5. El libro de los Proverbios [3/3]

Enseñanza

Resultado de imagen para bibleplaces.com libro de los proverbiosAunque cada una de las colecciones de proverbios incluidas en el libro tiene algunos rasgos característicos, todas ellas tienen un cierto trasfondo común.  En todos ellos se aprecia una actitud propia del sabio: saber expresar sintéticamente la experiencia humanaEl sabio no crea ni inventa sus consejos, sino que los descubre como reglas de funcionamiento que el Señor ha dejado impresas en la creación del mundo y del hombre, y que proporcionan la clave para llevar una vida feliz y provechosa. Sus consejos se convierten, por tanto, en una interpretación profundamente religiosa del mundo y la sociedad.

En la lectura del libro de los Proverbios tal como nos ha llegado en su redacción final, se percibe que el fundamento de su enseñanza es una sólida fe en el Dios de Israel.  Dios, que ha hecho todas las cosas, es providente y retribuye a cada uno según sus obras, y es el Señor de todo. Por eso, sólo encuentra la verdadera sabiduría quien teme al Señor, esto es, quien aprende de cuanto le rodea y sucede, y siempre prestando la debida reverencia a su Hacedor.  En este sentido, el autor inspirado afirma que la sabiduría está presente en el recto orden establecido por el Creador (cfr. Pr 8,22. 27-30). Por eso la adquisición de la sabiduría lleva a acertar en la orientación de la vida de acuerdo con ese orden fijado por Dios en la creación, y eso es lo que proporcionará la felicidad al hombre.

De la sabiduría que ordena el mundo participa la que nace de la experiencia humana. Ésta es capaz de apreciar lo que da satisfacciones personales y es objeto de la común aprobación social. De ahí nacen en muchas culturas antiguas y actuales proverbios populares que enseñan a vivir rectamente. Esta sabiduría popular es asumida y dotada de valor en el libro de los Proverbios, proporcionándole su verdadero sentido al darle el fundamento teológico y enmarcarla en la armonía del cosmos creado por Dios.

El libro de los Proverbios ayuda a descubrir el camino abierto por Dios para que el hombre alcance la felicidad en las actividades ordinarias de la vida humana. No se insiste en la fidelidad a la Alianza, ni se recomienda ofrecer sacrificios en el Templo o participar en la Pascua u otras fiestas religiosas. Aquí los consejos se mueven en diversos ámbitos: la famila (cfr. Pr 14,1); el trabajo (cfr. Pr 27,23); la justicia (cfr. Pr 17,15); la generosidad (cfr. Pr 22,9); las relaciones personales (cfr. Pr 15,1); o el comercio (cfr. Pr 11,1).

Enseña, pues, que esas actividades de la vida corriente han de desarrollarse con sabiduría y temor del Señor.

San Juan Pablo II, en su encíclica Fides et ratio, hace notar acerca de este libro que «Israel con su reflexión ha sabido abrir a la razón el camino hacia el misterio. En la revelación de Dios ha podido sondear en profundidad lo que la razón pretendía alcanzar sin lograrlo. A partir de esta forma más profunda de conocimiento [el de la Revelación], el pueblo elegido ha entendido que la razón debe respetar algunas reglas de fondo para expresar mejor su propia naturaleza. Una primera regla consiste en tener en cuenta el hecho de que el conocimiento del hombre es un camino que no tiene descanso; la segunda nace de la conciencia de que dicho camino no se puede recorrer con el orgullo de quien piensa que todo es fruto de una conquista personal; una tercera se funda en el “temor de Dios”, del cual la razón debe reconocer a la vez su trascendencia soberana y su amor providente en el gobierno del mundo. Cuando se aleja de estas reglas, el hombre se expone al riesgo del fracaso y acaba por encontrarse en la situación del “necio”. Para la Biblia, en esta necedad hay una amenaza para la vida. En efecto, el necio se engaña pensando que conoce muchas cosas, pero en realidad no es capaz de fijar la mirada sobre las esenciales. Ello le impide poner orden en su mente (cf. Pr 1, 7) y asumir una actitud adecuada para consigo mismo y para con el ambiente que le rodea. Cuando llega a afirmar: “Dios no existe” (cf. Sal 14 [13], 1), muestra con claridad definitiva lo deficiente de su conocimiento y lo lejos que está de la verdad plena sobre las cosas, sobre su origen y su destino» (n. 18).

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Proverbios a la luz del Nuevo Testamento

Probablemente la parte del libro que más ha reclamado la atención de los lectores a lo largo de los siglos ha sido el capítulo octavo, en el que la Sabiduría es descrita con rasgos casi personales. Ahí la Sabiduría personificada toma la palabra y reclama la atención de los hombres (Pr 8,1-21), para expresar, a continuación, su relación con Dios: se presenta hablando como una persona formada desde la eternidad, que asistió al Señor en la creación del mundo (Pr 8,22-31). Es ésta una personificación literaria que ha tenido gran trascendencia en el desarrollo progresivo de la Revelación. Constituye uno de los primeros textos en los que se prepara la manifestación del misterio de las Personas Divinas. En el Nuevo Testamento esa sabiduría se aplica a Jesucristo, al que se designa como Sabiduría de Dios (Mt 11,19; 1 Co 1,24), que participa en la creación y conservación del mundo y de su pueblo (Col 1,16-17). De manera especial, el Evangelio de Juan, al atribuir los rasgos de la Sabiduría creadora al Verbo de Dios hecho carne (Jn 1,1-14) e identificar a Cristo con la Sabiduría de Dios (compárese Jn 6,35 con Pr 9,1-6), revela los fundamentos necesarios para el desarrollo de la doctrina trinitaria.

A su vez, la propia predicación de Jesús utiliza procedimientos en parte análogos a los empleados en los Proverbios. También a nuestro Señor le gustaba expresar en frases concisas y expresivas algunos aspectos de su enseñanza, o recurrir a comparaciones gráficas, las parábolas, para que su doctrina fuera atractiva y se fijase mejor en la memoria. También usa paralelismos como: «Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a un justo por ser justo obtendrá recompensa de justo» (Mt 10,41), y comparaciones como: «El Reino de los Cielos es semejante a un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra» (Mt 13, 45-46). Estos ejemplos testimonian que Jesús empleó en su predicación procedimientos que ya eran tradicionales en la pedagogía de Israel.

Pero no se trata sólo de la forma, también en ocasiones los textos del Nuevo Testamento asumen el contenido de ciertos proverbios al expresar su mensaje.  Por ejemplo, en la Carta a los Romanos, San Pablo utiliza uno de los textos de este libro para expresar adecuadamente su enseñanza: «Si tu enemigo tuviese hambre, dale de comer; si tuviese sed, dale de beber; al hacer esto, amontonarás ascuas de fuego sobre su cabeza (Pr 25,21-22). No te dejes vencer por el mal, sino vence al mal con el bien» (Rm 12,20-21). Lo mismo sucede en la Carta a los Hebreos, que acude a Pr 3,11-12 para referirse a la pedagogía divina (Hb 12,5-6). Y en las cartas de Santiago y de Pedro, donde también otros proverbios sirven para fundamentar su enseñanza (en concreto, St 4,6 [Pr 3,34]; 1 P 4,18 [Pr 11,31]; 5,5 [Pr 3,34]; 2 P 2,22 [26,11]).

En la tradición cristiana se aprecia mucho la educación en las virtudes que proporciona el libro de los Proverbios. Aunque los Padres de la Iglesia son conscientes de que sus consejos responden a un momento particular en el desarrollo progresivo de la revelación, que habría de alcanzar su culminación en la doctrina de Jesucristo y en la predicación apostólica, recurren a él en la instrucción de los cristianos para formar su carácter de acuerdo con el orden de la naturaleza, de modo que luego puedan acoger mejor la manifestación de los misterios divinos.

Así se expresa, por ejemplo, San Ambrosio al comienzo de sus catequesis para los recién bautizados: «Hasta ahora os hemos venido hablando cada día acerca de cuál ha de ser vuestra conducta. Os hemos ido leyendo los hechos de los patriarcas o los consejos del libro de los Proverbios a fin de que, instruidos y formados por estas enseñanzas, os fuerais acostumbrando a recorrer el mismo camino que nuestros antepasados y a obedecer los oráculos divinos, con lo cual, renovados por el bautismo, os comportéis como exige vuestra condición de bautizados» (Tratado sobre los misterios, n.1; SC 25 bis, 156).

Bibliografía

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