La mujer del Apocalipsis (Ap 12, 1-17)

14 junio, 2011

Este capítulo es el núcleo y corazón del Apocalipsis. Estamos en el centro del libro. El poder del mal, representado por un monstruo, se opone radicalmente al Mesías y a su pueblo; henchido de odio, el diablo no escatima esfuerzos para destruir a Cristo y a su Iglesia.

En el mundo antiguo estaba muy difundida la creencia de que aparecería un rey-salvador. Esta expectación está atestiguada desde la India hasta Roma; entre estos relatos, los más destacados son los de Babilonia, Egipto y Grecia. La diosa que había de dar a luz al salvador era perseguida por un monstruo, personificación del mal. Pero ella, protegida de manera extraordinaria, dio a luz felizmente, y su hijo no tardó en acabar con el monstruo maligno, proporcionando así la dicha al mundo. Parece imposible afirmar la independencia absoluta del Ap con respecto a ese mito popular; Juan tomó probablemente de él algunos detalles. Pero no es verosímil que este autor se hallara demasiado influido por un mundo pagano que detestaba.

12, 1 Un gran signo apareció en el cielo:

El vidente de Patmos contempla en el cielo un gran signo. El cielo no es propiamente el escenario de la visión, cuyas fases se desarrollan sobre la tierra, sino que el cielo es más bien la pantalla sobre la cual se proyecta la señal. ¿Cuál es la gran señal? Veamos:

una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; 2a está encinta,

Esta señal es una mujer vestida del sol, con la luna a sus pies y una corona de doce estrellas. La descripción de la mujer con esos atributos radiantes indica su carácter supramundano, santo, puro. El resplandor de la Mujer, envuelta en el sol, da relieve a su grandeza y gloria extraordinarias. Este simbolismo era conocido de los judíos, los cuales se sirven de la imagen de la luz para expresar la gloria de Dios (Cfr. Sal 104,2 “Te envuelves de luz como de un manto, extiendes los cielos como una tienda”; cf. Ez 1,26-54), e incluso emplean a veces ornamentos astrales para la representación glorificada de grandes personajes o de sublimes realidades. El Cantar de los Cantares 6,10 también nos describe la esposa rodeada de luz: “¿Quién es esta que se alza como aurora, hermosa cual la luna, espléndida como el sol?” Y el Testamento de Neftalí 5,5 describe a Judá con una imagen bastante parecida a la del Apocalipsis: “Judá se puso resplandeciente como la luna, y bajo sus pies había doce rayos”.

Las doce estrellas designan las doce tribus de Israel, o también los doce apóstoles. Las expresiones usadas y la figura misma de la mujer que da a luz hacen pensar también en la profecía de Is 7,10 ss. (que pidiera Acaz una señal: la virgen en cinta). El simbolismo de las 12 estrellas arranca de Gén 37,9, donde se dice que José vio en sueños a sus once hermanos rodeándolo a manera de once estrellas. Por lo demás, los adornos siderales eran atribuidos también a varias divinidades paganas, como Cibeles, e Isis. Además, el culto de la diosa madre era muy floreciente en la provincia proconsular de Asia en tiempos de Juan. La visión, podría ser una réplica plástica de la diosa.

2b y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz.

A pesar de la gloria celeste que circunda a esta Mujer extraordinaria, San Juan nos la presenta gritando por los dolores de parto. Estos detalles que nos da el autor sagrado son de capital importancia para individualizar a la misteriosa Mujer. ¿Quién es esa Mujer refulgente de gloria y de esplendor? La respuesta más sencilla para nosotros sería la de afirmar que esa Mujer es María, la Madre de Jesús, ya que en el versículo 5 se dice con bastante claridad que dio a luz al Mesías. Pero algunos ven en esta Mujer el símbolo de Israel; y para otros sería figura de la Iglesia

Son muchos los lugares del Antiguo Testamento en que Israel es representado bajo la figura de una mujer: la esposa del Cantar de los Cantares; la personificación esponsal de Israel en Os 2,19-20; en Jer 3,6-10; y en Ez 16,22. La imagen de Sión en dolores de parto no era desconocida en el Antiguo Testamento. El profeta Miqueas 4:10 exclama: “Te dueles y gimes, hija de Sión, como mujer en parto porque vas a salir ahora de la ciudad y morarás en los campos y llegarás hasta Babilonia. Is 26, 17 nos presenta a los israelitas oprimidos que claman a Yahvé: “Como la mujer encinta cuando llega el parto se retuerce y grita en sus dolores, así estábamos nosotros lejos de ti, oh Yahvé!”.  Cf. También Is 66,7-8. Parece pues que esta Mujer es imagen de Israel. Pero de qué Israel del Antiguo o del Nuevo Israel que es la Iglesia. Parece que la mujer de nuestro texto simboliza en primer lugar al Israel del Antiguo Testamento, del cual nació Jesucristo según la carne. Y en segundo lugar representa al nuevo Israel, o sea a la Iglesia, que será el blanco de todos los ataques del Dragón. Por consiguiente, la Mujer del Apocalipsis es la personificación de la Iglesia en sus diversas fases. Primero, en su estadio imperfecto del Antiguo Testamento, y después, en su estadio perfecto del Nuevo Testamento. Uno constituye el perfeccionamiento y la coronación del otro. Porque no hay más que una Iglesia, que ha venido desarrollándose a través dé los siglos.

Por el hecho de ser esta Mujer, tan maravillosamente adornada, la Madre del Mesías ha habido autores antiguos y modernos que la identifican con la Virgen María, de quien, en efecto, nació el Salvador. Efectivamente, se puede también aplicar este texto a la Santísima Virgen, Madre del Mesías y de todos los cristianos, así San Agustín (De symbolo ad catechumenos 4:1: PL 40:655-656) y San Bernardo (Sermones de B. Virgine: PL 184:1020). San Josemaría dice en Surco 443 “Una gran señal apareció en el Cielo: una mujer con corona de doce estrellas sobre su cabeza; vestida de sol; la luna a sus pies”. -Para que tú y yo, y todos, tengamos la certeza de que nada perfecciona tanto la personalidad como la correspondencia a la gracia. -Procura imitar a la Virgen, y serás hombre –o mujer- de una pieza”.

3 Y apareció otro signo en el cielo: un gran Dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas.

Como contraposición a la imagen radiante de luz de la Mujer, que simboliza a la Iglesia, San Juan contempla un nuevo prodigio: ve en el cielo un gran Dragón de color de fuego, con siete cabezas, diez cuernos y siete coronas. Este Dragón representa los poderes del mal, que se levantan contra la Iglesia de Cristo con el propósito de destruirla. Según el v.8, el Dragón es Satanás, la antigua serpiente, por medio de la cual el diablo tentó a Eva. Aquí no persigue a Eva, sino a la Mujer ideal, al Israel de Dios. En el Antiguo Testamento se habla frecuentemente de un monstruo marino (Is 27:1; 51:95 Jer 51:34; Ez 29:3-6; Job 3:8; 7:12; 40:20-41; 25; Sal 74:14; 104:26), que es designado con los nombres de Leviatán, Behemot y Rahab, el cual simboliza las fuerzas enemigas de Dios. El Dragón que aparece en nuestro texto del Apocalipsis es semejante a la Bestia de Ap 13:1 y 17:3. Sin embargo, aquí las cabezas y los cuernos del Dragón no parecen tener el significado preciso que tienen los de la Bestia. Los diez cuernos y las siete coronas del Dragón son símbolos de su poder. Estos elementos están tomados del libro de Daniel (7:7; 8:9-10), donde los diez cuernos designan a diez reyes de la dinastía de los seléucidas. Las siete cabezas, como las de la hidra de la fábula y las del basilisco de siete cabezas, significan su resistencia a la muerte. Las coronas que adornan las siete cabezas significan su gran poder, ejercido por medio de otros tantos reyes. El Dragón tiene coronas porque es el Príncipe de este mundo, y como tal se presenta a Jesús en el desierto para tentarle. Las tentaciones de Jesús constituyen un indicio de la lucha sorda y continua que el demonio mantiene contra Dios a través de los siglos. La historia de la humanidad está sembrada de hechos y sucesos que manifiestan bien claramente la lucha entablada desde el principio entre el bien y el mal.

4 Su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra.

San Juan nos indica la fuerza maléfica y formidable del Dragón al afirmar que con su cola arrastró la tercera parte de los astros y los arrojó a la tierra (v.4). No sería de extrañar que el autor del Apocalipsis aludiese a la apostasía de altos representantes de la Iglesia de Cristo durante las persecuciones entonces desencadenadas. Sin embargo, según un simbolismo conocido en la literatura apocalíptica (Libro de Henoc 86:1-3), las estrellas que caen del cielo representan a los ángeles prevaricadores. Con su poder de persuasión, el Dragón arrastra en pos de sí una buena porción de los ángeles del cielo, y con el mismo poder arrastrará también a muchísimos hombres, como arrastró a nuestros primeros padres en el paraíso.

El Dragón se detuvo delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuanto lo diera a luz.

El Dragón, que había aparecido en el cielo arrastrando a la tercera parte de las estrellas, se para delante de la Mujer, que estaba a punto de dar a luz, para tragarse a su Hijo. Se da cuenta que el que va a nacer es el Mesías, el cual viene a implantar el reino de Dios en este mundo con el fin de acabar con el imperio del mal. La historia evangélica nos muestra con toda claridad que el demonio atentó desde el principio contra la vida de Jesús y se esforzó por deshacer su obra. A inspiración diabólica obedeció el intento de Herodes para dar muerte a Jesús y, especialmente las tentaciones del desierto con el propósito de anular la misión mesiánica de Jesucristo. Pero, sobre todo, la escena que nos describe el Apocalipsis alude a los esfuerzos de los judíos, estimulados por el demonio, para dar muerte a nuestro Señor y acabar con su obra. También podemos ver aquí implícitamente indicados los lazos que el diablo tenderá a todos los cristianos para hacerlos caer.

5a La Mujer dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro;

El Hijo que nace de la Mujer es caracterizado empleando unas palabras del Salmo 2,9: Parió un varón, que ha de apacentar a todas las naciones con vara de hierro (v.5). Esta cita de un salmo mesiánico indica claramente que San Juan identifica este Niño varón con el Mesías, es decir, con Jesucristo, considerado tanto en su realidad histórica como mística en los cristianos. El Mesías, según el Antiguo Testamento, había de apacentar, como soberano y dominador, a Israel y a todas las naciones. La Mujer que le da a luz representa al pueblo elegido, que, en medio de grandes dificultades y crisis de todo género, ha logrado alumbrar al Mesías.

5b y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono.

El Dragón no pudo devorar al Niño recién nacido porque fue arrebatado a Dios y a su trono. El autor sagrado alude, sin duda, a la ascensión de Cristo y a su triunfo, que provocará la caída del Dragón. San Juan pasa de repente del nacimiento de Cristo a su ascensión prescindiendo de todos los hechos de la vida terrestre de Jesús, de su pasión y resurrección. Esto no significa que desconozca esos hechos, sino que pretende mostrar la impotencia de Satanás ante el poder de Dios y de su Hijo. San Juan, incluso en su evangelio, pasó por alto la infancia y la juventud de Jesús. Lo que aquí interesa al autor sagrado es la continuación de la lucha entre el Dragón y el Niño, representado en sus seguidores. Cristo es el primogénito de muchos hermanos que habían de seguir su misma suerte, dolorosa primero y gloriosa después. Desfogará su rabia contra la Iglesia. La Iglesia exaspera a Satanás, que la persigue con todos los medios a su alcance.

6a Y la Mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios

La Mujer tuvo que huir al desierto (v.6) para librarse de los ataques del Dragón. ¿Qué significa la huida de esta Mujer al desierto para escapar a las acometidas del Dragón? Ante todo hemos de tener presente que el desierto es el refugio tradicional de los perseguidos en el Antiguo Testamento. Además, San Juan sabía que en el desierto halló Israel un refugio contra la persecución de los egipcios y en el desierto fue alimentado por Dios con el maná. En Oseas se dice que Dios llevará a su pueblo al desierto y que allí le hablará al corazón. La idea de la venida del mesías por los sufrimientos de Israel corre pareja con la de los sufrimientos de la Iglesia que conducirán a la segunda venida del mesías, pues la Iglesia debe permanecer en el desierto después de la asunción al Cielo del Mesías, hasta que éste vuelva de nuevo.

6b para ser allí alimentada mil doscientos sesenta días.

La permanencia de la Mujer en el desierto durará mil doscientos sesenta días, es decir, tres años y medio, o, en términos apocalípticos, media semana de años. Este período de tiempo representa todo el tiempo que ha de durar la persecución. Es una cifra que nos es conocida por Daniel, equivalente al tiempo que ha de durar la abominación de la desolación del templo de Jerusalén (Dan 9,27) llevada a cabo por Antíoco IV Epífanes. El tiempo que durarán las persecuciones del Dragón contra la Mujer y sus hijos los cristianos será de media semana de años, cifra simbólica, cuyo valor real sólo Dios conoce. Después llegará la victoria definitiva de Cristo y la paz.

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la batalla de Miguel y el dragón

7a Entonces se entabló una batalla en el cielo:

Como preámbulo a las luchas que el Dragón entablará contra los fieles de Cristo, San Juan nos describe una batalla que tiene lugar en el cielo. Los ángeles buenos se enfrentan con los espíritus malos, logrando la victoria sobre éstos. Al frente del ejército de los ángeles buenos está Miguel. La victoria conseguida por Miguel y los suyos es la victoria de Jesucristo, de la que nos hablan los Evangelios. Jesús, aludiendo a la derrota que infligiría al demonio muriendo sobre la cruz, se expresa en estos términos: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera” Jn 12,31. Y en otra circunstancia decía el mismo Cristo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo” Lc 10,18. La expulsión de los malos espíritus de los endemoniados era una victoria sobre el príncipe de las tinieblas y un retroceso de su imperio ante el avance del reino de Dios. Los cristianos vencerán al demonio por la virtud de Jesucristo, pues Jesús forma un todo con sus fieles. Las persecuciones que El sufrió de parte del mundo y de su príncipe Satanás continuarán contra los suyos, porque el discípulo no puede ser de mejor condición que el maestro. Pero la victoria alcanzada por Jesús beneficiará a los suyos, los cuales, con la fuerza del Maestro, serán también vencedores.
7b Miguel y sus ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus ángeles combatieron, 8 pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. 9 Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él.

Miguel, el protector del pueblo de Israel en Daniel (10,21; 12,1), se convierte en el Apocalipsis en el protector del Israel de Dios, es decir, de la Iglesia de Jesucristo. Es ésta la única vez en todo el Apocalipsis que se da el nombre de un ángel. Miguel es el caudillo de los ejércitos celestiales que pelean contra las fuerzas del Dragón. La batalla que se entabla entre ambos bandos parece como si fuera ocasionada por la ascensión de Cristo al cielo. Jesucristo, sentado en el trono de Dios, recibe de éste la soberanía sobre toda la creación. Satanás y los suyos no quieren aceptarla. Y entonces Cristo, obrando como rey, lanza contra el Dragón el ejército angélico, poniéndole en fuga. Esta desbandada simboliza la derrota de las fuerzas diabólicas por la cruz de Cristo. Las fuerzas del Dragón con su jefe son arrojadas a la tierra, teniendo que abandonar su propia morada del cielo (v.8). Pero en la tierra no dejarán de seguir la lucha, que habían comenzado con tan felices resultados en el paraíso terrenal. También en el Nuevo Testamento la 2 Pe. 2:4 y Jud. 6 hablan claramente de la caída de Satanás y de sus ángeles al infierno, considerándolo como un hecho pasado ya muy lejano. Para el autor del Apocalipsis, el descalabro sufrido por el demonio y su caída del cielo tuvo lugar principalmente cuando Jesús triunfó de la muerte en la cruz. Desde entonces, el poder del demonio quedó destruido y su actividad fue grandemente limitada y reducida.

El Dragón es identificado claramente en el v.8. Es la antigua serpiente del Génesis 3:1-5, o sea el demonio bajo la forma animal, enemigo de Dios y de la humanidad. La identificación de la serpiente con Satán es también claramente afirmada en el libro de la Sabiduría 2:24: “Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo”. El Dragón es llamado también Diablo y Satanás. El nombre hebreo Satán, que los LXX traducen por Diablo, significa propiamente el acusador, el adversario. Es el seductor del capítulo 3 del Génesis, que extravía a toda la redondez de la tierra. Antes de que Cristo triunfase del demonio por la cruz, Satanás gozaba de cierto derecho de acusador de los hombres delante de Dios por haberse hecho sus esclavos mediante el pecado. Pero después del triunfo de Cristo sobre el Calvario, el demonio ha quedado derrotado y ha sido arrojado fuera. En adelante ya no tendrá ningún derecho sobre los redimidos por la sangre de Jesucristo.

10 Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: «Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios. 11 Ellos lo vencieron gracias a la sangre del Cordero y a la palabra de testimonio que dieron, porque despreciaron su vida ante la muerte. 12 Por eso,  regocijaos, cielos y los que en ellos habitáis. ¡Ay de la tierra y del mar! porque el diablo ha bajado a vosotros con gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo.»

La derrota decisiva del Dragón provoca una gran alegría en el cielo. Los ángeles o bien las almas de los primeros mártires (Rev. 6:11) entonan un cántico de alabanza a Dios y a Cristo (v.10). Porque la victoria de Miguel es en realidad la victoria de Jesucristo. Con la derrota del Dragón llega la salvación para todos los que quieran seguir las huellas de Cristo. Y se manifiesta el poder irresistible de Dios, que nadie puede detener, y el reino que ejerce sobre toda la creación sin trabas de ninguna clase. Al mismo tiempo, la autoridad de Cristo sobre el mundo y sobre la Iglesia será reconocida por la humanidad entera.

Los santos cantan el himno de alabanza porque fue precipitado del cielo el acusador que los acusaba delante de Dios constantemente. Esta victoria la han conseguido por la virtud de la sangre del Cordero, que fue derramada por todos, y también por sus propios sufrimientos, al dar testimonio de Cristo con su vida (v.11). Lo que en realidad venció al Dragón fue la cruz de Cristo, y los seguidores de Cristo le vencerán siendo fieles a su Maestro hasta la muerte si fuere preciso. El triunfo del pecado y la salvación eterna por la sangre de Cristo sólo se obtienen por la fidelidad al mensaje de Jesús llevada hasta sus últimas consecuencias.

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la Mujer y el dragón

13 Cuando el Dragón vio que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la Mujer que había dado a luz al Hijo varón.14 Pero se le dieron a la Mujer las dos alas del águila grande para volar al desierto, a su lugar, lejos del Dragón, donde tiene que ser  alimentada un tiempo y tiempos y medio tiempo.

Los v.13-14 desarrollan el pensamiento del v.6. El Dragón, al sentirse derrotado y humillado por el ejército de Jesucristo, se revuelve con mayor rabia contra la Mujer. Pero Dios acude en ayuda de la Mujer, y para que pueda huir de las acometidas del Dragón se le dan dos grandes alas. Las alas — figura o metáfora muy conocida en la apocalíptica judía — simbolizan la rapidez y el poderoso auxilio divino dado a la Mujer para que pueda huir al desierto (Deut 28:49; Jer 4:13). En el Pentateuco se dice que Dios transportó sobre sus alas a Israel desde Egipto al desierto (Ex 19:4). Y el profeta Ezequiel compara a Nabucodonosor, que lleva cautivo al rey de Judá a Babilonia, a un águila poderosa. El lugar donde ha de refugiarse la Mujer es el desierto, que, como ya hemos visto, era el refugio tradicional de todos los perseguidos. A él huyó el profeta Elias, a él huyeron los Hasidim (1 Mac 2:29) y a él se retiraron también los miembros de la comunidad de Qumrán. La duración de este retiro de la Mujer en el desierto es siempre la misma, aunque expresada en forma nueva: un tiempo y dos tiempos y medio tiempo (v.14). Es decir, tres años y medio, que es la duración simbólica de toda persecución. En el desierto no hay elementos de vida, pero Dios se encargará de alimentar a la Mujer como alimentó a Israel con el maná y con el agua milagrosa.

15 Entonces el Dragón vomitó de sus fauces como un río de agua, detrás de la Mujer, para arrastrarla con su corriente.

No pudiendo el Dragón dar alcance a la Mujer, que se retira al desierto con la velocidad del águila, recurre a un subterfugio: arroja de su boca como un río de agua para que arrastre a la Mujer (v.15). Es muy posible que San Juan piense aquí en algún monstruo acuático, como el Leviatán, o en el cocodrilo o la ballena, que lanzan borbotones de agua al aire. El río de agua que el Dragón arroja contra la Mujer simboliza las calamidades y persecuciones que Satanás desencadenará contra la Iglesia para destruirla. En los Salmos y en los Profetas, las persecuciones y tribulaciones que sufren los justos se hallan expresadas a veces por las muchas aguas, que amenazan anegarlos. Tal parece ser el origen de esta imagen.

Algunos autores consideran como probable que San Juan utilice aquí elementos de un mito griego, como el de Latona, que, a punto de dar a luz a Apolo, es perseguida por la serpiente Pitón. Latona huye entonces a la isla Ortigia, en donde da a luz a Apolo sin que se dé cuenta Pitón. Después Apolo matará a la serpiente Pitón. Desde el punto de vista de la inspiración de la Sagrada Escritura, no existe inconveniente alguno en admitir que el autor del Apocalipsis se haya servido de la leyenda griega para su composición escenográfica.

16 Pero la tierra vino en auxilio de la Mujer: abrió la tierra su boca y tragó el río vomitado de las fauces del Dragón.

No obstante las artimañas del Dragón para impedir la huida de la Mujer, Dios vela sobre ella, pues el que le había preparado un retiro en el desierto no había de abandonarla en este lance (v.16). Con este fin hace que la tierra se convierta en auxiliar de la Mujer perseguida: la tierra sedienta, a semejanza de los torrentes o wadis resecos de Palestina, se traga totalmente la impetuosa torrentera. El autor sagrado quiere simbolizar con esta imagen las persecuciones del mal contra la Iglesia, semejantes a aguas desbordadas. Pero Dios siempre vendrá en ayuda de los suyos, concediéndoles al fin la victoria sobre todos sus enemigos. Los lectores del Apocalipsis debían ver aquí una prueba de la protección divina sobre ellos en las persecuciones que sufrían.

17 Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.

El Dragón, sin embargo, no se da por vencido. Ante el fracaso sufrido en el intento de abatir a Cristo y a la Mujer que lo había engendrado, desfoga su rabia dándose a perseguir a la descendencia de la Mujer (v.17). Las acometidas del Dragón no se dirigen contra los paganos, que son suyos, sino contra los fieles de Jesucristo, contra aquellos que guardan los preceptos de Dios y se mantienen firmes en la fe dando testimonio de Jesús con su vida o con su sangre. El martirio es la más alta manifestación de fidelidad a Cristo y a su mensaje de salvación. El Dragón hace la guerra a todos los hermanos de Jesús, a toda la Iglesia considerada bajo dos aspectos diferentes: en cuanto conjunto y en sus miembros. Mientras que la Iglesia, la sociedad cristiana, en su esencia es indefectible, sus miembros individuales permanecen expuestos a las persecuciones del demonio. Contra éstos dirige Satanás principalmente sus asaltos.

El Dragón, burlado e impotente para herir a la Mujer y a su descendencia, excogita una alianza que le será de gran ayuda para continuar la guerra contra los cristianos. Con este propósito se apostó en la playa del mar (v.18) mirando hacia occidente, hacia Roma, de donde le vendría la ayuda deseada para proseguir la lucha. Y, en efecto, del mar surgirá la Bestia, en la que se encarnará el Dragón para continuar su guerra a muerte contra la Iglesia.

El fin que se propone el Apocalipsis es transmitir a los cristianos atribulados un mensaje de esperanza, alentándolos para que soportasen con fortaleza y constancia las persecuciones. Esta es la razón de que el autor sagrado inculque constantemente a sus lectores la seguridad del triunfo definitivo de Cristo sobre los poderes del mal. Es la misma finalidad que se percibe en todas las escenas del capítulo 12.

Fuente: este trabajo está sacado de una conferencia impratida por Alfonso Sanz Sánchez

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5 comentarios to “La mujer del Apocalipsis (Ap 12, 1-17)”


  1. [...] Victoria de Cristo sobre los poderes del mal y glorificación de la Iglesia (12,1-22,15): En esta última parte se describe la visión de la Mujer y del Dragón (12,1-18), la transmisión de los poderes del Dragón a la Bestia (c. 13), el Cordero y sus seguidores [...]

  2. jesus Dice:

    Creo que es un buen trabajo y que esta muy acertado en las interpretaciones. Gracias me ha sido muy util.

  3. sandra Dice:

    Buenas tardes les agradesco creo que es un buen material soy catolica, y me ha servido mucho para una leccion que estoy preparando


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