella participan todos los hombres, hijos de Adán.
  •  Pero al mismo tiempo el hombre es un ser efímero, cuyos días están contados.

Además, es pecador ante Dios, por lo que le llegan la enfermedad y las tribulaciones, de las que espera salir recurriendo al Señor y pidiendo su perdón y su auxilio (Sal 51).

En los salmos, el hombre creyente, fiel a la Ley de Dios, se sabe miembro del pueblo elegido y partícipe de su historia. Se apoya en las intervenciones salvíficas de Dios en el pasado —en la formación del pueblo y en su permanencia a través de las generaciones—, para fundamentar su conocimiento de Dios y la forma de dirigirse a Él (Sal 22,5-6). Las experiencias personales de la salvación divina, que son testimoniadas constantemente en los salmos, se unen al recuerdo de la forma de actuar de Dios en el pasado y se ven como parte de un único proyecto divino. El hombre que ora en los salmos se comprende en la tradición del pueblo elegido y en su experiencia de Dios.

Aunque entre los orantes en los salmos se reflejan distintas clases de personas —el rey, el levita, el fiel sin más—, a todos es común el sentimiento de dependencia de Dios por haber recibido de Él su condición social y religiosa, y la fuerza para mantenerse fiel en ella (Sal 16,5-6). Esta condición es aceptada con gozo, y desde ella y desde las experiencias personales de la salvación divina se da testimonio de la grandeza y la bondad del Señor. El testimonio ante los demás, e incluso retóricamente ante las naciones, es un aspecto esencial de la relación con Dios y de la relación con el pueblo al que el orante pertenece, como lo son la petición de auxilio y la acción de gracias.

La unión con Dios.

En los salmos quedan reflejadas las distintas situaciones de la vida humana: la enfermedad, el abatimiento, el acoso por parte de los enemigos y el rechazo de los amigos, la alegría y el agradecimiento tras la curación o tras la victoria, los momentos de paz interior, o el gozo de las celebraciones festivas. Pero todas esas situaciones son trascendidas al convertirse en motivo de oración ante el Señor. En todas las circunstancias se anhela la unión con Dios y el gozar de su presencia, que muchas veces se refleja en el encuentro con Él en el Templo (Sal 24,6; 42,2; 122).

En los salmos todavía no aparece que tras la muerte se dé una unión con Dios o un premio o un castigo; pero sí queda claro que la realización plena de la vida del hombre está en su relación permanente con Dios, en su acogida amorosa: «Glorificaré tu Nombre por siempre» (Sal 145,2). La Revelación contenida en otros libros de la Biblia, y sobre todo en el Nuevo Testamento con la resurrección de Cristo, harán más explícita esa esperanza y mostrarán su cumplimiento.

Para lograr la unión con Dios el hombre posee un medio que es al mismo tiempo don de Dios, que es la Ley.

  •  El hombre es capaz de conocerla y de secundarla en su vida, y ello le convierte en sabio y temeroso del Señor (Sal 1; 119).
  •  El cumplimiento de la Ley divina acarrea ya el éxito y la felicidad en esta vida; en eso está la verdadera sabiduría.

A lo largo de los salmos se encuentran constantemente exhortaciones que suponen la decisión libre del hombre de orientar su conducta según la ley de Dios y señalan las consecuencias de hacerlo o de dejarlo de hacer.

  •  El tipo de hombre que se aleja de la Ley divina, y que no tiene en cuenta a Dios o piensa que Dios no ve lo que pasa en este mundo ni actúa en él, es calificado de «impío» o «soberbio» (Sal 14). En tal actitud se ve la raíz de una conducta traicionera hacia los semejantes, injusta y opresora del débil, y persecutoria hacia quien se manifiesta deseoso de cumplir la Ley. Los «enemigos», tan mencionados en los salmos, lo son fundamentalmente en cuanto que se olvidan de Dios y se ríen de sus leyes. Están implicados en el mal y sirven a un poder adverso a Dios, Belial. Su futuro es claro: también Dios se olvidará de ellos y, en consecuencia, les sobrevendrán todo tipo de desgracias. Las imprecaciones contra los enemigos, recogidas en los salmos, a veces muy duras, reflejan el celo por Dios y por su Ley, más allá del conflicto real que describen. Representan la actitud del salmista ante el mal.
  •  En cambio, será feliz el hombre que se complace en la Ley del Señor, y medita en su Ley noche y día (Sal 1,1-6).
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